Entre las dos grandes islas del archipiélago, Malta y Gozo, flota un pedazo de tierra minúsculo y casi vacío: Comino. Apenas tres kilómetros y medio cuadrados de roca caliza, matorral y calas, sin pueblos, sin autos y, hoy, con solo un puñado de habitantes permanentes. Su nombre viene de una planta: el comino (kemmun en maltés), la especia aromática que crecía silvestre en la isla y que le dio su identidad desde tiempos antiguos.
Durante la mayor parte de la historia, Comino fue un lugar marginal y peligroso. Su posición, justo en el canal entre Malta y Gozo, la convertía en un punto estratégico pero expuesto: por allí pasaban las rutas de navegación, y también los corsarios y piratas que asolaban el Mediterráneo. Sin apenas población que la defendiera, la isla era a la vez guarida potencial de asaltantes y atalaya natural para vigilarlos. Esa doble condición marcaría buena parte de su pasado.
Aislada, seca y de difícil vida, Comino nunca tuvo un pueblo estable ni una comunidad numerosa. Fue, según la época, refugio de ermitaños y místicos, coto de caza de señores, prisión de caballeros, estación de cuarentena y, finalmente, reserva natural. Su historia es la de un islote pequeño que, pese a su tamaño, acumuló capítulos sorprendentes, muy lejos de la imagen de paraíso de postal por la que hoy se la conoce en todo el mundo.
Uno de los episodios más singulares de la historia de Comino ocurrió en la Edad Media y tiene por protagonista a un pensador judío. Hacia 1285, el filósofo, cabalista y místico Abraham Abulafia, nacido en Zaragoza y figura controvertida del judaísmo medieval, se refugió en Comino tras años de viajes, persecuciones y polémicas, incluida una audaz visita a Roma con la intención de encontrarse con el papa.
Exiliado en este islote apartado del Mediterráneo central, Abulafia encontró en su soledad el ambiente propicio para escribir. En Comino compuso algunas de sus obras, entre ellas el Sefer ha-Ot ('El libro de la señal') y su última obra conocida, Imre Shefer ('Palabras de belleza'). Su mística, basada en la combinación de las letras del alfabeto hebreo y en técnicas contemplativas para alcanzar la experiencia profética, tuvo una influencia notable en la tradición cabalística posterior.
Que un pensador de esa talla eligiera —o se viera forzado a habitar— un islote tan pequeño y remoto dice mucho del carácter de Comino a lo largo de la historia: un lugar de retiro, aislamiento y silencio, al margen del mundo. Aquel refugio del místico prefiguraba, de algún modo, los usos posteriores de la isla como espacio de encierro y separación, ya fuera para caballeros castigados o para viajeros en cuarentena.
Cuando la Orden de San Juan gobernaba Malta (1530-1798), Comino pasó a ser una pieza de su sistema defensivo y, a la vez, un coto de caza. Los grandes maestres apreciaban el islote para cazar liebres y aves, y llegaron a imponer castigos severos a quien cazara allí sin permiso. Pero el uso más importante fue militar: vigilar el canal entre Malta y Gozo, una vía por la que los corsarios podían colarse para atacar cualquiera de las dos islas.
Con ese fin, en 1618 el gran maestre Alof de Wignacourt ordenó construir en Comino una robusta torre de vigilancia, la Torre de Santa Marija, terminada hacia 1620. Fue la quinta de las llamadas torres de Wignacourt, una red de fortines costeros que se comunicaban por señales de fuego y humo. Guarnecida por unos treinta soldados, la torre podía dar la alarma ante la aparición de barcos enemigos y hostigar con su artillería a los corsarios que intentaran usar el canal o desembarcar.
Comino tuvo además un uso más sombrío bajo la Orden: sirvió de prisión. En los siglos XVI y XVII, algunos caballeros castigados por faltas graves cumplían aquí su condena, aislados en el islote —a veces por tres años— con la peligrosa misión de ayudar a repelar a los piratas. Encierro y peligro se combinaban en un destino que pocos querían. Así, la misma isla que era coto de placer para unos era castigo y frontera para otros, siempre marcada por su soledad y su exposición al mar.
Con la llegada del dominio británico a Malta (1800-1964), Comino encontró un nuevo papel, coherente con su carácter apartado: el de estación de cuarentena. En el siglo XIX, cuando epidemias como el cólera y la peste aterrorizaban a los puertos del Mediterráneo, la isla se convirtió en un filtro sanitario para proteger a Malta y Gozo del contagio.
Barcos y viajeros que querían llegar al archipiélago, sobre todo si procedían de lugares sospechosos de epidemia, debían pasar antes un período de aislamiento en Comino, que podía durar desde unos pocos días hasta varias semanas. Solo tras superar ese encierro preventivo, sin manifestar síntomas, se les permitía continuar hacia las islas principales. La isla, con su torre y algunas construcciones, funcionaba así como una frontera sanitaria, un espacio de separación entre el mundo exterior y la población maltesa.
En épocas posteriores, Comino siguió ligada a la idea de aislamiento: se usó como hospital de aislamiento para enfermos contagiosos y, en tiempos duros, hasta como refugio invernal para el ganado. Nunca fue una isla de vida próspera y numerosa, sino un lugar de tránsito, encierro y protección. Esa larga historia de cuarentenas y aislamiento —de místicos, presos y enfermos— contrasta de forma casi irónica con su presente de destino turístico masivo, donde miles de personas se agolpan en verano en sus aguas turquesas.
En el siglo XX, con las cuarentenas ya en desuso, Comino quedó prácticamente despoblada. Un pequeño número de agricultores trabajó sus campos durante décadas, pero la población fue menguando hasta reducirse a un puñado de personas; hoy sus residentes permanentes se cuentan con los dedos de una mano. La isla, casi sin construir, conservó su carácter salvaje, y ese fue justamente su nuevo valor.
Comino fue declarada reserva natural y santuario de aves, e integrada en la red europea Natura 2000 por su importancia botánica y ornitológica: es refugio de aves marinas y punto de paso de migratorias, y en sus matorrales crecen plantas mediterráneas como el tomillo y el comino que le da nombre. Su belleza agreste y sin edificaciones modernas atrajo además al cine: la isla y su torre sirvieron de escenario a superproducciones como 'El conde de Montecristo' (2002) y 'Troya' (2004), entre otras.
Pero el mismo paisaje que la hizo famosa la puso en peligro. La Blue Lagoon, con sus aguas turquesas, se convirtió en un imán turístico de escala global, y en pleno verano el islote recibe cada día a miles de visitantes: cientos de personas amontonadas en la ensenada, decenas de barcos anclados, kioscos y reposeras invadiendo las rocas de una reserva natural frágil. La masificación y sus impactos —basura, ruido, presión sobre el ecosistema— llevaron a las autoridades a tomar medidas, como limitar y regular el desembarco mediante un sistema de reserva de cupo introducido en 2025. El desafío de Comino hoy es claro: cómo compartir su paraíso sin destruirlo. Visitarla temprano, fuera de temporada alta, con respeto y sin dejar rastro, es la mejor forma de ayudar a que este islote —refugio de místicos, presos y enfermos a lo largo de la historia— siga siendo, también en el futuro, un pequeño edén en medio del mar.