En el año 710, la emperatriz Genmei tomó una decisión fundacional: fijar por primera vez una capital estable para Japón. Hasta entonces, cada nuevo soberano solía trasladar la corte a un lugar distinto, en parte por creencias sintoístas sobre la impureza de la muerte. Genmei rompió esa costumbre y fundó Heijo-kyo, la ciudad que hoy conocemos como Nara, en una llanura fértil del valle de Yamato, el corazón mítico del Estado japonés. Nacía la primera capital permanente del país y con ella el período Nara (710-784), una de las épocas más decisivas de la historia japonesa.
Heijo-kyo se trazó siguiendo un plan riguroso, calcado de la deslumbrante capital china de Chang'an, entonces la mayor ciudad del mundo: una cuadrícula perfecta de avenidas anchas orientadas a los puntos cardinales, con el palacio imperial al norte y una gran avenida central que lo unía con la puerta sur. Llegó a tener cerca de 100.000 habitantes, una cifra enorme para la época. Todo en aquella ciudad hablaba de la ambición de un joven Estado que quería equipararse a las grandes civilizaciones del continente.
Fue un siglo de intensísima adopción de la cultura china y coreana: la escritura, el sistema de leyes y de gobierno centralizado (el sistema ritsuryo), las artes, la medicina, la moneda. En Nara se compilaron las dos obras que fijaron los mitos fundacionales y la historia de Japón, el Kojiki (712) y el Nihon Shoki (720), y florecieron la poesía —con la gran antología del Man'yoshu— y una escultura budista de una calidad que aún hoy asombra. Nara fue, en definitiva, el crisol donde se forjó la civilización japonesa.
El acontecimiento que definió a la Nara del siglo VIII fue la conversión del budismo en religión de Estado y la construcción de su monumento culminante: el Gran Buda del Todai-ji. Corría una época turbulenta, marcada por epidemias devastadoras —una gran epidemia de viruela hacia 735-737 mató quizá a una cuarta parte de la población— y por rebeliones. El emperador Shomu, profundamente budista, creyó que la protección de Buda podía traer paz y estabilidad al reino, y decidió emprender una obra colosal como acto de fe y de poder.
En el año 743 promulgó un edicto para fundir una gran estatua de bronce del Buda Vairocana, el Buda cósmico. El proyecto fue una empresa de proporciones nacionales: se calcula que participaron cientos de miles de personas y que consumió una parte enorme del bronce disponible en el país. La estatua, de casi 15 metros de altura, se terminó y consagró en una ceremonia solemne en el año 752, a la que asistieron dignatarios de toda Asia; el monje que 'abrió los ojos' del Buda pintándole las pupilas era indio, una muestra de lo cosmopolita que era aquella corte. Para alojarla se levantó el Daibutsuden, uno de los mayores edificios de madera del mundo.
Aquel esfuerzo tuvo un doble filo. El budismo dio a Nara templos magníficos, un arte sublime y un prestigio internacional, pero también hizo enormemente poderosos a los monasterios y al clero, que empezaron a interferir en los asuntos de la corte. Un episodio célebre fue el del monje Dokyo, que llegó a acumular tanto poder junto a la emperatriz que estuvo cerca de hacerse con el trono. Ese creciente poder clerical sería, precisamente, la causa del fin de Nara como capital.
En el año 784, apenas 74 años después de su fundación, la corte abandonó Nara. El emperador Kanmu trasladó la capital primero a Nagaoka-kyo y, en 794, a Heian-kyo, la actual Kioto, que sería la sede imperial durante más de mil años. Entre los motivos del traslado pesaron el deseo de escapar del asfixiante poder de los monasterios budistas de Nara, razones geográficas y estratégicas, y quizá la voluntad de empezar de cero en un lugar 'puro'. Para Nara, perder la capitalidad fue un golpe del que la ciudad, en términos de poder, no volvería a recuperarse.
Pero, como ocurriría siglos más tarde con Kioto, aquel declive relativo tuvo una consecuencia inesperada y afortunada: al quedar apartada del centro del poder y de las grandes transformaciones, Nara conservó su patrimonio antiguo mucho mejor que si hubiera seguido creciendo y renovándose. Sus grandes templos —Todai-ji, Kofuku-ji, el santuario Kasuga— siguieron activos como centros religiosos, sostenidos por su prestigio y sus peregrinos, aunque la ciudad menguara.
No todo se conservó intacto. A lo largo de los siglos, guerras e incendios dañaron gravemente los monumentos: durante las guerras Genpei, en 1180, el clan Taira incendió Nara y arrasó buena parte del Todai-ji y el Kofuku-ji, incluido el Gran Buda, que hubo que refundir y reparar. El salón del Gran Buda volvió a arder en el siglo XVI y se reconstruyó a comienzos del XVIII en la versión que vemos hoy, algo más pequeña que la original. Aun así, entre reconstrucción y reconstrucción, Nara logró transmitir hasta nuestros días un conjunto de tesoros del siglo VIII sin parangón en Asia oriental.
Ninguna historia de Nara está completa sin sus ciervos, que no son un añadido turístico moderno sino parte del alma sagrada de la ciudad desde hace más de mil doscientos años. La leyenda se remonta a la fundación del santuario Kasuga, en el año 768: se cuenta que uno de los dioses tutelares del santuario, Takemikazuchi, llegó a Nara desde una lejana provincia montado sobre un ciervo blanco. Desde entonces, los ciervos que habitan la zona fueron considerados mensajeros de los dioses, animales sagrados a los que estaba terminantemente prohibido dañar o matar.
Durante siglos, esa prohibición se aplicó con severidad extrema: matar a un ciervo de Nara podía castigarse con la muerte. Hay relatos, más o menos legendarios, de castigos ejemplares, y una vieja costumbre local contaba que los vecinos madrugaban para asegurarse de que no había ningún ciervo muerto frente a su puerta, porque podían ser culpados. Esa protección casi religiosa permitió que la población de ciervos sobreviviera y prosperara en pleno entorno urbano, algo insólito en el mundo.
Hoy, los más de mil doscientos ciervos sika de Nara están protegidos como 'tesoro natural nacional' de Japón. Ya no se los considera literalmente divinos, pero siguen siendo el símbolo más querido de la ciudad y conviven con los habitantes y los millones de visitantes con una naturalidad asombrosa: cruzan calles, se echan a la sombra de los templos y han aprendido a inclinarse pidiendo galletas. Esa estampa —un ciervo paseando tranquilo ante un templo de mil trescientos años— resume como ninguna la mezcla de historia, espiritualidad y encanto que hace única a Nara.
El Nara de hoy es una ciudad tranquila de unos 350.000 habitantes que vive, en buena medida, de y para su extraordinario patrimonio. En 1998, ocho de sus monumentos —los templos Todai-ji, Kofuku-ji, Yakushi-ji, Toshodai-ji, el santuario Kasuga, el bosque primigenio de Kasugayama, el palacio de Heijo y el santuario y templo asociados— fueron inscritos en conjunto en la lista del Patrimonio de la Humanidad de la Unesco bajo el nombre de 'Monumentos históricos de la antigua Nara'. A ellos se suma el vecino Horyu-ji, con los edificios de madera más antiguos del mundo, inscrito por separado en 1993.
A diferencia de sus grandes vecinas Kioto y Osaka, Nara ha sabido mantener una escala humana y un ritmo pausado que forman parte de su encanto. La ciudad recibe cada año a millones de visitantes, la mayoría en excursiones de un día desde Kioto u Osaka, atraídos por la combinación única de arte antiquísimo, espiritualidad y la presencia entrañable de los ciervos. Barrios como Naramachi conservan el ambiente de la vieja ciudad de comerciantes, con casas de madera reconvertidas en cafés y talleres.
Visitar Nara es, en el fondo, volver al origen. Aquí se fundó la primera capital estable, aquí el budismo se hizo religión de Estado, aquí se escribieron las primeras crónicas y se fundió el mayor Buda del país, y aquí se forjó buena parte de lo que significa ser japonés. Caminar entre sus templos milenarios, con un ciervo cruzándose en el camino y el bosque sagrado al fondo, es asomarse a las raíces de una de las grandes civilizaciones del mundo. Nara no impresiona por su tamaño ni por su bullicio, sino por algo más profundo: la sensación de estar pisando el lugar donde todo empezó.