Mucho antes de llamarse Osaka, la ciudad era Naniwa, y su historia se confunde con los orígenes mismos del Estado japonés. Situada en la desembocadura del río Yodo, en un punto estratégico donde el mar interior de Seto se abre hacia el continente, Naniwa fue durante siglos el gran puerto por el que Japón se asomaba al mundo. Por aquí entraban los barcos de Corea y China cargados de novedades que cambiarían el país para siempre: la escritura, el arte, las técnicas agrícolas, la organización del Estado y, sobre todo, el budismo.
En el siglo V y VI, la zona fue centro del poder de los soberanos Yamato, y en varias ocasiones la corte imperial estableció allí su capital. En el año 645, el emperador Kotoku trasladó su corte al palacio de Naniwa-Nagara-Toyosaki, y desde allí se promulgaron las reformas Taika, que sentaron las bases de un Estado centralizado al estilo chino. Naniwa era, en aquel Japón antiguo, la ciudad más cosmopolita y conectada del archipiélago.
De aquella época nace también uno de los templos más antiguos del país: el Shitenno-ji, fundado según la tradición en el año 593 por el príncipe Shotoku, la gran figura que impulsó la adopción del budismo en Japón. Aunque reconstruido muchas veces, sigue en pie en el corazón de la ciudad, un recordatorio de que Osaka fue, desde el principio, un lugar de encuentro entre Japón y el mundo.
El gran salto de Osaka a la historia llegó a finales del siglo XVI, de la mano de una de las figuras más extraordinarias de Japón: Toyotomi Hideyoshi. Nacido campesino, Hideyoshi ascendió por su talento militar y político hasta convertirse en el segundo de los tres unificadores que pusieron fin al caos de las guerras civiles del Sengoku. Cuando quedó al mando del país, eligió Osaka —no Kioto ni ninguna otra ciudad— para construir el símbolo de su poder.
En 1583, sobre el emplazamiento de un antiguo templo-fortaleza budista, Hideyoshi mandó levantar el castillo de Osaka, concebido para ser el más grande y magnífico de todo Japón: una torre imponente cubierta de detalles dorados, rodeada de fosos anchísimos y de murallas construidas con bloques de piedra ciclópeos, algunos de decenas de toneladas, transportados desde islas lejanas. A los pies del castillo creció una ciudad de comerciantes y artesanos que Hideyoshi favoreció deliberadamente, convirtiendo a Osaka en el gran centro económico del país.
El esplendor de los Toyotomi fue, sin embargo, breve. Tras la muerte de Hideyoshi, Tokugawa Ieyasu se hizo con el poder, y en 1614-1615 asedió y destruyó el castillo de Osaka en las campañas conocidas como el sitio de Osaka, aniquilando a los últimos partidarios de los Toyotomi. Los Tokugawa reconstruyeron el castillo, pero trasladaron el poder político a Edo (Tokio). Osaka perdía la corona política, pero estaba a punto de ganar otra: la de capital económica de Japón.
Durante los dos siglos y medio de paz del período Edo (1603-1868), Osaka se reinventó y encontró su verdadera vocación: el comercio. Bajo el gobierno de los Tokugawa, la ciudad se convirtió en el gran centro logístico y financiero de Japón, apodada 'la cocina de la nación' (tenka no daidokoro). A sus almacenes junto a los canales llegaba el arroz de todo el país —que era la base de la economía y hasta de los impuestos— para ser almacenado, negociado y redistribuido. En Dojima, Osaka albergó lo que muchos consideran uno de los primeros mercados de futuros del mundo, donde se comerciaba con el precio del arroz por adelantado.
A diferencia de Edo, dominada por los samuráis, y de Kioto, dominada por la corte, Osaka era una ciudad de comerciantes (chonin). Esa burguesía urbana, próspera y práctica, desarrolló una cultura propia, alegre y desprejuiciada, muy distinta de la solemnidad aristocrática o militar: el teatro de marionetas bunraku alcanzó aquí su máxima expresión con el dramaturgo Chikamatsu Monzaemon, y florecieron el kabuki, el humor y una gastronomía popular que es el antepasado directo de la comida callejera que hoy hace famosa a la ciudad.
De aquella Osaka mercantil viene el carácter que los japoneses todavía atribuyen a sus habitantes: directos, prácticos, buenos para los negocios, obsesionados con la buena comida a buen precio y con un sentido del humor afilado. El saludo típico de Osaka no es '¿cómo estás?' sino '¿estás ganando dinero?' (mokarimakka), una broma que resume siglos de identidad comercial.
Con la Restauración Meiji de 1868 y la apertura de Japón al mundo, Osaka volvió a transformarse, esta vez en una potencia industrial. Su tradición mercantil y su puerto la convirtieron en el motor de la industrialización del oeste de Japón: fábricas textiles, siderúrgicas y químicas se multiplicaron hasta el punto de ganarse el apodo de 'la Mánchester de Oriente' por sus chimeneas humeantes. A principios del siglo XX, Osaka llegó a ser la ciudad más poblada de Japón, superando por un tiempo a Tokio, y su población desbordó los límites en un crecimiento vertiginoso. En 1912 se inauguró Shinsekai, un barrio de ocio inspirado en París y Nueva York, con su torre Tsutenkaku, símbolo de la modernidad optimista de la época.
Ese impulso se estrelló contra la Segunda Guerra Mundial. Como gran centro industrial y portuario, Osaka fue un objetivo prioritario de los bombardeos estadounidenses. En una serie de ataques aéreos entre 1945 y el final de la guerra, buena parte de la ciudad quedó arrasada y decenas de miles de personas murieron. La torre Tsutenkaku original fue desmantelada durante la guerra. Como tantas ciudades japonesas, Osaka terminó el conflicto reducida a escombros.
La recuperación de posguerra fue tan rápida como la del resto del país. Osaka se reconstruyó, reindustrializó y volvió a crecer. La torre Tsutenkaku se levantó de nuevo en 1956, más alta y luminosa, como emblema del renacer. Y el gran momento simbólico llegó en 1970, cuando Osaka acogió la Exposición Universal (Expo '70), la primera celebrada en Asia: un escaparate del Japón moderno y tecnológico que confirmó a la ciudad como una de las grandes metrópolis del país. Medio siglo después, en 2025, Osaka volvió a ser sede de una Exposición Universal.
El Osaka de hoy es la tercera ciudad de Japón y el corazón de una de las mayores áreas metropolitanas del mundo, con cerca de 19 millones de personas en el conjunto del Kansai. Es un gran centro económico, sede de empresas globales como Panasonic o Sharp, y un nudo de transporte que conecta con todo el país. Pero lo que la hace inconfundible no es su economía, sino su carácter: Osaka es, para los propios japoneses, la ciudad más cálida, franca, ruidosa y divertida del país, la cuna de su comedia y su contracara al reservado formalismo de Tokio.
Esa identidad se vive sobre todo en la mesa y en la calle. La vieja vocación de 'cocina de la nación' se transformó en una cultura gastronómica popular sin igual: el takoyaki, el okonomiyaki y el kushikatsu nacieron o se popularizaron aquí, y comer bien y barato es casi una religión local, resumida en la palabra kuidaore. Barrios como Dotonbori, con sus carteles de neón desmesurados, o Shinsekai, con su encanto retro, condensan ese espíritu exuberante y sin complejos.
A la vez, Osaka mira al futuro: renovó su frente marítimo, sumó atracciones como Universal Studios Japan y volvió a ser vitrina mundial con la Expo 2025 en la isla artificial de Yumeshima. Caminar hoy por Osaka es recorrer las capas de esa historia: la puerta antigua por la que entró el budismo a Japón, el castillo del unificador que soñó con dominar el país, la ciudad de mercaderes que inventó su propia cultura alegre, la potencia industrial que renació de las cenizas. Todo ello envuelto en un ambiente en el que un desconocido puede terminar invitándote a probar su comida favorita. Si Kioto se contempla y Tokio se admira, Osaka, sencillamente, se disfruta.