Su nombre lo dice todo. 'Orangután' viene del malayo 'orang hutan', que significa literalmente 'persona del bosque' u 'hombre de la selva'. Y no es casualidad: al mirar a los ojos de un orangután, muchos sienten que hay alguien detrás de esa mirada. Comparten con los humanos alrededor del 97% de su ADN, usan herramientas, construyen cada noche un nido nuevo en los árboles, tienen una infancia larguísima en la que las crías aprenden de sus madres durante años, y muestran una inteligencia, una ternura y una individualidad que conmueven. Son los únicos grandes simios de Asia y solo sobreviven, en libertad, en las selvas de dos islas: Borneo y Sumatra.
Durante millones de años, los orangutanes reinaron en las junglas del sudeste asiático. Los pueblos indígenas de Borneo convivieron con ellos y los integraron en su mitología y sus creencias. Pero en los últimos dos siglos, y sobre todo en las últimas décadas, la historia de esta especie se volvió una carrera contra la extinción. La causa principal es la destrucción de su hábitat: la tala comercial de la selva y, de manera devastadora, la expansión imparable de las plantaciones de palma aceitera, que arrasaron millones de hectáreas de bosque tropical en Borneo y Sumatra para producir un aceite presente en la mitad de los productos del supermercado.
A la pérdida de hábitat se suman la caza y el tráfico. Cuando se tala una selva o se caza a una madre, las crías huérfanas terminan a menudo capturadas y vendidas ilegalmente como mascotas exóticas, un comercio cruel que condena a estos animales a vivir enjaulados, lejos de la selva que necesitan para sobrevivir. El orangután de Borneo está clasificado como especie en peligro crítico de extinción, y su número ha caído dramáticamente. Es en respuesta a esta emergencia que nacieron lugares como Sepilok: no como atracciones turísticas, sino como hospitales y escuelas de la última esperanza para el hombre de la selva.
El Centro de Rehabilitación de Orangutanes de Sepilok abrió sus puertas en 1964, convirtiéndose en uno de los primeros proyectos del mundo dedicados a rescatar y devolver a la selva a estos simios. Su historia está ligada a una figura pionera: Barbara Harrisson, una conservacionista que, junto con su marido Tom Harrisson (curador del museo de Sarawak), fue de las primeras en alertar sobre la crisis del orangután y en experimentar con métodos para rehabilitar crías huérfanas y reintroducirlas en la naturaleza. Sepilok recogió ese impulso y lo institucionalizó dentro de una reserva de selva protegida cerca de Sandakan.
La idea era —y sigue siendo— tan sencilla de enunciar como difícil de lograr: tomar orangutanes que llegan traumatizados (crías huérfanas que perdieron a sus madres, animales confiscados a traficantes o rescatados de plantaciones y hogares donde vivían como mascotas), curarlos, y enseñarles paso a paso las habilidades que necesitan para sobrevivir solos en la selva: trepar, construir nidos, encontrar comida, temer los peligros. Es un proceso largo, de años, porque en la naturaleza esas cosas las aprenderían de su madre a lo largo de una infancia prolongada. Los orangutanes van pasando por etapas, desde la guardería para los más pequeños hasta la vida cada vez más independiente en la selva circundante.
Con las décadas, Sepilok se convirtió en un modelo copiado en otros lugares y en un símbolo mundial de la lucha por salvar al orangután. Ayudó a cambiar la percepción pública, a presionar contra el tráfico y la deforestación, y a rehabilitar a cientos de individuos. Pero sus responsables son los primeros en recordar que un centro de rehabilitación es un parche, no una solución: mientras se siga destruyendo la selva, seguirán llegando huérfanos. El verdadero futuro del orangután no se juega en Sepilok, sino en si Borneo logra conservar los bosques que son su único hogar posible.
La ciudad vecina de Sepilok, Sandakan, tiene una historia mucho más larga y dramática. A fines del siglo XIX se convirtió en la capital del territorio administrado por la British North Borneo Chartered Company, la compañía privada británica que gobernaba el norte de Borneo. Sandakan floreció como puerto exportador de madera preciosa, tabaco, caucho y otros productos de la selva, y llegó a ser una ciudad próspera y cosmopolita, con una gran comunidad china de comerciantes y trabajadores, hasta el punto de ganarse el apodo de 'la pequeña Hong Kong'. Su bahía bulliciosa era una de las ventanas del norte de Borneo al mundo.
Esa prosperidad se hizo añicos con la Segunda Guerra Mundial. Los japoneses ocuparon Sandakan en 1942, y la ciudad se convirtió en el escenario de uno de los capítulos más atroces de la guerra en Asia: las marchas de la muerte de Sandakan. En un campo de prisioneros a las afueras, los japoneses retenían a unos 2.700 prisioneros de guerra aliados, en su mayoría australianos y británicos, usados como mano de obra esclava para construir un aeródromo. En los meses finales de la guerra, ante el avance aliado, los prisioneros fueron obligados a marchar a pie a través de la selva y las montañas hacia Ranau, en condiciones inhumanas. Los que caían por el hambre, la enfermedad o el agotamiento eran ejecutados. De aquellos 2.700 hombres, solo seis sobrevivieron, todos porque lograron escapar.
La guerra dejó Sandakan devastada, arrasada por los bombardeos aliados que buscaban desalojar a los japoneses. Tras el conflicto, la capital del territorio se trasladó a Jesselton (la futura Kota Kinabalu), y Sandakan fue reconstruida, perdiendo parte de su antiguo esplendor. Hoy, el Sandakan Memorial Park, en el sitio del antiguo campo de prisioneros, honra a las víctimas de aquella tragedia. Es una parte de la memoria que conviene no olvidar al visitar esta región: bajo la exuberancia de la naturaleza de Borneo late también una historia humana intensa y, a veces, terrible.
A poca distancia de Sepilok se extiende el río Kinabatangan, el más largo de Sabah, y uno de los mejores lugares de todo el sudeste asiático para ver fauna salvaje. Sus orillas concentran una densidad asombrosa de vida: orangutanes silvestres, los inconfundibles monos narigudos o proboscis (endémicos de Borneo, con su nariz descomunal), elefantes pigmeos, macacos, cálaos, cocodrilos y cientos de especies de aves. Para el viajero, navegar el Kinabatangan al amanecer o al atardecer y ver toda esa vida asomando entre la selva es una experiencia mágica, uno de los grandes safaris fluviales del planeta.
Pero detrás de esa maravilla hay una verdad incómoda. La razón por la que se ve tanta fauna concentrada junto al río es, en buena medida, trágica: la deforestación arrasó gran parte de la selva de tierras bajas que rodeaba el Kinabatangan para plantar palma aceitera, y los animales quedaron arrinconados en la estrecha franja de bosque que sobrevive a lo largo de las orillas. Lo que el turista disfruta como una concentración fabulosa de vida es, en realidad, el síntoma de un ecosistema acorralado: las especies no tienen adónde ir. Los elefantes pigmeos, por ejemplo, entran cada vez más en conflicto con las plantaciones al buscar comida y espacio.
El Kinabatangan es, por eso, a la vez un refugio y un frente de batalla ecológico. Se han creado santuarios de vida silvestre y corredores para intentar reconectar los fragmentos de selva y dar a los animales espacio para moverse, y muchos lodges y comunidades locales han apostado por el ecoturismo como alternativa económica a la palma aceitera, demostrando que la selva viva puede valer más en pie que talada. La lucha está lejos de ganarse, pero el turismo responsable —el que financia la conservación, apoya a las comunidades y crea incentivos para proteger el bosque— es una de las mejores herramientas para que este extraordinario refugio de la fauna de Borneo tenga futuro.
La región de Sepilok y Sandakan es hoy uno de los grandes destinos de naturaleza y fauna de Borneo, y un lugar donde el viajero puede vivir de cerca tanto la maravilla como el drama de las selvas del sudeste asiático. En Sepilok, ver a los orangutanes en rehabilitación y a los osos del sol rescatados es una experiencia emocionante que, bien planteada, deja algo más que una foto: la conciencia de por qué estos animales necesitan ser rescatados, y de qué es lo que los amenaza. Los centros cumplen también una función educativa esencial, sensibilizando a miles de visitantes cada año sobre la crisis de la deforestación y el tráfico de fauna.
Ese turismo tiene un papel ambivalente pero importante. Por un lado, genera los ingresos que financian la conservación, da valor económico a la selva viva y ofrece a las comunidades locales una alternativa a la tala y la palma aceitera. Por otro, hay que manejarlo con cuidado para no estresar ni humanizar en exceso a los animales, ni convertir su tragedia en mero entretenimiento. Los centros serios trabajan en ese equilibrio: reglas estrictas de distancia y comportamiento, información honesta sobre las amenazas, y el mensaje claro de que el objetivo último es devolver a los animales a la selva, no exhibirlos.
Para quien visita esta esquina de Sabah, la mejor manera de honrar lo que ve es llevárselo puesto: entender que cada orangután huérfano de Sepilok, cada oso del sol rescatado, cada monito narigudo arrinconado en el Kinabatangan es un síntoma de una selva que se está perdiendo, y que las decisiones cotidianas —desde el aceite de palma que consumimos hasta el turismo responsable que elegimos— tienen algo que ver con su destino. Sepilok es, a la vez, una de las experiencias más conmovedoras de un viaje a Borneo y una lección de responsabilidad. La esperanza del hombre de la selva depende, en última instancia, de que el resto de los humanos decidamos dejarle un bosque donde vivir.