Mucho antes de que llegara ningún europeo, el interior de Borneo era el mundo de los dayak, un término general que engloba a los numerosos pueblos indígenas no musulmanes de la isla: los iban, los bidayuh, los orang ulu, los kenyah, los kayan, los penan y muchos otros. Vivían —y en buena medida todavía viven— a lo largo de los ríos, que eran sus caminos, en las célebres casas largas o longhouses: enormes viviendas comunales elevadas sobre pilotes donde convivía toda una comunidad, cada familia en su compartimento y todos compartiendo una larga galería común. Eran agricultores de arroz, cazadores, pescadores y recolectores de los productos de la selva, con culturas ricas en arte, tejidos, tatuajes y rituales.
Uno de los aspectos de la cultura dayak que más impresionó y aterró a los forasteros fue la caza de cabezas. Para varios de estos pueblos, especialmente los iban, tomar la cabeza de un enemigo era una práctica ritual cargada de significado: se creía que las cabezas contenían una fuerza espiritual, y traer una era una prueba de valor, un requisito para ciertos ritos de paso, un acto de venganza o de protección de la comunidad. Los cráneos se conservaban y honraban en la casa larga. Aunque hoy nos resulte chocante, era un sistema de creencias coherente dentro de su cosmovisión, no una crueldad gratuita, y fue abandonado hace generaciones.
En las costas y en la desembocadura de los ríos, el panorama era distinto: allí vivían los malayos, musulmanes, dedicados al comercio y a la pesca, y el conjunto de la región estaba bajo la influencia nominal del sultanato de Brunei, que en su apogeo había sido una potencia y que reclamaba la soberanía sobre buena parte del norte de Borneo. Pero el control de Brunei sobre el vasto y selvático interior era débil, y las tensiones entre los gobernantes malayos, los pueblos dayak y los intereses comerciales (incluida la piratería) hacían de Sarawak, a comienzos del siglo XIX, un territorio inestable y difícil de gobernar. Fue en ese escenario donde irrumpió, casi como un personaje de novela de aventuras, un inglés que cambiaría la historia.
La historia de Sarawak da un giro de novela en 1839, cuando llega a sus costas James Brooke, un aventurero británico nacido en la India, exoficial del ejército colonial, que había invertido su herencia en comprar una goleta armada, el Royalist, con la vaga idea de buscar fortuna y aventura en el archipiélago malayo. Brooke encontró a la región en plena agitación: el gobernador que administraba Sarawak en nombre del sultán de Brunei enfrentaba una rebelión de nobles malayos y dayak descontentos. Brooke, con su barco y sus hombres, ayudó a sofocar la revuelta, y el sultán de Brunei, en recompensa, hizo algo insólito: en 1841 lo nombró rajá (rey) de Sarawak.
Así nació uno de los episodios más extraordinarios de la historia colonial: un hombre blanco convertido en monarca soberano de un reino en Borneo. Brooke no gobernaba en nombre de la corona británica ni de una compañía: gobernaba para sí mismo, como rajá independiente, fundando lo que sería la dinastía de los 'rajás blancos'. Estableció su capital en Kuching y se propuso pacificar y ordenar su reino a su manera: combatió la piratería (a menudo con dureza y controversia), luchó por suprimir la caza de cabezas, y adoptó un estilo de gobierno paternalista que, según sus defensores, buscaba proteger a los pueblos indígenas de la explotación, y según sus críticos, no dejaba de ser una forma peculiar de dominio colonial.
La figura de James Brooke fascinó a la Inglaterra victoriana y al mundo entero: fue héroe y villano, aventurero romántico y déspota, inspiración de escritores (se lo cita como una de las influencias del 'Lord Jim' de Joseph Conrad y del Sandokan de Salgari, aunque este último era un pirata que combatía a los Brooke). Gobernó Sarawak hasta su muerte en 1868, expandiendo su territorio a costa de Brunei y sentando las bases de un Estado que, contra todo pronóstico, sobreviviría a su fundador. No tuvo hijos legítimos, así que le sucedió su sobrino, dando continuidad a una de las dinastías más insólitas de la historia.
La dinastía Brooke gobernó Sarawak durante poco más de un siglo, de 1841 a 1946, a través de tres rajás sucesivos. A James Brooke le siguió su sobrino Charles Brooke (rajá de 1868 a 1917), considerado por muchos el verdadero constructor del Estado: un gobernante austero, trabajador y de mano firme que consolidó y amplió el territorio, organizó la administración, fomentó una economía basada en la agricultura y los recursos de la selva (y evitó deliberadamente entregar el país a las grandes compañías explotadoras), y siguió expandiendo Sarawak a expensas del debilitado sultanato de Brunei, hasta darle casi la forma que tiene hoy. A Charles le sucedió su hijo, Charles Vyner Brooke, el tercer y último rajá.
El régimen de los Brooke fue peculiar y ambivalente. Por un lado, se presentaban como protectores paternalistas de los pueblos de Sarawak, respetuosos de sus costumbres, que preservaban a los indígenas de la explotación capitalista desenfrenada que sufrían otras colonias, y que gobernaban con la ayuda de jefes locales y de un consejo. Por otro, no dejaba de ser un dominio autocrático de una familia extranjera sobre un mosaico de pueblos, sostenido con expediciones militares para someter a los grupos rebeldes y suprimir la caza de cabezas y la resistencia. Kuching floreció como capital, con sus edificios característicos —el fuerte, el palacio Astana, la vieja corte, el museo—, muchos de los cuales todavía se pueden visitar.
En 1888, Sarawak se convirtió formalmente en protectorado británico (Gran Bretaña se encargaba de la defensa y las relaciones exteriores), pero los Brooke siguieron gobernando internamente como rajás. Fue un arreglo que preservó la peculiar independencia del reino durante décadas más. El fin de esta historia singular llegaría, como el de tantas otras, con la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial, que barrería no solo los edificios y las vidas, sino también el propio sistema de los rajás blancos, cerrando para siempre uno de los capítulos más extraños del colonialismo europeo en Asia.
La Segunda Guerra Mundial marcó el fin del reino de los Brooke. En 1941-1942, las fuerzas japonesas invadieron y ocuparon Sarawak, iniciando años de dominación marcados por el sufrimiento de la población, la explotación de los recursos (especialmente el petróleo de la región de Miri) y episodios de resistencia, en los que algunos pueblos dayak del interior colaboraron con las fuerzas aliadas, llegando incluso a retomar puntualmente la caza de cabezas contra los ocupantes. La ocupación dejó a Sarawak empobrecida y dañada.
Al terminar la guerra, en 1946, el tercer y último rajá, Charles Vyner Brooke, tomó una decisión tan trascendental como controvertida: ceder Sarawak a la corona británica, convirtiéndolo por primera vez en una colonia directa del Reino Unido. La decisión, motivada en parte por la incapacidad de la familia para financiar la reconstrucción de la posguerra, fue polémica: hubo una fuerte oposición 'anticesión' entre sectores de la población, sobre todo malayos, que la vivieron como una traición, y el conflicto llegó a un punto dramático en 1949 con el asesinato del gobernador británico Duncan Stewart a manos de un joven nacionalista. Así, el reino personal de los rajás blancos se disolvió en una colonia más del imperio.
El último acto llegó en 1963. En el marco de la descolonización, Sarawak se unió a la Federación Malaya, Singapur y el norte de Borneo (Sabah) para formar la nueva Federación de Malasia, con garantías especiales para preservar su autonomía y sus particularidades (control de la inmigración, derechos sobre los recursos, protección de las lenguas y religiones locales). Esas particularidades explican por qué, todavía hoy, Sarawak tiene su propio control de inmigración dentro de Malasia y una fuerte identidad diferenciada. El reino de aventura de los Brooke se había convertido, tras un siglo increíble, en un estado de un país moderno; pero su huella —en los edificios de Kuching, en los nombres, en la memoria— sigue siendo parte esencial de la identidad de Sarawak.
La Kuching del siglo XXI es una de las ciudades más agradables y sorprendentes de Malasia: tranquila, limpia, verde y profundamente multicultural, orgullosa a la vez de su increíble historia y de su papel como puerta de entrada a las maravillas naturales de Sarawak. En sus calles conviven, con una naturalidad ejemplar, malayos, chinos, indios y los pueblos indígenas dayak —iban, bidayuh, orang ulu y otros—, en un mosaico de mezquitas, templos chinos, iglesias y tradiciones que se refleja en las fiestas, en la arquitectura y, sobre todo, en una gastronomía que es de las mejores del país.
La herencia de los rajás blancos sigue presente por todas partes: en el fuerte y el palacio Astana a la orilla del río, en la vieja corte y el museo, en el trazado del casco histórico. Pero Kuching no vive anclada en el pasado: su moderno Borneo Cultures Museum, su cuidado Waterfront, su escena de cafés y su festival de música del mundo (el Rainforest World Music Festival) muestran una ciudad viva y con personalidad propia. La identidad felina —las estatuas de gatos, el Cat Museum— le añade un toque de humor y encanto que la vuelve inconfundible.
Para el viajero, Kuching es dos cosas a la vez: un destino delicioso en sí mismo, para pasear, comer y empaparse de historia, y la base perfecta para descubrir Sarawak: los orangutanes de Semenggoh, los monos narigudos de Bako, las casas largas de los dayak, las cuevas de Mulu, la flor Rafflesia. Detrás de su apariencia tranquila late una de las historias más fascinantes de Asia —la de los pueblos de los ríos, la caza de cabezas, el aventurero que se hizo rey y la dinastía que reinó un siglo— y una de las mayores diversidades culturales y naturales del planeta. Pocas ciudades condensan tanto en tan poco, y pocas dejan a los viajeros con tantas ganas de volver.