Mucho antes de los rascacielos y los atascos, en la desembocadura del río Ciliwung existía un puerto llamado Sunda Kelapa. Era el principal fondeadero del reino hindú de Sunda, que dominaba el oeste de Java, y desde allí se exportaba sobre todo pimienta hacia los mercados de Asia. Su posición, en el estrecho que separa Java de Sumatra, lo convertía en una escala natural de las rutas comerciales que unían China, la India y el mundo malayo, y por sus muelles pasaban mercaderes de medio mundo.
A comienzos del siglo XVI, cuando los portugueses llegaron a la región tras tomar Malaca (1511), el reino de Sunda vio en ellos un posible aliado frente al avance del islam desde el interior. En 1522 firmaron un tratado y los portugueses obtuvieron permiso para levantar una fortaleza en Sunda Kelapa. Pero nunca la construyeron a tiempo.
El 22 de junio de 1527, un ejército musulmán procedente de los sultanatos costeros de Demak y Banten, al mando del líder Fatahillah (también llamado Sunan Gunung Jati), conquistó el puerto y frustró los planes portugueses. Fatahillah rebautizó la ciudad como Jayakarta, que suele traducirse como 'ciudad de la victoria' o 'gran hazaña'. De ese nombre derivaría, siglos después, el de Yakarta. La fecha de aquella conquista, el 22 de junio, se sigue celebrando hoy como el aniversario de la ciudad.
A comienzos del siglo XVII llegaron los holandeses, decididos a arrebatar a portugueses e ingleses el control del riquísimo comercio de especias. La Compañía Holandesa de las Indias Orientales (la VOC), la primera gran corporación multinacional de la historia, buscaba una base permanente. En 1619, bajo el mando implacable del gobernador general Jan Pieterszoon Coen, las tropas de la VOC arrasaron Jayakarta y fundaron sobre sus cenizas una nueva ciudad: Batavia, en honor a los antiguos bátavos, antepasados legendarios de los holandeses.
Batavia se construyó a imagen de una ciudad holandesa, con canales rectilíneos, murallas, un castillo y casas de ladrillo, en un clima tropical para el que no estaba pensada: los canales estancados se convirtieron en focos de malaria y otras enfermedades, y Batavia se ganó el sombrío apodo de 'el cementerio de Oriente' por su altísima mortalidad. Durante casi dos siglos fue la capital de todo el imperio comercial holandés en Asia y uno de los grandes puertos del mundo, con el monopolio de la nuez moscada, el clavo, la pimienta y otras especias que valían auténticas fortunas en Europa.
La ciudad se sostenía sobre un orden brutal: una minoría europea gobernaba a una población mayoritariamente asiática, con miles de esclavos traídos de distintas partes del archipiélago y de fuera de él, y una comunidad china numerosa y esencial para el comercio. Esa tensión estalló en 1740 en la llamada 'masacre de Batavia' o 'Chinezenmoord', en la que las autoridades y la población europea asesinaron a unos diez mil chinos, uno de los episodios más oscuros de la historia colonial de la ciudad. La VOC, corrupta y endeudada, quebró en 1799 y sus posesiones pasaron al Estado holandés.
Durante el siglo XIX, Batavia siguió siendo la capital de las Indias Orientales Holandesas, la vasta colonia que abarcaba todo el actual territorio de Indonesia. La ciudad creció más allá de sus viejas murallas insalubres: la administración se trasladó a barrios nuevos y más altos hacia el sur, como Weltevreden y, más tarde, el elegante Menteng, con sus bulevares arbolados y villas coloniales. El sistema colonial se apoyaba en la explotación intensiva de las plantaciones —café, azúcar, tabaco, caucho— mediante el llamado 'cultivo forzoso', que enriqueció a los Países Bajos a costa del campesinado javanés.
A comienzos del siglo XX empezó a gestarse en Batavia y otras ciudades un movimiento nacionalista indonesio, alimentado por una nueva generación de jóvenes educados. Un hito fundamental ocurrió en la ciudad el 28 de octubre de 1928: en un congreso juvenil, delegados de todo el archipiélago pronunciaron el 'Juramento de la Juventud' (Sumpah Pemuda), comprometiéndose con una sola patria, una sola nación y una sola lengua, el indonesio. Fue el acta de nacimiento simbólica de la idea de Indonesia como nación.
En 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, el Japón imperial invadió y ocupó las Indias Holandesas, expulsando a los colonizadores europeos. Los japoneses rebautizaron la ciudad como Yakarta (Jakarta), recuperando un nombre indonesio. La ocupación fue dura y explotadora, pero al debilitar el poder holandés y armar y movilizar a jóvenes indonesios, aceleró de forma decisiva el camino hacia la independencia.
El momento más importante de la historia de Yakarta, y de toda Indonesia, ocurrió el 17 de agosto de 1945. Apenas dos días después de la rendición de Japón que puso fin a la Segunda Guerra Mundial, y aprovechando el vacío de poder, los líderes nacionalistas Sukarno y Mohammad Hatta leyeron en una casa de Yakarta una breve y trascendental proclamación de independencia. Con esas pocas líneas nacía la República de Indonesia, y Sukarno se convertía en su primer presidente.
La independencia, sin embargo, no fue reconocida de inmediato. Los holandeses intentaron recuperar su colonia y siguieron cuatro años de guerra revolucionaria, con enfrentamientos, negociaciones y presión internacional. Finalmente, en diciembre de 1949, ante la imposibilidad de sostener la colonia y la condena de la comunidad internacional, los Países Bajos reconocieron la soberanía de Indonesia. Yakarta quedó consagrada como capital de la nueva nación.
Las décadas siguientes transformaron radicalmente la ciudad. Sukarno, con una visión monumental, quiso hacer de Yakarta el escaparate de una nación moderna e independiente: mandó levantar el Monumento Nacional (Monas), la gran mezquita Istiqlal, estadios, avenidas y grandes edificios. Tras la caída de Sukarno y la llegada al poder de Suharto en 1966-1967, comenzó el 'Nuevo Orden', un régimen autoritario de tres décadas bajo el cual Yakarta se modernizó, se llenó de rascacielos y multiplicó su población, pero también acumuló desigualdad, corrupción y tensiones que estallarían al final del siglo.
El fin del siglo XX fue turbulento en Yakarta. En 1998, en medio de una brutal crisis económica asiática, estallaron en la ciudad enormes protestas estudiantiles y disturbios que dejaron cientos de muertos e incluyeron ataques dirigidos contra la comunidad chino-indonesia, uno de los episodios más dolorosos de su historia reciente. Aquellas jornadas forzaron la renuncia del presidente Suharto tras 32 años en el poder y abrieron el período llamado 'Reformasi', la transición de Indonesia hacia la democracia. Yakarta fue el escenario central de aquel cambio.
En el siglo XXI, Yakarta se consolidó como una de las mayores megaciudades del planeta: su área metropolitana, el Jabodetabek, supera los 30 millones de habitantes. Es el motor económico de Indonesia, con un skyline de torres cada vez más alto, una clase media pujante y una vida cultural y gastronómica vibrante. Pero ese crecimiento acelerado trajo problemas descomunales: algunos de los peores atascos de tráfico del mundo, contaminación, y sobre todo un grave hundimiento del suelo. La extracción masiva de agua subterránea y el peso de la urbanización hacen que partes del norte de la ciudad se hundan varios centímetros al año, agravando las inundaciones.
Ante esta situación, el gobierno indonesio tomó una decisión histórica: trasladar la capital administrativa del país a una ciudad nueva, Nusantara, construida desde cero en la isla de Borneo (Kalimantan). El proyecto, iniciado en la década de 2020, busca aliviar la presión sobre una Yakarta al límite. Aunque la capital política se mude, es seguro que Yakarta seguirá siendo el gran corazón económico, financiero y humano de Indonesia: una ciudad imperfecta y desbordante, pero imprescindible para entender el país.