Para entender Mulu hay que imaginar un tiempo profundísimo. Hace decenas de millones de años, buena parte de lo que hoy es este rincón de Borneo estaba bajo un mar tropical cálido y poco profundo, donde durante eras se fueron acumulando, capa sobre capa, los restos de corales, conchas y organismos marinos que formaron gruesos depósitos de piedra caliza. Luego, los movimientos titánicos de la corteza terrestre plegaron y levantaron esos fondos marinos, convirtiéndolos en montañas: así nacieron las moles calizas de Mulu, como el monte Api, cuyo nombre significa 'fuego' por la forma en que sus paredes blancas brillan bajo el sol.
Una vez fuera del agua, entró en escena el otro gran escultor: la lluvia. En una de las regiones más húmedas del planeta, el agua ligeramente ácida de las precipitaciones fue disolviendo, gota a gota, milenio tras milenio, la piedra caliza. Ese proceso, llamado karstificación, hizo dos cosas espectaculares. En la superficie, talló la roca en formas afiladas, creando los Pinnacles: ese bosque de agujas de caliza de decenas de metros que sobresalen de la selva como cuchillas. Y en las profundidades, el agua horadó la montaña por dentro, excavando a lo largo de millones de años uno de los sistemas de cuevas más colosales y extensos del mundo.
Esas cuevas son la joya de Mulu. Bajo la selva se esconde un laberinto de cientos de kilómetros de galerías, ríos subterráneos, salas gigantescas y pasajes aún sin explorar del todo. La estrella absoluta es la Sarawak Chamber, descubierta en la década de 1980: la mayor cámara subterránea conocida del planeta, tan enorme —cientos de metros de largo, ancho y alto— que dentro cabrían varios estadios de fútbol o decenas de aviones. Mulu es, en esencia, un monumento a la paciencia geológica: la prueba de lo que el agua y el tiempo pueden hacer con la piedra si se les dan millones de años.
Mucho antes de que ningún explorador cartografiara estas cuevas, las selvas de Mulu ya tenían habitantes: los pueblos indígenas de Borneo, entre ellos los berawan y, muy especialmente, los penan. Los penan son uno de los últimos pueblos cazadores-recolectores nómadas del sudeste asiático, un modo de vida que en casi todo el mundo desapareció hace milenios. Durante generaciones vivieron moviéndose por la selva profunda en pequeños grupos, sin construir aldeas permanentes: cazaban con la cerbatana (blowpipe) y dardos con veneno, pescaban, y sobre todo dependían del sagú, un almidón que extraen de cierta palmera, además de los frutos, la miel y los materiales que la jungla les proveía.
Los penan poseen un conocimiento extraordinario de la selva —de sus plantas, sus animales, sus ritmos— y una cultura basada en principios de reciprocidad y de cuidado del bosque, con un concepto, el 'molong', que implica no tomar más de lo necesario y preservar los recursos para el futuro. Su relación con la selva no era la de dueños que explotan un recurso, sino la de habitantes que forman parte de un todo. Esa cosmovisión, tan distinta de la lógica extractiva moderna, los convirtió, sin quererlo, en símbolo de una forma de vida en armonía con la naturaleza que el mundo estaba a punto de arrasar.
Porque a partir de los años setenta y ochenta, la selva de los penan —como la de casi toda Borneo— fue invadida por las empresas madereras, que abrieron caminos y talaron a un ritmo devastador para exportar maderas tropicales. Los penan vieron cómo se destruía su hogar, se contaminaban sus ríos y desaparecían los animales de los que dependían. Su respuesta se hizo famosa en todo el mundo: la resistencia pacífica. En las décadas de 1980 y 1990, grupos de penan levantaron barricadas humanas para bloquear los caminos de las madereras, en una lucha desigual y valiente que atrajo la atención internacional sobre la deforestación de Borneo. Muchos fueron arrestados o reprimidos, y la tala continuó en gran medida, pero su causa se convirtió en un emblema mundial de la defensa de los bosques y de los derechos de los pueblos indígenas.
Aunque los pueblos locales conocían muchas de las bocas de cueva de Mulu desde tiempos inmemoriales, la magnitud real de su mundo subterráneo permaneció oculta al resto del planeta hasta hace relativamente poco. La primera montaña en atraer a los forasteros fue el propio Gunung Mulu, un pico de arenisca de más de 2.300 metros cuyas laderas selváticas fascinaron a naturalistas y montañeros. Pero fue la exploración de las cuevas la que reveló que allí había algo verdaderamente excepcional.
El gran salto llegó con una serie de expediciones científicas y espeleológicas internacionales, sobre todo la ambiciosa expedición de la Royal Geographical Society británica en 1977-1978, que estudió a fondo la geología, la flora y la fauna de la región, y las expediciones de espeleólogos británicos de las décadas siguientes. Fueron estos exploradores, arrastrándose por pasajes desconocidos, vadeando ríos subterráneos y midiendo galerías, quienes fueron revelando la escala asombrosa del sistema: cientos de kilómetros de cuevas, y hallazgos que dejaron al mundo boquiabierto, como el de la Sarawak Chamber en 1981, la mayor cámara subterránea conocida, o la confirmación de que la Clearwater Cave formaba parte de uno de los sistemas de cuevas más largos del planeta.
Aquellas expediciones no solo pusieron a Mulu en el mapa mundial de la espeleología, sino que aportaron los argumentos científicos para su protección. El Parque Nacional de Gunung Mulu se estableció en 1974, y el conocimiento acumulado por los exploradores fue clave para que, en el año 2000, la Unesco lo declarara Patrimonio de la Humanidad, reconociendo tanto su valor geológico y espeleológico como su extraordinaria biodiversidad, con sus 17 zonas de vegetación distintas escalonadas desde la selva de tierras bajas hasta la cima de la montaña. La exploración continúa hasta hoy: cada tanto, nuevos espeleólogos siguen descubriendo pasajes en un sistema que quizás nunca se conozca por completo.
Mulu no es solo un prodigio geológico: es un ecosistema desbordante de vida, tanto sobre la tierra como bajo ella. En la superficie, sus selvas Patrimonio de la Humanidad albergan una biodiversidad asombrosa gracias a su gradiente de altitudes y a la variedad de suelos y ambientes: miles de especies de plantas (incluidas muchas orquídeas y las plantas carnívoras Nepenthes), cientos de aves, primates, ciervos, y una fauna de insectos y otros invertebrados casi incontable. Es una de las selvas más diversas y mejor conservadas de Borneo.
Pero lo verdaderamente único es la vida bajo tierra. Las cuevas de Mulu albergan uno de los ecosistemas cavernícolas más ricos del mundo, un universo oscuro que gira en torno a dos protagonistas: los murciélagos y los vencejos (salanganas). Millones de murciélagos de varias especies habitan cuevas como la Deer Cave, y cada atardecer protagonizan la famosa 'salida' en columnas que se retuercen en el cielo. Su guano, acumulado en montañas gigantescas en el suelo de las cuevas, es la base de toda una cadena alimentaria subterránea: sobre él viven cucarachas, escarabajos, grillos, ciempiés, arañas y otros invertebrados adaptados a la vida en la oscuridad, muchos de ellos endémicos, que a su vez alimentan a serpientes y otros depredadores.
Es un delicado equilibrio del que depende también el bosque circundante: los murciélagos, al salir cada noche a cazar toneladas de insectos, y los vencejos, ayudan a controlar plagas y a mantener sano el ecosistema de toda la región. Por eso la conservación de las cuevas y de la selva van de la mano: dañar una afecta a la otra. Ese entramado de vida —desde la aguja de caliza expuesta al sol hasta el invertebrado ciego que vive sobre el guano en la más absoluta oscuridad— es lo que hace de Mulu un lugar tan valioso, y lo que la Unesco quiso proteger al declararlo Patrimonio de la Humanidad. Visitarlo es asomarse no solo a una maravilla geológica, sino a un mundo vivo y complejo que funciona desde hace millones de años.
El Gunung Mulu del siglo XXI es uno de los grandes destinos de naturaleza y aventura de Borneo, un lugar que combina el prestigio de ser Patrimonio de la Humanidad con la magia de su lejanía: al que solo se llega en avioneta, perdido en la selva del interior de Sarawak. Cada año, viajeros de todo el mundo llegan hasta aquí para adentrarse en sus cuevas colosales, presenciar la salida de los murciélagos, sufrir y disfrutar el trekking de los Pinnacles, o simplemente empaparse de una de las selvas más biodiversas del planeta. El parque, bien gestionado, ofrece una experiencia de naturaleza de primer nivel con guías locales, muchos de ellos de los pueblos berawan y penan de la zona.
Ese turismo, cuando es responsable, cumple un papel importante: da valor económico a la selva en pie, ofrece a las comunidades locales una alternativa a la tala, y financia y justifica la conservación de un ecosistema irremplazable. Pero Mulu, como toda Borneo, no es una burbuja: a su alrededor, la presión de la deforestación, la tala y las plantaciones sigue amenazando las selvas del interior de Sarawak, y con ellas el modo de vida de pueblos como los penan, cuya lucha por su territorio está lejos de haber terminado. La existencia de un parque protegido no borra las tensiones del entorno.
Para el viajero que hace el esfuerzo de llegar hasta este rincón remoto, Mulu deja algo más que fotos espectaculares: la conciencia de estar en un lugar excepcional, moldeado por millones de años de agua y piedra, habitado por una vida asombrosa sobre y bajo la tierra, y cuidado —no sin dificultades— como uno de los tesoros naturales de la humanidad. Recorrer sus cuevas gigantes, ver el río de murciélagos contra el cielo del atardecer o contemplar los Pinnacles brotando de la selva son experiencias que ponen las cosas en perspectiva: recuerdan lo pequeños que somos frente al tiempo y la naturaleza, y lo mucho que vale la pena proteger maravillas como esta. Mulu es de esos lugares que cuesta llegar y es imposible olvidar.