Mucho antes de que existiera una sola calle de Sapporo, la gran isla del norte que hoy llamamos Hokkaido era el hogar de un pueblo con una cultura completamente distinta de la del resto de Japón: los ainu. De rasgos, lengua, religión y costumbres propios, los ainu habitaban desde hacía milenios Hokkaido, las islas Kuriles y Sajalín, viviendo de la caza, la pesca —especialmente del salmón— y la recolección, en profunda conexión con la naturaleza, a la que consideraban habitada por espíritus (kamuy). El oso, en particular, ocupaba un lugar central en su cosmovisión y sus rituales.
El propio nombre 'Sapporo' es un testimonio de esa presencia: deriva de una expresión de la lengua ainu que suele interpretarse como 'río grande y seco' o 'río que corre por una llanura', en referencia a los cauces de la zona. De hecho, buena parte de los topónimos de Hokkaido tienen origen ainu, un mapa lingüístico de sus antiguos habitantes que sobrevive bajo los nombres japoneses actuales.
Durante siglos, el Japón central mantuvo con la isla —a la que llamaba Ezo— una relación de frontera lejana: había contactos comerciales, a veces tensos, a través del dominio feudal de Matsumae, en el extremo sur, pero el grueso del territorio permanecía fuera del control japonés y en manos ainu. Esa situación, que se había mantenido durante generaciones, se rompería de golpe en el siglo XIX, cuando el nuevo Japón moderno puso los ojos en el norte.
La transformación de Hokkaido y el nacimiento de Sapporo fueron consecuencia directa de la Restauración Meiji de 1868, la revolución que modernizó Japón a marchas forzadas. El nuevo gobierno miraba con inquietud hacia el norte por dos razones: temía la expansión del Imperio ruso, que avanzaba por el este de Asia y podía disputar la isla, y ansiaba los recursos naturales de aquel vasto territorio poco explotado —tierras de cultivo, bosques, minas, pesca—. La respuesta fue una decisión histórica: colonizar y desarrollar Hokkaido de forma planificada y acelerada.
En 1869, el territorio pasó a llamarse oficialmente Hokkaido ('circuito del mar del norte') y se creó una Comisión de Desarrollo, la Kaitakushi, encargada de organizar la colonización. Esa comisión eligió un punto en la gran llanura de Ishikari para levantar la capital administrativa de la isla: Sapporo. La ciudad se diseñó desde cero, sobre el papel, con un trazado en cuadrícula regular de calles anchas orientadas a los puntos cardinales, con el parque Odori como eje central, un urbanismo racional y moderno que contrastaba con el crecimiento orgánico de las viejas ciudades japonesas.
Para desarrollar aquella tierra de frontera, el gobierno japonés hizo algo insólito: contrató a decenas de asesores extranjeros, muchos de ellos estadounidenses, que traían experiencia en colonizar territorios de clima frío como el Medio Oeste y Nueva Inglaterra. Ellos introdujeron técnicas agrícolas, cultivos y ganado occidentales, trazados urbanos, arquitectura de madera y ladrillo de estilo americano —de ahí edificios como la Torre del Reloj o el palacio de ladrillo rojo del gobierno— e incluso la producción de cerveza, que arraigó tan bien que la Sapporo Beer, nacida en 1876, es hoy la más antigua de Japón. En pocas décadas, una llanura casi despoblada se convirtió en una ciudad moderna y en el motor de la nueva Hokkaido.
El rápido desarrollo de Hokkaido y el crecimiento de Sapporo tuvieron una contracara dolorosa: la marginación y la represión del pueblo ainu, cuyo territorio ancestral fue ocupado y transformado sin su consentimiento. A medida que llegaban colonos japoneses y las tierras se repartían para la agricultura, los ainu fueron desplazados de sus zonas de caza y pesca, y su forma de vida tradicional se volvió inviable.
El nuevo Estado aplicó, además, una política de asimilación forzada. Se prohibieron o desalentaron prácticas culturales ainu como los tatuajes tradicionales de las mujeres, ciertos ritos y la caza en sus formas ancestrales; se impuso el idioma japonés y la adopción de nombres japoneses. Una ley de finales del siglo XIX, con el eufemístico nombre de ley de 'protección' de los aborígenes, terminó de someter a los ainu a la tutela del Estado y de acelerar la pérdida de su lengua y sus tradiciones, tratándolos como un pueblo a 'civilizar' más que como una cultura a respetar. Durante generaciones, ser ainu fue motivo de discriminación, y muchos ocultaron su origen.
Ese proceso empobreció enormemente el patrimonio cultural de los ainu y estuvo a punto de borrar su lengua. Solo en las últimas décadas ha habido un giro: en 1997 se aprobó una ley de promoción de la cultura ainu, en 2008 el Parlamento japonés reconoció formalmente a los ainu como pueblo indígena, y en 2019 una nueva ley reforzó ese reconocimiento. En 2020 se inauguró Upopoy, el Museo y Parque Nacional de la Cultura Ainu, en Shiraoi, cerca de Sapporo, como símbolo del esfuerzo por recuperar y honrar una cultura que la colonización de la que nació la propia Sapporo había estado a punto de aniquilar. Contar la historia de Sapporo sin este capítulo sería contarla a medias.
A lo largo del siglo XX, Sapporo creció sin pausa hasta convertirse en una gran metrópoli y en el indiscutible centro económico, administrativo y cultural de Hokkaido. Su población se multiplicó, se tendieron ferrocarriles, se desarrollaron la industria y el comercio, y la ciudad planificada del siglo XIX se llenó de avenidas, edificios y barrios. El invierno, lejos de ser un obstáculo, se convirtió en parte de su identidad: en 1950, un grupo de estudiantes levantó unas estatuas de nieve en el parque Odori, y de aquella ocurrencia nació el Festival de la Nieve, que con los años se transformó en uno de los mayores eventos de invierno del mundo.
El gran salto a la escena internacional llegó en 1972, cuando Sapporo acogió los Juegos Olímpicos de Invierno, los primeros celebrados en Asia. Para la ciudad y para todo Japón fue un acontecimiento decisivo: motivó la construcción del metro, de infraestructuras deportivas y de comunicaciones, aceleró la modernización urbana y presentó al mundo una Sapporo dinámica y capaz, en la estela de los Juegos de verano de Tokio de 1964. Aquellas Olimpiadas consolidaron la vocación invernal de la ciudad y de Hokkaido como destino de nieve y deportes.
Desde entonces, Sapporo se ha afianzado como una de las grandes ciudades de Japón y como la puerta de entrada a la naturaleza espectacular de Hokkaido, cada vez más popular entre viajeros de todo el mundo. La cercana Niseko se ha vuelto célebre por tener una de las mejores nieves polvo del planeta, atrayendo a esquiadores internacionales, y el turismo gastronómico y natural de la isla no deja de crecer.
El Sapporo de hoy es una ciudad de casi 1,9 millones de habitantes, la quinta de Japón, y una de las más agradables y vivibles del país. Su trazado ordenado en cuadrícula, sus calles anchas, sus amplios espacios verdes y sus galerías subterráneas que permiten moverse sin salir al frío la convierten en una urbe cómoda y espaciosa, muy distinta de la densidad agobiante de otras grandes ciudades japonesas. Es una ciudad joven, sin templos milenarios ni castillos, pero con una personalidad propia forjada por su historia de frontera, su clima extremo y su mezcla de influencias.
Sapporo brilla en dos frentes que la han hecho famosa dentro y fuera de Japón. Uno es el invierno: el Festival de la Nieve reúne cada febrero a millones de visitantes ante sus esculturas de hielo colosales, y la ciudad es la base para acceder a algunas de las mejores estaciones de esquí del mundo. El otro es la gastronomía: el ramen de miso nacido aquí, el marisco incomparable de los mares de Hokkaido, el jingisukan de cordero, la soup curry, la cerveza Sapporo y los lácteos y dulces de la isla hacen de la ciudad un destino de peregrinación para los amantes de la buena mesa.
Por encima de todo, Sapporo es la llave de Hokkaido, esa gran isla de volcanes, lagos, campos de flores, onsen humeantes, bosques y fauna salvaje que representa el lado más natural y salvaje de Japón. La ciudad afronta también, con creciente conciencia, la tarea de honrar la memoria del pueblo ainu, cuya tierra ocupa y cuyo nombre lleva. Visitar Sapporo es asomarse a un Japón distinto: más nuevo, más abierto, más frío y más ligado a la naturaleza, donde una ciudad planificada hace siglo y medio se ha convertido en una de las más queridas del país, y donde, bajo cada nombre y cada calle, late todavía el eco de la vieja tierra de los ainu.