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Historia de Miyajima (Itsukushima)

La isla de los dioses: por qué el santuario se construyó sobre el mar

Para entender Miyajima hay que empezar por una idea que lo explica casi todo: la isla entera es sagrada. Mucho antes de que se construyera el primer santuario, los habitantes de la zona veneraban la isla de Itsukushima como morada de los dioses, un lugar demasiado santo para ser pisado con ligereza. Su montaña, el Misen, sus bosques y sus rocas eran objeto de culto, en la creencia sintoísta de que las divinidades (kami) habitan la naturaleza. Esa sacralidad era tan estricta que durante siglos rigieron tabúes extraordinarios: no se podía talar los árboles del bosque sagrado, y estaba prohibido que alguien naciera o muriera en la isla, por considerarse la vida y la muerte fuentes de impureza ritual. Las mujeres embarazadas y los ancianos enfermos debían cruzar a tierra firme, y ni siquiera había cementerios en la isla.

De esa concepción nace el rasgo más singular de Miyajima: su santuario construido sobre el agua. Como no se podía edificar sobre el suelo sagrado sin profanarlo, la solución fue levantar el santuario de Itsukushima en la franja intermareal, sobre pilares en la zona que el mar cubre y descubre con las mareas. Así, el templo no está del todo en tierra ni del todo en el mar, sino en un umbral entre ambos mundos, flotando literalmente entre lo humano y lo divino. El gran torii plantado en el agua marcaba la entrada 'por el mar' al recinto sagrado: los peregrinos llegaban en barca y pasaban bajo él antes de acercarse al santuario, en un gesto de purificación.

Según la tradición, el santuario se fundó en el año 593, dedicado a tres diosas hijas del dios de las tormentas Susanoo, protectoras de los mares y la navegación, muy adecuadas para una isla del mar interior de Seto. Aquella devoción antigua sentó las bases de lo que, siglos después, se convertiría en uno de los lugares más venerados y hermosos de Japón.

Los tabúes de pureza de Itsukushima
La consideración de Itsukushima como isla sagrada explica las prohibiciones históricas de nacer y morir en ella, así como la ausencia de cementerios y la protección del bosque. La construcción del santuario sobre pilares en la zona intermareal se interpreta como una forma de honrar esa sacralidad sin edificar directamente sobre el suelo santo. Estas creencias, propias del sintoísmo, dan a Miyajima su carácter único entre los santuarios japoneses.
Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Itsukushima_Shrine
Wikipedia (ES) — «Santuario de Itsukushima»: https://es.wikiWikipedia (EN) — «Itsukushima»: https://en.wikipedia.org/wikWikipedia (EN) — «Itsukushima Shrine»: https://en.wikipedia.

Taira no Kiyomori y el esplendor del santuario

El santuario que hoy admiramos, con sus pabellones bermellón unidos por pasarelas sobre el mar, se lo debemos en gran medida a un solo hombre: Taira no Kiyomori, uno de los personajes más poderosos del Japón del siglo XII. Kiyomori era el líder del clan Taira, una familia de guerreros que, a mediados de ese siglo, alcanzó un poder político sin precedentes: llegó a controlar la corte imperial y a gobernar de hecho el país, en el ocaso de la era aristocrática. Kiyomori sentía una devoción especial por las diosas de Itsukushima, a las que atribuía su fortuna, y decidió convertir su santuario en el templo tutelar de su clan y en una obra a la altura de su gloria.

Hacia 1168, Kiyomori financió una gran reconstrucción y ampliación del santuario, dándole su forma actual: un elegante conjunto de pabellones en el refinado estilo arquitectónico de la aristocracia de la época (el estilo shinden de las mansiones nobles), extendido sobre el mar mediante largas galerías. Bajo su patrocinio, Itsukushima se convirtió en un centro religioso de primer orden, receptor de tesoros y donaciones, entre ellos unos magníficos rollos de sutras decorados que se conservan como Tesoros Nacionales. El santuario reflejaba, en su belleza sofisticada, el mundo cortesano y estético que los Taira encarnaban.

El esplendor de los Taira fue, como el de tantos, efímero. Pocos años después de la muerte de Kiyomori, su clan fue aniquilado por los Minamoto en las guerras Genpei (1180-1185), que dieron paso a la era de los shogunes. Pero el santuario que Kiyomori había engrandecido sobrevivió a la caída de su clan, y siguió siendo venerado y sostenido por los poderosos que vinieron después. Su forma, fijada en el siglo XII, ha llegado hasta nosotros a través de sucesivas reconstrucciones fieles al diseño original, pues los edificios de madera sobre el mar han sufrido incendios, tifones y el desgaste constante de las mareas.

El estilo arquitectónico del santuario
El santuario de Itsukushima en su forma actual, promovido por Taira no Kiyomori hacia 1168, se construyó en un estilo que adapta la arquitectura shinden de las mansiones aristocráticas del período Heian a un santuario sobre el agua. Sus pabellones y pasarelas de madera se han reconstruido varias veces a lo largo de los siglos, respetando el diseño original, debido a los daños causados por tifones, incendios y el efecto del mar. Es considerado una obra maestra que combina arquitectura y paisaje.
Fuente: https://es.wikipedia.org/wiki/Santuario_de_Itsukushima
Wikipedia (ES) — «Taira no Kiyomori»: https://es.wikipedia.oWikipedia (ES) — «Santuario de Itsukushima»: https://es.wikiWikipedia (EN) — «Taira no Kiyomori»: https://en.wikipedia.o

Una batalla, los peregrinos y los 'tres paisajes de Japón'

A pesar de su carácter sagrado, o quizá por su valor estratégico, Miyajima no se libró de la guerra. En 1555, en plena era de las guerras civiles (Sengoku), la isla fue escenario de la batalla de Miyajima, un enfrentamiento decisivo en el que el astuto señor Mori Motonari, con un ejército inferior, tendió una trampa a su rival Sue Harukata y lo derrotó por completo. La victoria consolidó a Mori Motonari como el gran señor del oeste de Japón. El hecho de librar una batalla, con la sangre y la muerte que conlleva, en una isla donde estaba prohibido morir se consideró una grave profanación: se cuenta que, tras la victoria, Motonari ordenó purificar el santuario y la isla, e incluso retirar cuerpos y limpiar la sangre, para restaurar su pureza sagrada.

Superado aquel episodio, Miyajima siguió creciendo como destino de peregrinación. Poderosos como Toyotomi Hideyoshi dejaron su huella: él mandó construir el gran pabellón Senjokaku, junto a la pagoda de cinco pisos, aunque quedó inconcluso a su muerte. Durante el período Edo, con la paz de los Tokugawa, la isla se convirtió en un popular lugar de peregrinación y turismo religioso, al que acudían visitantes de todo Japón para venerar el santuario y admirar su belleza.

Fue precisamente esa belleza la que le valió un reconocimiento célebre. En el siglo XVII, el erudito Hayashi Gaho recogió la idea de los 'Tres paisajes de Japón' (Nihon Sankei), las tres vistas consideradas más bellas del país: el banco de arena de Amanohashidate, la bahía de islas de Matsushima y, precisamente, el torii flotante de Miyajima. Esa consagración estética, repetida durante siglos en pinturas, grabados y guías de viaje, fijó a Miyajima en el imaginario japonés como uno de los lugares más hermosos de la nación, mucho antes de que las cámaras del mundo entero apuntaran a su portal bermellón.

La batalla de Miyajima y la purificación
La batalla de Miyajima (1555), en la que Mori Motonari venció a Sue Harukata, es célebre como ejemplo de victoria mediante la estrategia y el engaño en el período Sengoku. Dado que la isla era sagrada y estaba prohibido morir en ella, los relatos históricos señalan que tras la batalla se llevaron a cabo ritos de purificación para restaurar su pureza, retirando los cuerpos y limpiando la sangre. El episodio ilustra la tensión entre el carácter sagrado del lugar y su importancia estratégica.
Fuente: https://en.wikipedia.org/wiki/Battle_of_Miyajima
Wikipedia (ES) — «Mori Motonari»: https://es.wikipedia.org/wWikipedia (EN) — «Battle of Miyajima»: https://en.wikipedia.Wikipedia (EN) — «Three Views of Japan»: https://en.wikipedi

El monte Misen: la montaña sagrada y la llama que no se apaga

Detrás del santuario, dominando la isla, se alza el monte Misen, cuya sacralidad es incluso anterior a la del propio santuario y forma parte esencial de la identidad espiritual de Miyajima. Sus 535 metros están cubiertos por un bosque primigenio protegido, con árboles centenarios y rocas gigantescas veneradas como objeto de culto. La montaña ha sido durante siglos un lugar de práctica religiosa, tanto sintoísta como budista, y su cima ofrece una de las vistas más celebradas de Japón sobre el mar interior de Seto y sus incontables islas.

La tradición vincula el Misen con una de las grandes figuras del budismo japonés: Kobo Daishi (Kukai), el fundador del budismo Shingon y del Monte Koya. Se cuenta que hacia el año 806 Kukai subió al Misen a practicar rituales ascéticos y encendió allí un fuego sagrado que, según la creencia, sigue ardiendo sin interrupción desde hace más de mil doscientos años en el salón llamado Reikado. Ese fuego, cargado de simbolismo, tuvo un papel conmovedor en la historia reciente: de su llama eterna se tomó, en parte, el fuego de la Llama de la Paz que arde en el Parque Memorial de Hiroshima, uniendo así la espiritualidad milenaria de Miyajima con la memoria de la tragedia de la bomba atómica, a pocos kilómetros de distancia.

Hoy, subir al monte Misen —en teleférico y luego a pie, o caminando por sus senderos— es completar la visita a Miyajima con su dimensión más natural y contemplativa. Entre el bosque conviven ciervos y monos salvajes, pequeños templos y ermitas, y la sensación de estar en un lugar donde la naturaleza y lo sagrado se confunden desde hace siglos. La montaña recuerda que Miyajima no es solo su famoso torii, sino una isla entera venerada como divina.

La llama eterna del Reikado
Según la tradición, el fuego sagrado del salón Reikado, en el monte Misen, fue encendido por Kobo Daishi (Kukai) a comienzos del siglo IX y arde de forma ininterrumpida desde entonces. Este 'fuego eterno' tiene un valor simbólico añadido por su relación con la Llama de la Paz del Parque Memorial de Hiroshima, en cuya composición se incorporó fuego procedente de Miyajima. Aunque se trata de una tradición religiosa, forma parte del patrimonio inmaterial de la isla.
Fuente: https://www.japan-guide.com/e/e3456.html
Wikipedia (EN) — «Mount Misen»: https://en.wikipedia.org/wikJapan-guide — «Mount Misen»: https://www.japan-guide.com/e/eWikipedia (EN) — «Kukai»: https://en.wikipedia.org/wiki/K%C5

Miyajima hoy: patrimonio mundial y equilibrio frente al turismo

En 1996, la Unesco inscribió el santuario de Itsukushima en la lista del Patrimonio de la Humanidad, reconociendo su valor excepcional como obra maestra de la arquitectura que integra de forma sublime construcción y paisaje, historia y espiritualidad. La zona protegida incluye no solo los pabellones sobre el mar, sino también el bosque virgen del monte Misen que sirve de telón de fondo, subrayando que lo que se protege es la relación entre el santuario y su entorno natural sagrado.

Ese reconocimiento consolidó a Miyajima como uno de los destinos imprescindibles de Japón. Cada año, millones de visitantes cruzan en ferry para fotografiar el torii, recorrer las pasarelas del santuario, pasear entre los ciervos y subir al Misen. La cercanía con Hiroshima hace que muchos combinen la isla con la visita al Parque Memorial de la Paz, en un mismo día que une belleza serena y memoria histórica. Esa popularidad, sin embargo, trae los desafíos habituales del turismo masivo: la afluencia se concentra en las horas centrales del día y presiona a una isla pequeña y frágil. Como respuesta, en 2023 se introdujo una tasa turística destinada a financiar la conservación del entorno y la gestión de los visitantes.

Miyajima afronta hoy el mismo reto que otros grandes tesoros del país: seguir siendo un lugar vivo y sagrado, y no solo un decorado para fotografías. Quien logra visitarla con calma —quedándose a dormir, madrugando o paseando al atardecer, cuando los excursionistas se han ido— descubre la isla que enamoró durante siglos a peregrinos y poetas: el torii encendido reflejándose en el mar, el silencio del santuario al amanecer, los ciervos recortados contra la bahía y la montaña sagrada envuelta en niebla. En esa Miyajima serena sigue latiendo, mil quinientos años después, la vieja creencia que la fundó: la de una isla donde habitan los dioses.

📚 Bibliografía

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