La historia de Malaca empieza, según la tradición, con un príncipe fugitivo y un ciervo blanco. Hacia el año 1400, un príncipe llamado Parameswara, procedente de Palembang (en la isla de Sumatra), huyó de sus enemigos —el poderoso imperio javanés de Majapahit— y llegó, tras varias escalas, a la desembocadura de un río en la costa suroeste de la península malaya. Cuenta la leyenda que, descansando bajo un árbol (un 'melaka', del que la ciudad tomaría el nombre), vio cómo uno de sus perros de caza acorralaba a un pequeño ciervo ratón (kancil) y este, en lugar de huir, se revolvía y hacía caer al perro al agua. Parameswara interpretó el hecho como un buen augurio —el débil venciendo al fuerte— y decidió fundar allí su ciudad.
Más allá de la leyenda, el emplazamiento era inmejorable. Malaca se encontraba a mitad de camino del estrecho que separa la península malaya de Sumatra, la vía marítima obligada entre el océano Índico y el mar de la China Meridional, por donde circulaba el comercio entre China, la India, Arabia y el archipiélago de las especias. Tenía un puerto abrigado, agua dulce y una posición estratégica para controlar el paso de los barcos, que dependían de los vientos monzónicos.
Parameswara supo aprovecharlo. Estableció alianzas —clave fue el reconocimiento del emperador de China, cuyas flotas del almirante Zheng He visitaron Malaca varias veces a comienzos del siglo XV, dándole protección frente a Siam—, garantizó la seguridad de los mercaderes y convirtió el puerto en un mercado libre y ordenado. En pocas décadas, Malaca pasó de aldea a emporio: el gran centro comercial del sudeste asiático.
Durante el siglo XV, Malaca vivió su edad de oro y se convirtió en uno de los puertos más ricos e importantes del planeta. A sus muelles llegaban barcos de todas partes: juncos chinos cargados de seda y porcelana, naves indias con telas de algodón, dhows árabes y persas, y embarcaciones de todo el archipiélago malayo que traían las codiciadas especias de las Molucas —clavo, nuez moscada, macis—, además de oro, estaño y productos de la selva. Se calcula que en el puerto se hablaban decenas de lenguas y que era, para los estándares de la época, una ciudad enorme y cosmopolita. El cronista portugués Tomé Pires escribiría que 'quien sea señor de Malaca tendrá su mano en la garganta de Venecia', reflejando su valor estratégico para el comercio mundial.
En algún momento de esa época, los gobernantes de Malaca se convirtieron al islam y adoptaron el título de sultán. Malaca se transformó así en el gran centro de difusión del islam en el sudeste asiático: desde su corte, la religión se extendió por la península, Sumatra, Java y las demás islas, echando raíces que perduran hasta hoy. La ciudad desarrolló también una refinada cultura de corte, con su propia literatura, su código legal (el Undang-Undang Melaka) y una lengua, el malayo, que se convirtió en la lengua franca del comercio en toda la región.
El sultanato llegó a dominar buena parte de la península malaya y de la costa este de Sumatra. Fue el momento de mayor esplendor de un poder plenamente malayo, un modelo político y cultural que las generaciones posteriores recordarían con nostalgia como una época dorada. Pero esa riqueza también despertó la codicia de una potencia nueva que estaba llegando a Oriente por primera vez: la de los europeos.
En 1509 llegó a Malaca la primera flota portuguesa, buscando participar en el comercio de las especias. La desconfianza mutua acabó en enfrentamiento, y los portugueses regresaron dos años después con intenciones de conquista. En julio de 1511, una flota al mando de Afonso de Albuquerque, el gran arquitecto del imperio portugués en Asia, atacó y tras semanas de combate tomó la ciudad, poniendo fin a poco más de un siglo de sultanato. El último sultán, Mahmud Shah, huyó y sus descendientes fundarían más al sur el sultanato de Johor, que durante generaciones intentaría, sin éxito, recuperar Malaca.
Los portugueses saquearon la ciudad y se hicieron con un botín fabuloso. Parte de ese tesoro se cargó en la nao Flor de la Mar, que naufragó poco después frente a Sumatra y cuyo cargamento nunca fue recuperado, alimentando leyendas hasta hoy. Para asegurar su nueva posesión, Albuquerque ordenó construir una imponente fortaleza, A Famosa ('la Famosa'), con murallas de piedra y una torre-torreón (a keep), sobre la colina junto al mar. Fue una de las primeras y mayores construcciones europeas de Asia.
Durante 130 años, Malaca fue portuguesa. Los nuevos amos intentaron controlar y cristianizar la ciudad: levantaron iglesias (como la de la colina, ligada a san Francisco Javier, el jesuita que predicó y fue enterrado allí temporalmente) y fomentaron los matrimonios mixtos, de los que nació la comunidad euroasiática 'kristang', que aún hoy conserva su lengua criolla de base portuguesa. Sin embargo, la dominación portuguesa fue tensa: acosada por los ataques del sultanato de Johor, del reino de Aceh (Sumatra) y, sobre todo, de un nuevo competidor europeo que llegaba con fuerza a Oriente: los holandeses.
En 1641, tras un largo y sangriento asedio realizado en alianza con el sultanato de Johor, la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (la VOC) conquistó Malaca y expulsó a los portugueses. Comenzaba la era holandesa, que duraría más de 150 años. Los neerlandeses, más interesados en su gran base de Batavia (la actual Yakarta), gestionaron Malaca sobre todo para controlar el estrecho y limitar la competencia, sin invertir demasiado en su desarrollo. Aun así, dejaron su marca más visible: la 'plaza roja', con el Stadthuys (el ayuntamiento y residencia del gobernador, hacia 1650) y la Christ Church (1753), los edificios coloniales holandeses más antiguos y emblemáticos de Asia, pintados de ese rojo característico.
Las guerras napoleónicas en Europa trastocaron el tablero. Con los Países Bajos ocupados por Francia, los británicos ocuparon temporalmente Malaca para que no cayera en manos francesas. Fue entonces cuando estuvieron a punto de demoler por completo la vieja fortaleza A Famosa para que no la usara ningún rival: solo la intervención de Stamford Raffles —el futuro fundador de Singapur— salvó la Porta de Santiago, la puerta que hoy es lo único que queda del bastión portugués.
Finalmente, por el Tratado anglo-neerlandés de 1824, holandeses y británicos se repartieron la región: los primeros se quedaron con las Indias Orientales (la actual Indonesia) y los segundos con la península malaya. Malaca pasó a ser británica y se integró, junto con Penang y la nueva y pujante Singapur, en los Establecimientos de los Estrechos. Pero para entonces su estrella comercial ya declinaba: el puerto se había ido colmatando de sedimentos, los barcos eran cada vez mayores y, sobre todo, Singapur —mejor situada y también puerto franco— absorbió el comercio de la región. Malaca se convirtió en una ciudad tranquila y algo detenida en el tiempo… lo que, con los siglos, resultaría una bendición para su patrimonio.
En el siglo XX, Malaca compartió el destino del resto de la península: la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial (1942-1945) y, después, el camino hacia la independencia. La ciudad tiene, de hecho, un lugar especial en ese proceso: fue en Malaca donde, en 1956, el líder Tunku Abdul Rahman proclamó por primera vez, ante una multitud, que Malasia sería independiente, un anuncio que se concretaría el 31 de agosto de 1957 con la independencia de la Federación Malaya. Por eso Malaca es considerada la 'cuna de la nación' malaya, y allí se levantó el Memorial de la Proclamación de la Independencia.
Durante las décadas siguientes, mientras otras ciudades malayas se industrializaban y llenaban de rascacielos, Malaca conservó en buena medida su casco histórico: aquella decadencia comercial de siglos atrás, que la había dejado 'congelada', permitió que sobrevivieran su plaza roja, sus ruinas portuguesas, sus templos, sus mezquitas y sus casas peranakan. Con el tiempo, ese patrimonio pasó de ser visto como un vestigio del pasado a convertirse en su mayor tesoro.
El reconocimiento definitivo llegó el 7 de julio de 2008, cuando Malaca, junto con George Town (Penang), fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco como 'ciudades históricas del estrecho de Malaca', testimonio excepcional del intercambio multicultural entre Asia y Europa a lo largo de más de cinco siglos. Desde entonces, la ciudad ha vivido un fuerte auge turístico: se restauraron shophouses, se recuperaron las orillas del río, florecieron los museos, los cafés y los hoteles boutique. Hoy Malaca es uno de los grandes destinos culturales de Malasia, una ciudad pequeña y encantadora donde, en un paseo de pocas horas, se recorren de un tirón el sultanato malayo, tres colonialismos europeos y el mestizaje que de todo ello nació.