Pocos lugares del mundo pueden presumir de haber cambiado lo que creíamos saber sobre la evolución humana. Flores es uno de ellos. En 2003, en la cueva de Liang Bua, en el oeste de la isla, un equipo de arqueólogos indonesios y australianos desenterró los restos de una especie humana desconocida: individuos adultos de apenas un metro de altura, con cerebros pequeños, que vivieron en Flores hace decenas de miles de años. La bautizaron Homo floresiensis, aunque el mundo la conoció enseguida por su apodo: 'el hobbit', en guiño a las criaturas de Tolkien.
El hallazgo fue una bomba científica. Sugería que una forma humana distinta de la nuestra había sobrevivido en esta isla aislada hasta una época sorprendentemente reciente, conviviendo quizá con otros animales enanos o gigantes fruto del aislamiento insular, como una especie de elefante enano (el Stegodon) que también cazaban. El origen exacto del 'hobbit' y su relación con otras especies humanas siguen siendo objeto de debate, pero su existencia convirtió a Flores en un lugar clave para entender la prehistoria de nuestra especie.
Mucho después de la desaparición de aquellos primeros pobladores, la isla fue colonizada por pueblos austronesios, los antepasados de la mayoría de los habitantes actuales, que llegaron por mar hace miles de años trayendo la agricultura, la navegación y las lenguas de las que derivan las decenas de idiomas que hoy se hablan en Flores. Sobre ese fondo antiquísimo se fue tejiendo la rica diversidad cultural de la isla.
Antes de la llegada de los europeos, Flores no era un reino unificado sino un mosaico de pueblos y culturas, cada uno con su lengua, sus costumbres y su territorio. De oeste a este vivían —y viven— los manggarai, los ngada, los ende, los lio, los sikka, los lamaholot y otros grupos, organizados en clanes y aldeas, muchas veces enfrentados entre sí. La geografía de la isla, con sus montañas y valles aislados, favoreció esa fragmentación y explica la asombrosa diversidad lingüística: en una sola isla se hablan varias lenguas mutuamente ininteligibles.
Buena parte de estas culturas conservó rasgos megalíticos: el uso de grandes piedras para altares, tumbas y monumentos rituales dedicados a los antepasados. Todavía hoy se ven en aldeas como Bena, cerca de Bajawa, donde menhires y dólmenes rodean estructuras sagradas —los 'ngadhu' y 'bhaga'— que representan a los ancestros masculinos y femeninos del clan. La vida giraba en torno al culto a los antepasados, la agricultura del arroz y los rituales que aseguraban el equilibrio con las fuerzas de la naturaleza.
Esa relación con los antepasados y con el más allá impregnaba también el paisaje. En el volcán Kelimutu, el pueblo lio veía —y sigue viendo— en sus tres lagos de colores el destino de las almas de los muertos: un lago para los jóvenes, otro para los ancianos, otro para los espíritus malvados. Aún hoy, esa cosmología convive con el cristianismo, mostrando la profundidad de las creencias tradicionales de Flores.
El giro que hizo de Flores una isla singular dentro de Indonesia llegó a comienzos del siglo XVI con los navegantes portugueses. En su búsqueda de las especias de las islas Molucas, los portugueses recorrieron estas aguas y bautizaron el cabo oriental de la isla como 'Cabo das Flores' ('cabo de las flores'), nombre que acabó designando a toda la isla. Establecieron enclaves comerciales y, sobre todo, trajeron consigo el catolicismo, que misioneros dominicos empezaron a difundir, especialmente en el este de Flores, en zonas como Larantuka y la isla vecina de Solor.
Aquella evangelización, continuada durante siglos, arraigó con una fuerza que no tuvo en casi ningún otro rincón de Indonesia. Todavía hoy Flores es de mayoría católica, un caso llamativo en el país con más musulmanes del mundo. La huella se ve por todas partes: iglesias en cada pueblo, nombres cristianos, procesiones y, sobre todo, la célebre Semana Santa de Larantuka (la Semana Santa 'portuguesa'), una de las celebraciones religiosas más antiguas y emotivas de Asia, con imágenes y ritos heredados de aquellos primeros misioneros.
El dominio portugués fue en realidad limitado y disputado. Con el tiempo, la potencia colonial que se impuso en la región fue la neerlandesa: los holandeses de la Compañía de las Indias Orientales y, más tarde, del Estado colonial, fueron desplazando a los portugueses, que a mediados del siglo XIX cedieron sus derechos sobre Flores a los Países Bajos. Aun así, la semilla católica y el nombre de la isla quedaron como herencia perdurable de aquel primer encuentro con Europa.
Bajo dominio neerlandés, Flores quedó integrada en las vastas Indias Orientales Holandesas, aunque, como muchas islas remotas del este del archipiélago, siguió siendo una tierra periférica y poco desarrollada para la administración colonial. Los holandeses ejercieron un control indirecto, apoyándose en jefes locales, y la isla mantuvo en gran medida sus estructuras tradicionales de clanes y aldeas. La labor más constante fue quizá la de las misiones católicas, que fundaron iglesias, escuelas y hospitales y consolidaron el peso del catolicismo, sobre todo tras la llegada de los misioneros de la Congregación del Verbo Divino a finales del siglo XIX.
La Segunda Guerra Mundial trajo la ocupación japonesa de las Indias, que se derrumbó con la rendición de Japón en 1945. Ese mismo año, los líderes nacionalistas Sukarno y Hatta proclamaron en Yakarta la independencia de Indonesia, y tras años de conflicto con los holandeses, la soberanía del nuevo país fue reconocida en 1949. Flores pasó entonces a formar parte de la República de Indonesia, integrada más tarde en la provincia de Nusa Tenggara Oriental, junto a otras islas de mayoría cristiana del sudeste del archipiélago.
Durante las décadas siguientes, Flores siguió siendo una de las zonas más apartadas y con menos recursos del país, golpeada además por su naturaleza volcánica y sísmica: en 1992, un fuerte terremoto y el tsunami que provocó causaron miles de muertos en el este de la isla, uno de los peores desastres de su historia reciente. La modernización llegó despacio, con carreteras difíciles y una economía basada sobre todo en la agricultura y la pesca.
En las últimas décadas, Flores dejó de ser un rincón olvidado para convertirse en uno de los destinos emergentes más atractivos de Indonesia. Dos imanes explican en buena parte ese cambio. Por un lado, el Parque Nacional de Komodo, creado en 1980 para proteger a los famosos dragones y declarado Patrimonio de la Humanidad, cuya puerta de entrada es Labuan Bajo, en el oeste de la isla. Por otro, el volcán Kelimutu y sus lagos de colores, en el centro, que atraen a viajeros de todo el mundo dispuestos a madrugar para ver su amanecer mágico.
El auge de Komodo transformó Labuan Bajo de aldea pesquera en un puerto turístico en plena expansión, con aeropuerto ampliado, hoteles, cruceros en goleta y una fuerte inversión —a veces polémica— del Gobierno indonesio, que ha apostado por Flores como uno de sus destinos prioritarios. Ese desarrollo trajo empleo y oportunidades, pero también tensiones: subidas de tarifas en el parque, debates sobre el impacto en las comunidades y en la propia fauna, y el desafío de crecer sin arrasar lo que hace especial a la isla.
Hoy Flores ofrece un raro equilibrio: naturaleza espectacular —volcanes, mar de coral, dragones—, culturas tradicionales muy vivas —las casas cónicas de Wae Rebo, premiadas por la Unesco; las aldeas megalíticas ngada; los arrozales en telaraña— y una identidad católica singular. Sigue siendo una isla de caminos lentos y comodidades limitadas fuera de Labuan Bajo, y precisamente por eso conserva un carácter genuino que muchos viajeros buscan. Para quien tiene tiempo y espíritu de aventura, Flores es uno de los grandes tesoros del este de Indonesia.