Antes de ser la capital de un dominio de samuráis, Kanazawa fue una ciudad religiosa. En el siglo XV y XVI, la región de Kaga (la actual mitad sur de Ishikawa) fue escenario de uno de los fenómenos más extraordinarios de la historia japonesa: la Ikko-ikki, una liga de campesinos, monjes y señores locales unidos por la fe budista de la escuela Jodo Shinshu (la 'verdadera escuela de la Tierra Pura'). En 1488, estos rebeldes derrocaron al gobernador militar de la provincia y establecieron lo que algunos historiadores han llamado, con cierta licencia, 'una república campesina', un territorio autogobernado bajo la autoridad del templo durante casi un siglo, un caso casi único en el Japón feudal.
El corazón de ese poder religioso era el Oyama Gobo, una fortaleza-templo levantada en 1546 sobre una colina entre dos ríos, el Sai y el Asano, en el lugar exacto donde hoy se alza el castillo de Kanazawa. Alrededor del templo creció una ciudad. El nombre 'Kanazawa' significa 'pantano del oro' o 'marisma dorada', y remite a una vieja leyenda sobre un campesino llamado Imohori Togoro que habría encontrado escamas de oro lavando batatas en un manantial: el 'Kinjo Reitaku', el manantial del oro, que todavía se muestra en el jardín del castillo. Es una coincidencia poética que la ciudad del oro se llamara así siglos antes de convertirse en la capital japonesa del pan de oro.
La era de la Ikko-ikki terminó por la fuerza. El gran unificador Oda Nobunaga, que veía en estos poderes religiosos armados una amenaza para su proyecto, lanzó campañas despiadadas contra ellos. En 1580, sus generales tomaron el Oyama Gobo y sometieron Kaga. La ciudad-templo dejaba paso a la ciudad-castillo, y con ello comenzaba el capítulo más glorioso de la historia de Kanazawa.
El verdadero fundador de la Kanazawa que conocemos fue Maeda Toshiie (1537-1599), uno de los generales más leales y capaces de la era de la unificación. Había servido a Oda Nobunaga desde joven —apodado 'Yari no Mataza', 'Mataza de la lanza', por su destreza con esa arma— y tras la muerte de Nobunaga se alineó con Toyotomi Hideyoshi. Como recompensa por sus servicios, en 1583 Hideyoshi le concedió el gobierno de Kaga, y Toshiie entró en el castillo de Kanazawa, que convirtió en su cuartel general y en la capital de su dominio.
Toshiie era un hombre de armas, pero también un administrador prudente. Sabía que la fuerza de su casa dependía de la lealtad al poder central y del desarrollo económico de su territorio. Empezó a reforzar el castillo y a organizar la ciudad a su alrededor. Su esposa, Maeda Matsu (conocida como 'Omatsu no Kata'), fue una figura influyente, culta y hábil en la política, y contribuyó a asegurar el futuro del clan. La llegada de Toshiie al castillo se celebra todavía cada mes de junio en el Hyakumangoku Matsuri, el festival del 'millón de koku', el más importante de Kanazawa, con un gran desfile histórico.
El momento decisivo llegó en 1600, tras la muerte de Hideyoshi, cuando Japón se dividió entre los partidarios de Tokugawa Ieyasu y sus rivales. El hijo de Toshiie, Maeda Toshinaga, tomó una decisión que definiría el destino de la casa: apoyar a Ieyasu, el bando ganador en la batalla de Sekigahara. La recompensa fue enorme: los Maeda vieron confirmado y ampliado su dominio hasta alcanzar la mayor producción de arroz de todo Japón. Había nacido el dominio de Kaga del millón de koku.
Para entender Kanazawa hay que entender qué significaba 'un millón de koku'. El koku era la unidad con que se medía la riqueza en el Japón feudal: equivalía a unos 180 litros de arroz, la cantidad que, se calculaba, alimentaba a una persona durante un año. La producción de arroz de un dominio (su 'kokudaka') determinaba su rango, su poder y el número de samuráis que podía mantener. Con oficialmente 1.025.000 koku, el dominio de Kaga (que abarcaba Kaga, Noto y Etchu, las actuales Ishikawa y Toyama) era, con diferencia, el más rico de todo Japón después de los dominios directos del shogun. Los Maeda eran los mayores señores 'tozama' (no vinculados por sangre a los Tokugawa) del país.
Esa inmensa riqueza colocaba a los Maeda en una posición delicada. El shogunato Tokugawa vigilaba con recelo a los señores poderosos, y una casa tan rica podía ser vista como una amenaza. Los Maeda respondieron con una estrategia brillante que definiría el carácter de Kanazawa para siempre: en lugar de invertir en poderío militar —lo que habría alarmado a Edo—, canalizaron su fortuna hacia la cultura y las artes. Se convirtieron en grandes mecenas del teatro noh, de la ceremonia del té, de la caligrafía, de la pintura y, sobre todo, de las artes decorativas y la artesanía de lujo.
Bajo su patrocinio florecieron en Kanazawa oficios que aún hoy son su seña de identidad: el pan de oro (kinpaku), la seda teñida a mano Kaga-yuzen, la porcelana Kutani de colores vivos, la laca, la cerámica Ohi y los dulces tradicionales (wagashi) de alta escuela. Los Maeda trajeron a los mejores artesanos del país y crearon talleres, escuelas y una cultura del refinamiento que impregnó toda la ciudad. Kanazawa se transformó en una capital cultural que rivalizaba con Kioto, con una vida artística intensa sostenida por la generosidad de sus señores. Aquella decisión estratégica de cambiar espadas por pinceles es la razón de que la ciudad sea hoy tan rica en patrimonio.
Bajo el gobierno de los Maeda, Kanazawa creció hasta convertirse en una de las mayores ciudades del Japón de Edo, con más de 100.000 habitantes en su apogeo, la cuarta del país tras Edo, Osaka y Kioto. Su trazado seguía la lógica de la ciudad-castillo (jokamachi): en el centro, el castillo y el jardín Kenroku-en; alrededor, los barrios de los samuráis; más afuera, los de los comerciantes y artesanos; y en la periferia, cinturones de templos que también servían de defensa. Los Maeda obligaron a sus samuráis a residir en la ciudad, de modo que las residencias guerreras llegaron a ocupar cerca del 70% de la superficie urbana.
De aquella estructura sobreviven barrios enteros que hoy son el gran atractivo de Kanazawa. En Nagamachi, al pie del castillo, se conservan las calles sinuosas y los muros de barro de las residencias de los samuráis, con la Casa Nomura y su jardín como testimonio de cómo vivía la clase guerrera. Y en los distritos de casas de té —Higashi Chaya, Nishi Chaya y Kazue-machi—, autorizados oficialmente en 1820, floreció la cultura del entretenimiento refinado: las geishas (aquí llamadas 'geiko') animaban con música de shamisen, danza y conversación las veladas de mercaderes y samuráis en las elegantes 'chaya' de celosías de madera.
El jardín Kenroku-en, desarrollado por generaciones de señores Maeda desde mediados del siglo XVII como jardín exterior del castillo, se convirtió en la máxima expresión de ese refinamiento: un jardín de paseo diseñado con una perfección que lo situaría, siglos después, entre los tres más bellos de Japón. Toda la ciudad respiraba esa mezcla de poder feudal y cultura exquisita que aún se percibe al caminar por sus calles.
La Restauración Meiji de 1868 puso fin al Japón de los samuráis. En 1869, los Maeda entregaron formalmente su dominio al gobierno imperial, y en 1871 la abolición de los feudos (han) convirtió a Kaga en la nueva prefectura de Ishikawa, con Kanazawa como capital. La clase samurái que había sostenido la ciudad perdió sus privilegios y sus estipendios, y muchos artesanos que dependían del mecenazgo de la corte de Kaga atravesaron tiempos difíciles. Kanazawa, que había sido la cuarta ciudad del país, quedó al margen de las grandes líneas de modernización industrial y ferroviaria que transformaron a otras urbes japonesas.
Paradójicamente, ese relativo estancamiento resultó una bendición para su patrimonio. Kanazawa no se llenó de fábricas ni de industria pesada, lo que en el siglo XX tuvo una consecuencia decisiva: durante la Segunda Guerra Mundial, cuando la aviación estadounidense arrasó con bombardeos incendiarios ciudad tras ciudad japonesa, Kanazawa no figuraba entre los objetivos militares prioritarios y se salvó de la destrucción. Mientras Tokio, Osaka, Nagoya, Hiroshima y decenas de ciudades quedaban reducidas a cenizas, el casco histórico de Kanazawa —sus barrios de samuráis, sus distritos de geishas, sus templos y sus casas de madera— sobrevivió prácticamente intacto.
Esa supervivencia hace de Kanazawa una rareza preciosa. Es una de las pocas grandes ciudades japonesas donde el tejido urbano del período Edo llegó entero al presente, sin la ruptura brutal que la guerra impuso en casi todo el país. Por eso, caminar hoy por Nagamachi o Higashi Chaya no es recorrer una reconstrucción, sino calles auténticas que han cambiado poco en dos siglos.
Durante buena parte del siglo XX, Kanazawa fue una joya un poco apartada, difícil de alcanzar y por eso relativamente desconocida para el turismo internacional, que se concentraba en el eje Tokio-Kioto-Osaka. Eso cambió de golpe en marzo de 2015, cuando se inauguró la extensión del shinkansen Hokuriku, que redujo el viaje desde Tokio de casi cuatro horas a unas dos horas y media. La ciudad, que ya había cuidado con esmero su patrimonio, se abrió al mundo, y hoy es uno de los destinos más apreciados de quienes buscan un Japón tradicional pero menos masificado que Kioto.
Kanazawa ha sabido combinar como pocas la herencia y la vanguardia. A su patrimonio feudal —el Kenroku-en, el castillo, los barrios históricos— sumó en 2004 el Museo del Siglo XXI de Arte Contemporáneo, un audaz disco de cristal del estudio SANAA que se volvió un imán para los amantes del arte y del diseño, con la célebre 'piscina' de Leandro Erlich como emblema. En 2009, la Unesco la incorporó a su Red de Ciudades Creativas en el campo de la artesanía y el arte popular, un reconocimiento a la continuidad de sus oficios tradicionales.
Porque Kanazawa sigue siendo, ante todo, la ciudad del oro y de la artesanía: aquí se produce el 99% del pan de oro de Japón, y sus talleres continúan fabricando la porcelana Kutani, la seda Kaga-yuzen, la laca y los dulces refinados que heredó de la corte de Kaga. La gastronomía —el marisco del mar de Japón, el sushi, el cangrejo de invierno, la cocina Kaga— es otro de sus orgullos. Cuatro siglos después de que Maeda Toshiie entrara en el castillo, la 'marisma dorada' sigue haciendo honor a su nombre: una ciudad donde el oro, el arte y el buen gusto son parte de la vida cotidiana.