Antes de que su nombre quedara ligado para siempre a la era atómica, Hiroshima fue durante más de tres siglos una próspera ciudad-castillo. Su historia comienza en 1589, cuando el poderoso señor de la guerra Mori Terumoto, uno de los grandes daimyos del oeste de Japón, eligió el delta del río Ota, junto al mar Interior de Seto, para construir su nuevo castillo y su capital. El lugar era una llanura de islas y brazos de río, y de ahí vino el nombre que le dio: 'Hiroshima', que significa 'isla ancha'.
El castillo de Hiroshima, terminado hacia 1599, era una imponente fortaleza de llanura con un torreón de cinco pisos, muy distinta de los castillos de montaña de la época. Sin embargo, la suerte de Terumoto cambió pronto: tras alinearse con el bando perdedor en la decisiva batalla de Sekigahara de 1600, fue despojado de la mayor parte de sus dominios por Tokugawa Ieyasu, el nuevo gobernante de Japón. El castillo pasó entonces a otras manos, y desde 1619 quedó bajo el gobierno del clan Asano, que administraría el dominio de Hiroshima durante todo el período Edo, hasta la Restauración Meiji.
Bajo los Asano, Hiroshima creció como centro administrativo, comercial y portuario de la región. Los señores construyeron jardines como el Shukkeien (1620), fomentaron el comercio del mar Interior y organizaron una ciudad castillo próspera. Durante más de dos siglos y medio, fue una de las ciudades importantes del oeste japonés, con su vida feudal, sus mercaderes y sus artesanos, ajena por completo al destino que le esperaba en el siglo XX.
La Restauración Meiji de 1868 y la abolición del sistema feudal transformaron Hiroshima. La ciudad se modernizó, se conectó por ferrocarril y desarrolló su puerto, el cercano Ujina, que la convirtió en una salida clave hacia el continente asiático. Pero el rasgo que definiría su siglo XX fue su creciente importancia militar. El castillo se convirtió en sede de guarniciones y cuarteles, y Hiroshima pasó a ser una de las principales bases del ejército imperial japonés.
Durante la primera guerra sino-japonesa (1894-1895), el cuartel general imperial y hasta la sede provisional de la Dieta (el parlamento) se trasladaron temporalmente a Hiroshima, por su condición de gran base logística y punto de embarque de tropas hacia el continente. A lo largo de las décadas siguientes, la ciudad reforzó su papel como centro militar, industrial y portuario, con fábricas, arsenales y unidades del ejército. Su población superó los 300.000 habitantes.
Esa condición de importante centro militar y de producción bélica es lo que, en las últimas semanas de la Segunda Guerra Mundial, la señalaría como objetivo. En el verano de 1945, Hiroshima era una de las pocas grandes ciudades japonesas que aún no habían sufrido bombardeos masivos, lo que, trágicamente, la hacía idónea para que Estados Unidos evaluara el efecto de una nueva arma sobre una ciudad intacta. La historia de la ciudad estaba a punto de partirse en dos.
El 6 de agosto de 1945, a las 8:15 de la mañana, un bombardero estadounidense B-29 llamado Enola Gay, al mando del coronel Paul Tibbets, lanzó sobre el centro de Hiroshima una bomba atómica de uranio conocida por su nombre en clave, 'Little Boy'. El artefacto detonó a unos 600 metros de altura, casi sobre el centro de la ciudad. Era la primera vez en la historia que un arma nuclear se usaba contra una población. Tres días después, el 9 de agosto, una segunda bomba atómica sería lanzada sobre Nagasaki.
Los efectos fueron devastadores. La explosión liberó una energía inmensa en forma de un destello cegador, una onda de calor de miles de grados y una onda expansiva que arrasó todo en un radio de kilómetros. Prácticamente todos los edificios del centro quedaron destruidos o dañados, y se desataron incendios que consumieron lo que quedaba en pie. Las estimaciones de las víctimas son difíciles y varían según las fuentes, pero se calcula que unas 70.000 personas murieron de inmediato o en las horas siguientes, y que para fin de 1945 la cifra ascendía a alrededor de 140.000, al sumarse las muertes por quemaduras, heridas y por los efectos de la radiación. Muchas víctimas eran civiles: mujeres, ancianos, niños y también trabajadores forzados y prisioneros de guerra.
Este apartado trata un hecho de enorme gravedad, y merece ser contado con precisión y sin sensacionalismo. Los supervivientes, conocidos en japonés como 'hibakusha' ('personas afectadas por la bomba'), cargaron durante el resto de sus vidas con secuelas físicas y con enfermedades causadas por la radiación, además del estigma social. Sus testimonios, recogidos con el paso de los años, se convirtieron en una de las voces más importantes del movimiento mundial por el desarme nuclear. El 15 de agosto de 1945, Japón anunció su rendición, y la Segunda Guerra Mundial llegó a su fin.
En los días posteriores al bombardeo, hubo quien pensó que Hiroshima quedaría inhabitable durante décadas. Pero la ciudad no fue abandonada. Poco a poco, los supervivientes y quienes regresaron empezaron a reconstruir sus vidas entre las ruinas, y la vegetación volvió a brotar antes de lo que muchos temían, en un signo de esperanza que quedó grabado en la memoria colectiva. La reconstrucción fue larga y difícil, pero Hiroshima renació.
Un momento decisivo llegó en 1949, cuando el parlamento japonés aprobó la Ley de Construcción de Hiroshima como Ciudad Conmemorativa de la Paz. Esa ley definió el rumbo de la nueva ciudad: no solo reconstruirse, sino hacerlo con una vocación explícita, la de convertirse en un símbolo mundial de la aspiración a la paz y a la abolición de las armas nucleares. Fue una decisión extraordinaria, que transformó el peor de los recuerdos en un mensaje hacia el futuro.
Sobre la zona más devastada, el antiguo barrio de Nakajima —prácticamente bajo el epicentro—, se decidió no reconstruir las viviendas y crear en su lugar el Parque Memorial de la Paz, diseñado por el arquitecto Kenzo Tange e inaugurado en los años cincuenta. El parque, con su Cenotafio, su Museo Memorial (1955), la Llama de la Paz (encendida en 1964 para no apagarse hasta que desaparezca la última arma nuclear) y sus monumentos, se convirtió en el corazón simbólico de la ciudad. La ceremonia anual del 6 de agosto, con el minuto de silencio a las 8:15 y la suelta de faroles por los ríos, reúne cada año a miles de personas y a dignatarios de todo el mundo.
Entre las pocas estructuras que quedaron en pie cerca del epicentro estaba el Palacio de Promoción Industrial de la Prefectura de Hiroshima, un edificio de 1915 con una característica cúpula. La bomba estalló casi en su vertical, y por esa posición perpendicular parte de sus muros y el armazón metálico de la cúpula resistieron, aunque todos sus ocupantes murieron. Aquella ruina esquelética, en medio del vacío calcinado, se convirtió de inmediato en una imagen imborrable de lo ocurrido.
Durante años, la ciudad debatió qué hacer con ella. Para algunos supervivientes, la ruina reabría heridas demasiado dolorosas y proponían demolerla; para otros, había que conservarla como advertencia perpetua para las generaciones futuras. El testimonio de una joven que había muerto por la radiación y que había escrito sobre la necesidad de preservar el edificio ayudó a inclinar la balanza. En 1966, el ayuntamiento decidió conservar la estructura de forma permanente, y desde entonces se han realizado trabajos periódicos para estabilizarla sin alterar su aspecto.
En 1996, la Unesco inscribió la Cúpula, con el nombre oficial de Memorial de la Paz de Hiroshima (Genbaku Dome), en la lista de Patrimonio de la Humanidad. La inscripción no estuvo exenta de discusión internacional, pero se justificó por el valor único del monumento como testimonio de la fuerza destructiva jamás creada por el ser humano y como símbolo de la esperanza en la paz mundial y en la eliminación definitiva de las armas nucleares. Hoy, la Cúpula sigue en pie, tal como quedó, contemplada en silencio por millones de visitantes.
La Hiroshima del siglo XXI es una ciudad vibrante de cerca de 1,2 millones de habitantes, capital de su región y motor económico del oeste de Japón, con industria, universidades y una vida cultural intensa. De la devastación de 1945 no queda rastro en su fisonomía cotidiana: avenidas anchas y arboladas, tranvías que la cruzan, centros comerciales bulliciosos y una gastronomía con orgullo propio, del okonomiyaki a las ostras del mar Interior. Es la prueba viva de que una ciudad puede renacer por completo de la peor de las catástrofes.
Pero Hiroshima nunca dejó de lado su misión de memoria y de paz. Sus sucesivos alcaldes han sido voces destacadas del movimiento mundial contra las armas nucleares, y la ciudad envía cartas de protesta cada vez que un país realiza un ensayo atómico. En 2016, el presidente estadounidense Barack Obama visitó el Parque Memorial, en la primera visita de un mandatario de Estados Unidos en ejercicio, y en 2023 la ciudad acogió la cumbre del G7, con los líderes mundiales reunidos ante el Museo de la Paz. Estos gestos han reforzado el papel de Hiroshima como escenario de la reflexión global sobre el desarme.
Para el viajero, Hiroshima ofrece una experiencia poco común: la de un lugar que interpela y conmueve, donde la memoria de una tragedia inmensa convive con la vitalidad de una ciudad que eligió el futuro y la esperanza. Recorrer el Parque de la Paz, escuchar (a través del museo) las voces de los supervivientes y luego salir a comer entre el bullicio local es entender el mensaje esencial de Hiroshima: no el del rencor, sino el de la advertencia y el deseo profundo de que lo ocurrido no vuelva a repetirse nunca, en ninguna parte.