Antes de ser Kota Kinabalu, y antes incluso de ser Jesselton, este rincón de la costa norte de Borneo era un modesto poblado costero conocido como Api-Api, que en malayo significa 'fuego, fuego'. El nombre, según la tradición, aludía a las luciérnagas que iluminaban los manglares por la noche, o quizás a los incendios que provocaban los ataques de los piratas que asolaban estas costas. Era una aldea de pescadores de la etnia bajau y de otros pueblos costeros, a la sombra —literal y simbólica— de la gran montaña que se alzaba en el interior: el monte Kinabalu.
Porque para entender esta tierra hay que mirar hacia arriba, hacia la mole del Kinabalu, sagrada para los pueblos indígenas de Sabah. Los kadazan-dusun, el mayor grupo étnico originario del estado, agricultores de arroz y guardianes de tradiciones animistas, veneraban la montaña como el lugar de descanso de los espíritus de sus antepasados. Su nombre mismo, según la interpretación más difundida, deriva de 'Aki Nabalu', 'el venerado lugar de los muertos' o 'la morada de los espíritus'. La montaña era el eje espiritual de un mundo indígena rico y diverso, muy anterior a la llegada de los europeos.
Durante siglos, el norte de Borneo estuvo nominalmente bajo la influencia de dos grandes sultanatos: el de Brunei, al oeste, y el de Sulú, al noreste, que se disputaban el control de estas costas y cobraban tributos. Pero en la práctica, en las aldeas costeras y en las tierras altas del interior, la vida seguía su propio curso, marcada por la pesca, el cultivo del arroz, el comercio, y también por la piratería y la caza de cabezas que practicaban algunos pueblos. Era un mundo remoto, verde y montañoso, al que el gran cambio histórico llegaría, como tantas veces, desde el mar y desde muy lejos.
El destino moderno de esta costa se decidió en despachos de Londres. En 1881, el gobierno británico concedió una carta real a la British North Borneo Chartered Company, una compañía privada que, al estilo de la célebre Compañía de las Indias Orientales, recibió el derecho a administrar y explotar el norte de Borneo como si fuera un Estado. Era el colonialismo en su forma más peculiar: no un gobierno imperial directo, sino una empresa con ánimo de lucro gobernando un territorio del tamaño de un país, cobrando impuestos, negociando con los sultanes de Brunei y Sulú la cesión de derechos, y organizando la extracción de tabaco, caucho, madera y otros recursos.
La compañía fue estableciendo sus capitales y puestos comerciales. Tras probar con Kudat y con Sandakan (que fue la capital durante décadas), a comienzos del siglo XX decidió desarrollar el pequeño puerto de Api-Api, en una bahía protegida y bien situada, como nuevo centro comercial y terminal del ferrocarril que se estaba construyendo. En 1899-1900 se fundó allí el asentamiento moderno, rebautizado Jesselton en honor a Charles Jessel, vicepresidente de la compañía. Jesselton creció como puerto exportador de caucho, tabaco y otros productos, con una población mezclada de chinos (comerciantes y trabajadores), malayos, indígenas y algunos europeos.
Aquel desarrollo tuvo, como todo el colonialismo, su cara oscura. La riqueza que generaba la compañía se basaba en la explotación de los recursos y del trabajo, mientras las comunidades indígenas kadazan-dusun, murut, bajau y otras eran desplazadas, gravadas con impuestos o marginadas de los beneficios. Hubo resistencias: la más famosa fue la rebelión de Mat Salleh, un líder que a fines del siglo XIX se alzó contra la compañía y se convirtió en héroe popular de Sabah. Pero, en conjunto, el norte de Borneo entró en el siglo XX como un territorio administrado por una empresa británica, con Jesselton como su ventana al mar, sin sospechar la catástrofe que se avecinaba.
La Segunda Guerra Mundial cayó sobre el norte de Borneo con una brutalidad devastadora. A comienzos de 1942, las fuerzas japonesas invadieron y ocuparon Jesselton y todo el territorio de la compañía, iniciando tres años y medio de ocupación marcados por el hambre, el trabajo forzado, las ejecuciones y el terror. La población local, china e indígena, sufrió represalias feroces, sobre todo tras el llamado 'levantamiento de Jesselton' de 1943, una revuelta antijaponesa liderada por miembros de la comunidad china y guerrilleros locales que fue aplastada con matanzas masivas.
El episodio más trágico y recordado de la guerra en Sabah fueron las marchas de la muerte de Sandakan. En el campo de prisioneros de Sandakan, los japoneses retenían a unos 2.700 prisioneros de guerra aliados, en su mayoría australianos y británicos. En los meses finales de la guerra, ante el avance aliado, los prisioneros fueron obligados a marchar a pie a través de la selva y las montañas hacia Ranau, en condiciones inhumanas de hambre, enfermedad y agotamiento. Los que caían eran ejecutados. De aquellos 2.700 hombres, solo sobrevivieron seis, todos ellos porque lograron escapar. Fue uno de los crímenes de guerra más atroces cometidos contra prisioneros aliados en el Pacífico, hoy conmemorado en memoriales como el de Petagas y en Sandakan.
La liberación, en 1945, encontró a Jesselton reducida a escombros: la ciudad había sido arrasada por los bombardeos aliados que buscaban desalojar a los japoneses, y apenas quedaban en pie unos pocos edificios, entre ellos la torre del reloj Atkinson y el edificio de correos. La British North Borneo Company, arruinada por la guerra y sin capacidad para reconstruir, cedió el territorio a la Corona británica en 1946. Así, el norte de Borneo dejó de ser el feudo de una empresa para convertirse en la colonia de la Corona de Borneo del Norte, con Jesselton —renaciendo lentamente de sus ruinas— como capital.
La posguerra fue una época de reconstrucción y de grandes cambios políticos. Jesselton renació de sus cenizas: como capital de la colonia de Borneo del Norte (Sandakan, la antigua capital, también había quedado destruida), la ciudad se levantó de nuevo, esta vez con planificación moderna, y volvió a crecer como centro administrativo y comercial. En paralelo, en toda Asia soplaban los vientos de la descolonización, y el futuro del norte de Borneo empezó a debatirse en el marco de un proyecto mucho más grande.
Ese proyecto era Malasia. A comienzos de los años sesenta, el líder Tunku Abdul Rahman impulsó la idea de unir la Federación Malaya (la península independiente desde 1957), Singapur y los territorios británicos de Borneo —Sarawak y Borneo del Norte— en una nueva federación. Tras debates, comisiones y no poca controversia, Borneo del Norte se sumó al proyecto, con la condición de garantías especiales para proteger su autonomía y sus particularidades. El 16 de septiembre de 1963 nació la Federación de Malasia, y el territorio pasó a llamarse Sabah, integrándose como uno de sus estados. (Aquellas garantías, los famosos '20 puntos', y el grado de autonomía de Sabah siguen siendo, hasta hoy, tema de debate político.)
El toque final llegó en 1968: la ciudad de Jesselton, cuyo nombre evocaba a un directivo de la vieja compañía colonial, fue rebautizada Kota Kinabalu, 'la ciudad de Kinabalu', en honor a la montaña sagrada que domina el horizonte de Sabah y que da identidad a todo el estado. El cambio de nombre fue mucho más que un trámite: era la afirmación de una identidad propia, sabahana y malaya, que dejaba atrás el pasado colonial y reconocía el valor simbólico de la montaña de los pueblos indígenas. La aldea de pescadores de Api-Api, que había sido la Jesselton de la compañía y de la guerra, era ahora la capital de un estado con nombre de montaña.
La Kota Kinabalu del siglo XXI es una ciudad moderna, dinámica y en crecimiento, la principal de la Malasia oriental y la gran puerta de entrada al Borneo malayo. Con su aeropuerto internacional, sus hoteles, sus malls y su malecón, funciona como base logística desde la que cada año miles de viajeros salen a descubrir las maravillas de Sabah: el monte Kinabalu, los orangutanes de Sepilok, la fauna del Kinabatangan, el buceo de Sipadan y las islas del parque Tunku Abdul Rahman. La ciudad que la guerra arrasó por completo es hoy un centro urbano vibrante y cosmopolita.
Su mayor riqueza es humana. Sabah es una de las regiones más diversas de Malasia, y KK lo refleja: aquí conviven kadazan-dusun, bajau, murut y otros pueblos indígenas con comunidades chinas, malayas, indias y una notable población de origen filipino e indonesio, en un mosaico de idiomas, religiones (musulmana, cristiana, budista, animista) y tradiciones que se nota en los mercados, en las fiestas y, sobre todo, en la comida. Esa mezcla, sumada a un carácter costero y relajado, le da a KK un ambiente propio, distinto tanto de la península como del resto de Borneo.
Como toda Sabah, KK vive también sus tensiones: los debates sobre la autonomía del estado dentro de Malasia y el reparto de la riqueza de sus recursos (petróleo, gas, madera, palma aceitera), la presión sobre el medio ambiente, y los desafíos de la inmigración y el desarrollo. Pero para el viajero, Kota Kinabalu es sobre todo eso: una ciudad amable y sabrosa, con atardeceres de ensueño, marisco fresquísimo y la montaña sagrada de fondo, que abre la puerta a una de las últimas grandes fronteras naturales del planeta. Detrás de su fachada moderna late una historia de aldeas de pescadores, compañías coloniales, guerra y renacimiento, tan intensa como corta.