Antes de que existiera el deslumbrante castillo blanco que hoy conocemos, hubo una colina y un fuerte de madera. La historia de Himeji-jo empieza en 1333, en plena convulsión del Japón medieval, cuando el señor de la guerra Akamatsu Norimura levantó una fortificación en lo alto de la colina de Himeyama, un promontorio que dominaba la llanura de Harima y controlaba las rutas hacia el oeste de Honshu y el mar Interior de Seto. Era la época en que el poder del shogunato de Kamakura se derrumbaba y los clanes guerreros se disputaban el territorio; una posición elevada y defendible como Himeyama valía oro.
Unos años después, en 1346, el hijo de Norimura, Akamatsu Sadanori, transformó aquel fuerte en un castillo más formal, el castillo de Himeyama. Durante los dos siglos siguientes, el enclave pasó por manos de distintos clanes al ritmo de las guerras del período Sengoku, la 'era de los estados en guerra', cuando Japón se fragmentó en decenas de dominios enfrentados. El clan Kuroda, vasallo de los Akamatsu, administró la fortaleza durante generaciones y la fue ampliando.
La ubicación explica por qué el lugar nunca perdió importancia: la llanura de Harima era una zona rica y estratégica, puerta de entrada al Kansai desde el oeste. Quien controlaba Himeyama controlaba un cruce clave de caminos y una posición defensiva de primer orden. Sobre esa colina, capa sobre capa, se iría construyendo con el tiempo uno de los castillos más perfectos de Japón.
El destino de Himeyama cambió en el siglo XVI con la irrupción de una de las figuras más extraordinarias de la historia japonesa: Toyotomi Hideyoshi, el general de origen humilde que llegó a unificar Japón. En su campaña para someter el oeste del país en nombre de su señor Oda Nobunaga, Hideyoshi tomó como base la fortaleza de Himeyama. En 1580, el clan Kuroda le cedió el castillo, y al año siguiente, en 1581, Hideyoshi ordenó su reconstrucción y le añadió un torreón (tenshu) de tres pisos, dando por primera vez a la fortaleza el aspecto de un castillo monumental.
Desde Himeyama, Hideyoshi lanzó sus campañas contra los clanes del oeste. Tras la muerte de Nobunaga en 1582, se convirtió en el hombre más poderoso de Japón y completó la unificación del país. El castillo quedó entonces en manos de sus parientes y aliados. Aquella era —el final del período Sengoku— fue de guerra permanente, pero también de una revolución en la arquitectura militar: la llegada de las armas de fuego de los portugueses obligó a repensar las fortalezas, que pasaron de simples empalizadas de montaña a complejos de piedra y madera con torreones, fosos y murallas diseñados para resistir el asedio.
El torreón de tres pisos de Hideyoshi ya no existe: fue demolido pocas décadas después para levantar el gran torreón actual. Pero su construcción marcó el momento en que Himeyama dejó de ser un fuerte local para convertirse en un castillo de primer nivel. La verdadera transformación, la que daría al mundo el 'castillo de la garza blanca', estaba a punto de llegar de la mano de otro señor.
El Himeji-jo que hoy admiramos nació de una recompensa política. En el año 1600, la batalla de Sekigahara decidió el futuro de Japón: Tokugawa Ieyasu derrotó a la coalición rival y se convirtió en el gobernante indiscutido del país, inaugurando el shogunato Tokugawa que reinaría durante más de dos siglos y medio. Entre quienes lo apoyaron estaba Ikeda Terumasa, un poderoso señor casado con una hija de Ieyasu. Como premio por su lealtad, Ieyasu le concedió el dominio de Harima y el castillo de Himeji.
Terumasa no se conformó con la fortaleza que había. Entre 1601 y 1609 emprendió una reconstrucción total y colosal: demolió el viejo torreón de Hideyoshi y levantó el gran tenshu de seis pisos y unos 46 metros de altura que corona la colina, rodeándolo de torreones menores conectados, laberintos de murallas, tres fosos concéntricos y más de ochenta edificios. Se calcula que la obra consumió el equivalente a 2,5 millones de jornadas de trabajo. El resultado fue el castillo más grande y sofisticado de Japón, una obra maestra de la ingeniería militar en la que cada rampa, cada puerta y cada muro estaba pensado para confundir, frenar y aniquilar a cualquier atacante.
El castillo recibió su enlucido blanco de yeso resistente al fuego, que además le daba esa luminosidad tan característica. Fue entonces cuando se ganó su apodo poético: 'Shirasagi-jo', el castillo de la garza blanca (o de la garceta blanca), por su color inmaculado y por la silueta de sus tejados curvos, que evocan a un ave de alas desplegadas a punto de levantar vuelo. Paradójicamente, este prodigio de arquitectura defensiva nunca fue puesto a prueba en combate: para cuando se terminó, la era de las grandes guerras había concluido y comenzaba la larga paz de los Tokugawa. Himeji-jo sería, ante todo, un símbolo del poder y el prestigio de sus señores.
Durante el período Edo (1603-1868), los dos siglos y medio de paz impuesta por el shogunato Tokugawa, Himeji fue la sede de un dominio (han) próspero y estratégico, la puerta occidental del corazón del país. El castillo pasó por manos de varios clanes de daimyos —Ikeda, Honda, Sakakibara, Matsudaira y finalmente Sakai—, que se turnaban en el gobierno según los delicados equilibrios políticos del shogunato, que solía trasladar a los señores para evitar que echaran raíces demasiado profundas en un territorio.
Uno de los episodios más entrañables de esa época es el de la princesa Sen, o Senhime, nieta del shogun Tokugawa Ieyasu. Casada de niña con Toyotomi Hideyori (heredero de Hideyoshi), quedó viuda tras la caída del castillo de Osaka en 1615, donde murió su primer marido. Poco después se casó con Honda Tadatoki, señor de Himeji, y se instaló en el castillo. Para ella se construyó el Nishi-no-maru, el recinto oeste con su largo corredor de madera, donde vivió sus años más felices antes de que la muerte de su esposo y de su hijo la llevaran de vuelta a Edo. Su figura quedó ligada para siempre al castillo.
Bajo la sombra del gran torreón blanco creció la ciudad castillo (jokamachi) de Himeji: los barrios de los samuráis, los de los comerciantes y artesanos, los templos y los mercados. La economía del dominio se sostenía en el arroz de la fértil llanura de Harima, en el algodón, el cuero y el comercio del mar Interior. Como tantos castillos japoneses, Himeji también acumuló sus leyendas: la más famosa es la de Okiku, la sirvienta injustamente acusada y arrojada a un pozo, cuyo fantasma, según la tradición, cuenta platos en la oscuridad; el 'pozo de Okiku' todavía se muestra en el recinto del castillo.
En 1868, la Restauración Meiji puso fin a siete siglos de gobierno de los samuráis y abolió el sistema feudal. Los castillos, símbolos de un orden que el nuevo Japón quería dejar atrás, cayeron en desgracia: muchos fueron demolidos, abandonados o vendidos por su madera y su piedra. Himeji estuvo a punto de correr esa suerte. En 1871 el castillo fue subastado por una suma irrisoria, y hubo planes de derribarlo para aprovechar el terreno. Pero la magnitud y el costo de la demolición, sumados al valor evidente del monumento, lo salvaron. El ejército imperial lo usó como cuartel, lo que, pese a algunos daños, contribuyó a conservarlo.
La mayor amenaza llegó en el siglo XX. Durante la Segunda Guerra Mundial, Himeji fue bombardeada por la aviación estadounidense: la ciudad quedó devastada por los bombardeos incendiarios de 1945, que arrasaron buena parte del casco urbano. El castillo, sin embargo, sobrevivió de manera casi milagrosa. Una bomba incendiaria llegó a caer sobre el torreón principal, pero no llegó a explotar; según se cuenta, quedó alojada en el edificio sin prender fuego. Rodeado de ruinas y cenizas, el gran torreón blanco siguió en pie, intacto, como un testimonio de continuidad en medio de la destrucción.
Esa supervivencia hace de Himeji un caso único. Mientras la inmensa mayoría de los grandes castillos japoneses que hoy se visitan son reconstrucciones de hormigón del siglo XX —Osaka, Nagoya, Hiroshima y tantos otros ardieron o fueron bombardeados—, Himeji conserva su estructura original de madera de principios del siglo XVII. Es, literalmente, el mejor ejemplo que queda en pie de lo que fue un castillo japonés en su época de esplendor, y por eso su valor es incalculable.
La consagración internacional del castillo llegó en 1993. El 11 de diciembre de ese año, Himeji-jo fue inscrito por la Unesco en la lista de Patrimonio Mundial, en la misma tanda que los monumentos budistas de Horyu-ji: fueron los dos primeros sitios de Japón en obtener esa distinción. La Unesco destacó a Himeji como 'el más fino ejemplo superviviente de la arquitectura de castillos japoneses de comienzos del siglo XVII', un conjunto de 83 edificios con sistemas de defensa de gran sofisticación y una belleza arquitectónica excepcional que combina función militar y armonía estética.
Para mantener vivo ese tesoro, Japón ha invertido en su conservación a lo largo del tiempo. Ya en la 'gran restauración Showa' de 1956 a 1964 se había desmontado y reforzado buena parte de la estructura. Pero la intervención que devolvió al castillo su esplendor visual fue la 'restauración Heisei', llevada a cabo entre 2009 y 2015. Durante casi seis años, el torreón principal quedó cubierto por andamios y una gigantesca estructura protectora mientras se limpiaban y reparaban los muros, se renovaban las tejas y se restauraba el enlucido blanco. Al retirarse los andamios, el castillo reapareció de un blanco tan brillante que muchos japoneses bromearon llamándolo 'la garza recién bañada'.
Hoy, Himeji-jo es uno de los monumentos más visitados de Japón y el orgullo absoluto de su ciudad, que ha crecido a su alrededor hasta superar el medio millón de habitantes. Cada primavera, los cerezos que rodean sus fosos lo convierten en una de las postales más célebres del país; cada otoño, los arces del jardín Koko-en se encienden de rojo a sus pies. Cuatro siglos después de que Ikeda Terumasa lo levantara, y tras haber sobrevivido a la abolición del feudalismo, a los terremotos y a las bombas, la garza blanca sigue posada sobre su colina, con las alas desplegadas, mirando la llanura de Harima como el primer día.