Mucho antes de que aquí se enterrara a ningún shogun, Nikko ya era tierra sagrada. Las montañas que dominan la zona —encabezadas por el volcán Nantai— eran objeto de veneración desde tiempos remotos, como tantos montes en Japón, donde el sintoísmo antiguo veía en la naturaleza, en las cumbres y en los ríos la morada de los dioses (kami). Ese carácter sagrado atrajo a los primeros ascetas budistas de montaña.
La tradición sitúa la fundación del lugar en el año 766, cuando el monje budista Shodo Shonin llegó a la región buscando un sitio para la práctica ascética. Según la leyenda, al intentar cruzar el turbulento río Daiya para acceder a las montañas, se le aparecieron dos serpientes divinas que, entrelazándose, formaron un puente por el que pudo pasar: ese es el origen mítico del Shinkyo, el puente sagrado lacado de rojo que hoy sigue siendo una de las imágenes icónicas de Nikko. Shodo fundó los primeros templos y consagró el monte Nantai, estableciendo Nikko como centro de culto donde se fundían budismo y adoración sintoísta a la montaña.
Durante los siglos siguientes, Nikko fue un importante centro religioso de montaña, con templos, ermitas y peregrinos, aunque todavía lejos de la fama nacional que alcanzaría más tarde. Su nombre, escrito con los caracteres de 'luz del sol', y su entorno de bosques de cedros, cascadas y cumbres, reforzaban esa aura de lugar donde lo humano se acerca a lo divino.
El destino de Nikko cambió para siempre por la voluntad de un hombre: Tokugawa Ieyasu, uno de los tres grandes unificadores de Japón. Tras la decisiva batalla de Sekigahara en 1600 y su nombramiento como shogun en 1603, Ieyasu fundó el shogunato Tokugawa, que gobernaría Japón durante más de dos siglos y medio de paz desde Edo (la actual Tokio). Cuando murió, en 1616, dejó instrucciones de que, tras un primer entierro provisional, sus restos fueran trasladados a Nikko y allí fuera venerado como una deidad protectora del país.
Así fue: Ieyasu fue deificado con el nombre de 'Tosho Daigongen' ('la gran encarnación que ilumina el este') y consagrado en el santuario Tosho-gu de Nikko. Pero el conjunto que hoy deslumbra a los visitantes no es obra suya, sino de su nieto, el tercer shogun Tokugawa Iemitsu, que profesaba una admiración inmensa por su abuelo. Entre 1634 y 1636, Iemitsu ordenó reconstruir y ampliar el santuario a una escala fastuosa, movilizando a decenas de miles de artesanos —carpinteros, talladores, laqueadores, doradores— y una enorme fortuna.
El resultado rompió con toda la tradición de sobriedad del arte religioso japonés: edificios cubiertos de tallas policromadas, pan de oro, dragones, animales reales y fantásticos, y detalles célebres como los tres monos sabios ('no ver, no oír, no hablar el mal') y el delicado 'gato dormido'. La puerta Yomeimon, con sus cientos de esculturas doradas, se ganó el apodo de 'la puerta del crepúsculo', porque uno podía contemplarla el día entero. El Tosho-gu se convirtió en la máxima expresión del poder y el prestigio de los Tokugawa.
Durante los más de dos siglos y medio del período Edo (1603-1868), Nikko fue mucho más que un santuario: fue un símbolo central del régimen Tokugawa y uno de los grandes lugares de peregrinación de Japón. El culto al deificado Ieyasu convirtió al Tosho-gu en un punto de devoción obligada, y los sucesivos shogunes rendían homenaje a su ancestro con visitas solemnes y costosísimas comitivas que recorrían la ruta desde Edo, el llamado 'Nikko Kaido'.
Para facilitar y engalanar esa peregrinación se plantó, a lo largo de decenas de kilómetros de camino hacia Nikko, una monumental avenida de cedros (el Nikko Sugi Namiki), donada por un vasallo que, no pudiendo ofrecer tesoros como otros señores, regaló miles de árboles. Buena parte de esa avenida —considerada la más larga del mundo bordeada de árboles— todavía sobrevive, y algunos de aquellos cedros centenarios rodean hoy los santuarios, dándoles su característico ambiente umbrío y solemne.
El propio Iemitsu, el nieto que había levantado el Tosho-gu, quiso ser enterrado en Nikko junto a su venerado abuelo, aunque con la humildad de que su mausoleo no lo superara en esplendor: así nació el elegante mausoleo de Taiyuin. Al lado del budista Rinno-ji y del sintoísta Futarasan, el conjunto de Nikko se consolidó como una extraordinaria fusión de arquitectura religiosa, arte y naturaleza, expresión del Japón de los shogunes.
Con la Restauración Meiji de 1868 y el fin del shogunato, el mundo que había hecho de Nikko un símbolo del poder Tokugawa se desvaneció. El nuevo gobierno impulsó además una política de separación entre budismo y sintoísmo (el 'shinbutsu bunri'), que obligó a reorganizar los recintos religiosos de Nikko, hasta entonces un complejo entrelazado de templos budistas y santuarios sintoístas. Los edificios, sin embargo, se conservaron.
En las décadas siguientes, Nikko vivió una transformación inesperada: se convirtió en uno de los primeros grandes destinos turísticos de Japón, tanto para japoneses como para los extranjeros que empezaban a llegar al país. Su clima fresco de montaña, sus paisajes y sus santuarios atrajeron a diplomáticos y residentes occidentales, que hicieron del lago Chuzenji y sus alrededores un lugar de veraneo de moda; varias embajadas tuvieron allí sus villas de verano. En 1873 abrió el histórico Nikko Kanaya Hotel, uno de los hoteles de estilo occidental más antiguos del país, que alojó a personalidades ilustres.
El reconocimiento del valor natural de la zona llevó, en 1934, a la creación del Parque Nacional de Nikko, que protege las montañas, el lago Chuzenji, las cascadas de Kegon y los bosques circundantes. La combinación de patrimonio religioso y naturaleza espectacular quedaba así consagrada como uno de los grandes tesoros del país.
En 1999, la Unesco inscribió en la lista de Patrimonio de la Humanidad los 'Santuarios y templos de Nikko', un conjunto que reúne el santuario Tosho-gu, el santuario Futarasan y el templo Rinno-ji, con sus más de un centenar de edificios religiosos integrados en un excepcional entorno natural de montañas y cedros centenarios. El comité destacó tanto el valor artístico y arquitectónico del conjunto —cumbre del arte de la época Edo— como la armonía única entre las construcciones y el paisaje sagrado que las rodea.
Hoy Nikko es uno de los destinos de excursión más populares desde Tokio, a un par de horas en tren. Cada año, millones de visitantes recorren el mausoleo dorado de Ieyasu, contemplan a los tres monos y al gato dormido, cruzan (o fotografían) el puente rojo del Shinkyo y suben a la montaña por las curvas de la Irohazaka para ver el lago Chuzenji y la imponente cascada de Kegon. El otoño, con su follaje rojo y dorado, atrae multitudes que buscan uno de los espectáculos de color más famosos del país.
Más allá de los íconos, Nikko conserva rincones de calma —el abismo de Kanmangafuchi con sus jizo cubiertos de musgo, los senderos del humedal de Senjogahara, las aguas termales de Yumoto— que recuerdan que, antes que un destino turístico, esto fue durante más de mil años una montaña sagrada. Esa doble condición, la de santuario de los shogunes y la de tierra venerada por los antiguos ascetas, es lo que da a Nikko su fuerza singular: un lugar donde el esplendor del poder humano y la grandeza de la naturaleza se dan la mano bajo la 'luz del sol' que lleva en el nombre.