La historia de Koyasan es, ante todo, la historia de un hombre extraordinario: Kukai, conocido tras su muerte como Kobo Daishi, 'el gran maestro que difundió la enseñanza'. Nacido en el año 774 en la isla de Shikoku, fue un genio precoz —calígrafo, poeta, ingeniero y erudito— que abandonó una prometedora carrera oficial para hacerse monje budista, insatisfecho con las respuestas que encontraba. En el año 804 se embarcó en una peligrosa misión diplomática a la China de la dinastía Tang, entonces el centro cultural del mundo, para buscar allí las enseñanzas que le faltaban.
En la capital china, Chang'an, Kukai fue iniciado por un maestro en el budismo esotérico o tántrico, una forma de budismo llena de rituales secretos, mantras, mandalas y gestos sagrados (mudras), a través de los cuales se creía posible alcanzar la iluminación en esta misma vida, y no tras innumerables reencarnaciones. Recibió la transmisión completa de esa doctrina y regresó a Japón cargado de sutras, imágenes y objetos rituales, decidido a fundar una nueva escuela: el Shingon ('palabra verdadera'), en referencia a los mantras sagrados.
De vuelta en Japón, Kukai ganó el favor de la corte y buscó un lugar apartado y puro para establecer un gran centro de práctica y meditación, lejos del ruido y las intrigas de la capital. Lo encontró en una remota meseta de las montañas de Kii, rodeada de ocho picos que, según contó, le recordaban a los pétalos de una flor de loto, símbolo sagrado del budismo. En el año 816 obtuvo del emperador el permiso para fundar allí su monasterio. Había nacido Koyasan.
El elemento que da a Koyasan su carácter más singular y profundo es una creencia extraordinaria en torno a la muerte de su fundador. Según la tradición Shingon, en el año 835 Kukai no murió, sino que entró en un estado de meditación profunda y eterna llamado nyujo. Se retiró a su mausoleo en Okunoin, cruzó las piernas en posición de loto, y allí permanece desde entonces, no muerto sino en samadhi, una meditación tan profunda que suspende las funciones vitales, esperando la llegada dentro de millones de años de Miroku, el Buda del futuro, para ayudar a la salvación de todos los seres.
Para los fieles, esto no es una metáfora: Kobo Daishi está vivo en Okunoin. Por eso, desde hace casi 1.200 años, cada día, dos veces al día, los monjes preparan comidas rituales y las llevan en procesión hasta la puerta de su mausoleo en una ceremonia llamada Shojingu, un gesto de servicio a un maestro que consideran presente. Es una de las tradiciones religiosas ininterrumpidas más antiguas del mundo.
Esa creencia explica la naturaleza única de Okunoin. A lo largo de los siglos, un número inmenso de personas quiso ser enterrado o al menos conmemorado cerca del santo, con la esperanza de estar entre los primeros en ser salvados cuando Kukai despierte. Así se fue formando el mayor cementerio de Japón: más de doscientas mil tumbas y monumentos entre cedros milenarios, desde las de grandes señores de la guerra como Oda Nobunaga o Takeda Shingen —muchos de ellos enemigos en vida, ahora vecinos en la eternidad— hasta las de familias humildes y monjes anónimos. Caminar por Okunoin es recorrer, literalmente, mil años de la historia y de la fe de Japón.
Tras la muerte de su fundador, Koyasan atravesó altibajos. Hubo períodos de decadencia y grandes incendios que arrasaron sus edificios de madera —un peligro constante en un complejo de templos en la montaña—, seguidos de reconstrucciones. Pero con el paso de los siglos, la montaña sagrada creció hasta convertirse en uno de los mayores y más influyentes centros religiosos de Japón, con miles de templos y monjes, tierras, y un enorme prestigio espiritual que atraía a peregrinos de todo el país.
Koyasan llegó a acumular tal poder que tuvo incluso su propia fuerza de monjes guerreros (sohei) para defender sus intereses, en una época en que los grandes monasterios eran actores políticos y militares de peso. En el siglo XVI, el señor de la guerra Oda Nobunaga, que arrasó otros centros budistas poderosos, amenazó también a Koyasan, aunque su muerte evitó el desenlace; su sucesor, Toyotomi Hideyoshi, terminó por patrocinar la montaña, y hoy su clan tiene monumentos en Okunoin. Durante el período Edo, bajo los Tokugawa, Koyasan vivió una etapa de estabilidad como gran destino de peregrinación, a menudo unido en la práctica religiosa con la peregrinación a los 88 templos de Shikoku, la isla natal de Kukai.
El golpe más duro llegó, paradójicamente, con la modernización. Tras la Restauración Meiji de 1868, el nuevo gobierno impulsó una política de separación del sintoísmo y el budismo y, en algunos momentos, de persecución de este último (haibutsu kishaku), que despojó a los templos budistas de tierras y privilegios en todo el país. Koyasan sufrió esa presión y tuvo que reinventarse. Entre otras cosas, la montaña —que durante casi mil años había estado prohibida a las mujeres— abrió por fin sus puertas a las peregrinas hacia finales del siglo XIX, terminando con siglos de exclusión.
El Koyasan de hoy es un pueblo-monasterio de unos tres mil habitantes que sigue siendo, más de mil doscientos años después de su fundación, el centro mundial del budismo Shingon y un lugar de práctica religiosa plenamente vivo. Más de cien templos permanecen activos en la montaña, habitados por monjes que mantienen las ceremonias, los rituales de fuego y la ofrenda diaria a Kobo Daishi tal como se hacían hace siglos. No es un decorado histórico ni un museo: es una comunidad monástica en funcionamiento que, además, recibe visitantes.
En 2004, la Unesco reconoció el valor excepcional de Koyasan al incluirlo en la lista del Patrimonio de la Humanidad, dentro del conjunto de los 'Sitios sagrados y rutas de peregrinación de los montes Kii', que abarca también las rutas de Kumano y otros lugares santos de la península. Ese reconocimiento, sumado al auge del turismo espiritual, ha convertido a la montaña en un destino cada vez más buscado por viajeros de todo el mundo, atraídos por la posibilidad de dormir en un templo, comer la cocina de los monjes y caminar por Okunoin.
Esa apertura plantea un equilibrio delicado, el mismo que viven otros lugares sagrados: acoger a los visitantes sin que el turismo desnaturalice la vida religiosa que da sentido al lugar. Por ahora, Koyasan lo consigue con notable serenidad. Quien sube a la montaña encuentra todavía lo que buscaba Kukai hace doce siglos: silencio, bosque, incienso y un espacio para el recogimiento, lejos del vértigo del Japón moderno. En un país de megalópolis y trenes bala, Koyasan sigue siendo un remanso donde el tiempo parece medirse en siglos y donde, según creen los fieles, un santo lleva más de mil años meditando entre los cedros, esperando el amanecer de una nueva era.