Hay pocas capitales en el mundo que se puedan abarcar de un vistazo, y Vaduz es una de ellas. Cinco mil setecientas personas, una peatonal, un río, unos viñedos y, sobre todo, un castillo colgado de la ladera: eso es la capital de Liechtenstein, el sexto país más pequeño del planeta. Y sin embargo, en ese puñado de metros cuadrados se concentra una de las historias políticas más singulares de Europa: la de una dinastía que compró un país para conseguir una silla, la de un principado que se quedó atado a un imperio que ya no existe, y la de un rincón agrícola y pobre que, en apenas medio siglo, se convirtió en uno de los lugares más ricos de la Tierra.
La clave para entender Vaduz es levantar la vista hacia el castillo. Desde allí gobierna todavía, en pleno siglo XXI, una monarquía real y con poderes: el príncipe de Liechtenstein no es una figura decorativa, sino un jefe de Estado con atribuciones que la mayoría de los reyes europeos perdieron hace generaciones. Esa continuidad, esa mezcla de lo minúsculo y lo soberano, es lo que hace de Vaduz un lugar fascinante. No es una ciudad monumental ni antigua en su aspecto —buena parte de lo que se ve es del siglo XX—, pero es la vitrina de un experimento histórico que sigue vivo: un microestado que sobrevivió a la desaparición de todos los imperios que lo rodearon.
Para recorrer Vaduz con ojos que entiendan, conviene conocer cómo se formó este país improbable, cómo llegó al poder la casa que le da nombre y cómo el valle del Rin pasó de la miseria campesina a la prosperidad. Esa es la historia que cuentan sus museos, su castillo y sus viñedos.
Mucho antes de que existiera Liechtenstein, existió Vaduz. La colina sobre la ciudad estuvo habitada desde tiempos remotos, y el castillo que hoy la corona tiene sus partes más antiguas en torno a los siglos XII y XIII. Lo levantaron los condes de Werdenberg-Sargans, una rama de la poderosa casa de los Montfort, señores de buena parte de la región del Rin alpino. El nombre 'Vaduz' aparece documentado ya en el siglo XIV y probablemente deriva de una raíz latina o retorrománica vinculada al agua o a un canal, recuerdo de las poblaciones romanizadas que habitaron el valle antes de la llegada de los pueblos germánicos.
En 1342 se constituyó formalmente el condado de Vaduz, un pequeño territorio feudal dentro del Sacro Imperio Romano Germánico. Junto a él estaba el aún más minúsculo señorío de Schellenberg, en la parte baja del valle. Durante los siglos siguientes, estos dos territorios pasaron por las manos de varias familias nobles —los Werdenberg, los Brandis, los Sulz, los Hohenems—, se vieron sacudidos por las guerras de la región (como la guerra de Suabia de 1499, que dejó cicatrices en los castillos del valle) y sufrieron episodios oscuros, entre ellos crueles procesos por brujería en el siglo XVII que llevaron a la muerte a decenas de personas y arruinaron a los condes.
Hacia 1700, los Hohenems, endeudados y desacreditados, buscaban vender. Vaduz y Schellenberg eran territorios pobres, pero tenían una virtud enorme a ojos de cierto comprador: eran 'inmediatos' al Imperio, es decir, no dependían de ningún señor intermedio, sino directamente del emperador. Y esa condición valía, literalmente, un asiento en la Dieta Imperial. Alguien muy poderoso estaba dispuesto a pagar por ello.
La casa de Liechtenstein era, a comienzos del siglo XVIII, una de las familias más ricas y antiguas de Austria. Su nombre venía de un castillo cerca de Viena, y durante siglos habían acumulado enormes propiedades en Bohemia, Moravia y la baja Austria, al servicio de los Habsburgo. Pero tenían un problema de prestigio: por muy ricos que fueran, todas sus tierras las poseían como vasallos de otros señores. Ninguna era 'inmediata' al emperador, y por eso los príncipes de Liechtenstein no podían sentarse en la Dieta Imperial ni gozar de la categoría de soberanos que su fortuna parecía merecer.
La solución fue comprar un territorio que sí diera derecho a ese asiento. El príncipe Juan Adán Andrés (Hans-Adam I) adquirió primero el señorío de Schellenberg, en 1699, y después el condado de Vaduz, en 1712, pagando por dos comarcas alpinas empobrecidas mucho más de lo que valían por sí mismas: lo que compraba, en realidad, era el rango. El 23 de enero de 1719, el emperador Carlos VI unió ambos territorios y los elevó a la dignidad de principado, con el nombre de Liechtenstein, en honor a la familia. Así nació, por un trámite imperial, uno de los Estados más peculiares de Europa: un país bautizado con el apellido de sus dueños.
Lo curioso es que, durante casi dos siglos, los príncipes apenas pisaron su propio principado. Gobernaban desde Viena, a través de funcionarios, y consideraban Vaduz un título honorífico y una lejana posesión menor frente a sus palacios y colecciones de arte de la capital austríaca. El país siguió siendo una comunidad rural, pobre y aislada, que sobrevivió a la disolución del Sacro Imperio en 1806 y logró mantenerse independiente, primero dentro de la Confederación del Rin y luego de la Confederación Germánica, hasta convertirse en un Estado soberano de pleno derecho.
El siglo XX cambió la vida de Vaduz para siempre. Hasta la Primera Guerra Mundial, Liechtenstein había estado atado económicamente a Austria-Hungría: unión aduanera, moneda austríaca, dependencia total del gran vecino. Pero la derrota y el desmembramiento del imperio austrohúngaro en 1918 dejaron al principado a la deriva, empobrecido y con la moneda austríaca hundida por la inflación. La pequeña élite del país tomó entonces una decisión histórica: romper con Austria y orientarse hacia la próspera y estable Suiza.
En los años veinte, Liechtenstein firmó con Suiza los acuerdos que definen todavía hoy su vida cotidiana: adoptó el franco suizo como moneda (1924), estableció una unión aduanera (1923) y delegó en Berna la representación diplomática y la defensa. El principado no tiene ejército desde 1868 y se declaró neutral, condición que mantuvo durante las dos guerras mundiales. En la Segunda Guerra, rodeado por el Tercer Reich y sus aliados, Liechtenstein caminó por una cuerda floja: conservó la neutralidad y no fue invadido, aunque después tuvo que enfrentar cuestionamientos por la actuación de su banca y por bienes vinculados al régimen nazi, un capítulo que en las últimas décadas se ha investigado con más honestidad.
Un hito de esa época quedó grabado en el castillo: en 1938, ante la anexión de Austria por la Alemania nazi (el Anschluss), el príncipe Francisco José II se convirtió en el primer soberano de Liechtenstein en trasladar su residencia permanente a Vaduz. Por primera vez en más de dos siglos, el príncipe vivía en su propio país. Aquel gesto, entre lo simbólico y lo prudente, ató definitivamente el destino de la dinastía al del pequeño Estado alpino que llevaba su nombre.
Cuesta imaginarlo hoy, pero hasta mediados del siglo XX Liechtenstein era un país pobre. Su economía se basaba en una agricultura de montaña de subsistencia y en la emigración: durante generaciones, muchos jóvenes del valle se marcharon a Suiza, Austria o América buscando trabajo. Incluso la venta de sellos postales a coleccionistas de todo el mundo, iniciada en 1912, llegó a ser una de las principales fuentes de ingresos del Estado, lo que da la medida de lo modesta que era la economía.
La transformación llegó después de la Segunda Guerra Mundial y fue vertiginosa. Amparado en la estabilidad del franco suizo, en impuestos bajos y en un marco jurídico favorable a las empresas y las fundaciones, Liechtenstein atrajo a decenas de miles de sociedades que fijaron aquí su domicilio, y desarrolló una industria de alta tecnología y precisión de renombre mundial (empresas como Hilti, en herramientas de construcción, nacieron en el valle). El sistema financiero, con la banca privada de la propia familia principesca —la LGT— como buque insignia, convirtió a Vaduz en una plaza financiera internacional. En pocas décadas, el país pasó de la miseria rural a tener una de las rentas per cápita más altas del mundo.
Esa prosperidad tuvo su cara discutida: durante años, Liechtenstein cargó con la fama de paraíso fiscal y de refugio para el secreto bancario, lo que le valió presiones internacionales que, ya en el siglo XXI, lo llevaron a reformar sus leyes y a firmar acuerdos de transparencia. En paralelo, la monarquía se reforzó: en el referéndum constitucional de 2003, los ciudadanos ampliaron los poderes del príncipe Hans-Adam II, que ya reinaba desde 1989, en un caso poco común de monarca que gana atribuciones en plena era democrática (el propio príncipe había amenazado con marcharse a Viena si perdía la votación).
Hoy Vaduz es el escaparate de todo eso: una capital pequeña y pulcra, con bancos discretos, museos de calidad, viñedos principescos y un castillo habitado, donde conviven la tradición de una dinastía milenaria y la modernidad de un microestado próspero. Recorrerla es asomarse a la historia de cómo un rincón olvidado del valle del Rin se convirtió, contra todo pronóstico, en un país soberano y rico que lleva el nombre de la familia que un día lo compró.