Si Vaduz es la vitrina de Liechtenstein, Schaan es su motor. Aquí no hay un castillo de cuento coronando la colina, pero hay algo igual de revelador: el punto por donde han pasado, durante dos mil años, casi todos los que cruzaron este tramo del valle del Rin. Legiones romanas, mercaderes medievales, campesinos, y hoy los buses amarillos que conectan cada rincón del país: todos pasan por Schaan. Es el municipio más poblado del principado y su corazón económico, y su historia es la de un lugar que siempre estuvo en medio del camino.
Esa condición de cruce no es casual. Schaan se asienta en la parte más ancha y llana del valle, donde el Rin se abre y donde, en época romana, discurría la gran calzada que unía el norte de Italia con el lago de Constanza. Quien controlaba Schaan controlaba el paso. Por eso, cuando el Imperio romano necesitó defender esta frontera, fue aquí donde levantó un fuerte; y por eso, siglos después, cuando Liechtenstein se industrializó, fue Schaan quien concentró las fábricas, las empresas y los transportes.
Detrás de su cara moderna y algo gris de pueblo industrial se esconde, entonces, uno de los relatos más antiguos del país. Conocerlo ayuda a mirar Schaan con otros ojos: no como una simple parada de bus, sino como el lugar donde empezó, hace dos milenios, la ocupación humana continua de este valle.
La huella más antigua y valiosa de Schaan es romana. En época imperial, por este tramo del valle del Rin pasaba una importante calzada que conectaba Mediolanum (Milán) con Brigantium (Bregenz), a orillas del lago de Constanza, y con la red de rutas que atravesaban los Alpes. El valle estaba habitado y romanizado, con población de origen retorrománico, y Schaan era un punto de paso en esa vía.
En el siglo IV d.C., en la etapa tardía del Imperio, cuando las presiones de los pueblos germánicos sobre la frontera se volvieron constantes, los romanos construyeron aquí un fuerte (castellum) como parte del sistema defensivo del limes, la línea fortificada que protegía las provincias del Rin y el Danubio frente a las incursiones de los alamanes. Era una fortificación de planta casi cuadrada, de unos sesenta metros de lado, con torres en las esquinas y en el centro de los lados norte y sur. Funcionó, según los hallazgos, hasta bien entrado el siglo IV y quizás después.
Cuando el poder romano se retiró y llegaron, entre los siglos VI y VII, los pueblos alamanes que germanizaron el valle y trajeron la lengua alemana que todavía se habla, el antiguo fuerte no se olvidó: sobre sus restos, o muy cerca, se levantó la iglesia de San Pedro, y en torno a ella se formó el núcleo más antiguo del pueblo, el Obergass. Esa continuidad —de fuerte romano a iglesia cristiana a barrio medieval— es la clave para entender el origen de Schaan y una de las secuencias arqueológicas más interesantes de todo Liechtenstein.
Schaan creció, desde la Alta Edad Media, en torno a dos polos, y esa dualidad todavía se percibe en su trazado. El más antiguo es el Obergass, en la parte alta, junto al antiguo fuerte romano, con la iglesia de San Pedro como centro espiritual. El segundo es la Specki, donde con el tiempo se levantaría la iglesia parroquial de San Lorenzo. Esta estructura de dos núcleos refleja las distintas oleadas de poblamiento y el modo en que el asentamiento fue expandiéndose por el valle.
Durante la Edad Media, Schaan quedó integrado en el condado de Vaduz, el pequeño territorio feudal que, junto al señorío de Schellenberg, acabaría formando el futuro principado. La vida era la de una comunidad campesina alpina: agricultura, ganadería, viñedos en las laderas soleadas y una existencia dura y austera, marcada por las crecidas del Rin, que durante siglos inundó las tierras bajas del valle y condicionó dónde y cómo se podía vivir. El encauzamiento del río, ya en época moderna, sería una de las grandes obras que transformaron la región.
Como el resto del valle, Schaan pasó por las manos de las sucesivas familias nobles que gobernaron Vaduz —los Werdenberg, los Brandis, los Sulz, los Hohenems— hasta que, en 1712, la casa de Liechtenstein compró el condado. Con la creación del principado en 1719, Schaan se convirtió en uno de sus municipios, una condición que conserva hasta hoy, ya como el más poblado de todos.
La gran transformación de Schaan, como la de todo Liechtenstein, llegó en el siglo XX. Hasta entonces había sido un pueblo agrícola pobre, del que muchos vecinos emigraban en busca de trabajo. Pero cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, el principado se industrializó y se convirtió en una potencia económica en miniatura, fue Schaan quien concentró buena parte de ese impulso, gracias a su terreno llano, su posición central y sus buenas comunicaciones.
En 1941, dos hermanos, Martin y Eugen Hilti, fundaron en Schaan un pequeño taller mecánico. De aquella empresa familiar nacería Hilti, hoy una multinacional líder mundial en herramientas y sistemas para la construcción, con decenas de miles de empleados en todo el planeta y su sede central todavía en Schaan. El caso de Hilti resume la asombrosa historia económica del país: cómo, desde un pueblo minúsculo del valle del Rin, pudo surgir una compañía global. Alrededor de esa y otras industrias, Schaan atrajo trabajadores, creció en población y en 1989 se convirtió en el municipio más poblado del principado.
Hoy Schaan combina esa alma industrial y de servicios con una vida cultural notable —tiene la mayor sala de eventos del país, el SAL— y con la conservación de su patrimonio antiguo, señalizado en un sendero cultural que recorre el fuerte romano y las iglesias históricas. Es un pueblo que no vive del turismo, sino del trabajo, y que ofrece al viajero curioso algo distinto: la posibilidad de ver el Liechtenstein real, el que produce, transporta y sostiene la prosperidad que en Vaduz se muestra en forma de museos y castillo. Ese contraste entre el pasado campesino y el presente industrial se palpa apenas se camina unos metros: de la iglesia de San Pedro y los muros romanos del Obergass, en la parte alta, se baja en minutos a las naves industriales, las oficinas y las paradas de bus del valle, como si el pueblo resumiera en una sola cuesta veinte siglos de historia. Debajo de sus fábricas y sus buses sigue latiendo el mismo cruce de caminos que atrajo a los romanos hace dos mil años.