Borobudur nació del poder y la fe de una gran dinastía. Hacia finales del siglo VIII y comienzos del IX, la llanura de Kedu, en el centro de Java, era el corazón de un reino próspero gobernado por la dinastía Sailendra, de fe budista mahayana. Enriquecidos por el cultivo del arroz en tierras volcánicas fertilísimas y por el comercio marítimo, los Sailendra tenían los recursos, la mano de obra y la ambición espiritual para emprender una obra colosal. Así, a lo largo de unas siete u ocho décadas, se levantó Borobudur, empleando cerca de dos millones de bloques de piedra volcánica (andesita) cortados, tallados y encajados sin mortero.
El nombre 'Borobudur' es de origen incierto: podría derivar de expresiones que significan algo como 'monasterio en la colina' o 'montaña de las virtudes acumuladas'. Lo que sí sabemos es su propósito: no era un templo para entrar y rezar, sino un monumento para recorrer, un gigantesco mandala de piedra concebido como un mapa del universo budista y como un instrumento de peregrinación. El fiel debía ascender por sus nueve niveles en espiral, contemplando los relieves, en un viaje simbólico desde el mundo de los deseos terrenales hasta la iluminación.
La tradición atribuye el diseño a un arquitecto legendario llamado Gunadharma, del que no hay datos históricos, pero cuya figura simboliza el genio anónimo de los constructores. Lo cierto es que Borobudur fue terminado cerca de un milenio antes que las grandes catedrales europeas y de forma contemporánea a otras maravillas del sudeste asiático, y que representa la cima del arte y la ingeniería de la Java clásica.
Borobudur es, ante todo, una enseñanza budista convertida en piedra. Su estructura reproduce la cosmología del budismo mahayana en tres grandes esferas o mundos, que el peregrino atraviesa al ascender. En la base está el Kamadhatu, el 'mundo de los deseos', donde los relieves muestran las pasiones humanas —la codicia, la lujuria, la violencia— y las consecuencias del karma; buena parte de este nivel quedó oculta bajo un refuerzo de piedra añadido en la Antigüedad, quizá para estabilizar el edificio.
En las cinco terrazas cuadradas siguientes se despliega el Rupadhatu, el 'mundo de las formas', el nivel donde el ser humano ya se ha desprendido de los deseos pero sigue atado a las apariencias. Aquí están los más de dos mil seiscientos paneles de relieves narrativos —la vida de Buda, sus vidas anteriores, la peregrinación del joven Sudhana— y cientos de estatuas de Buda en hornacinas. Finalmente, en las tres plataformas circulares superiores se alcanza el Arupadhatu, el 'mundo sin forma', despojado de toda decoración: solo hay 72 estupas caladas, cada una con un Buda meditando en su interior, y en la cima la gran estupa central, cerrada y vacía, símbolo del nirvana, la liberación definitiva.
Así, subir Borobudur es recorrer todo el camino de la existencia según el budismo: desde el apego y el sufrimiento del mundo terrenal, pasando por la disciplina y la contemplación, hasta el vacío luminoso de la iluminación. Es, a la vez, una obra de arte, un libro sagrado y un ejercicio espiritual, todo tallado en piedra volcánica hace más de mil años.
El esplendor de Borobudur duró relativamente poco. Hacia el siglo X, apenas un siglo después de terminarse, el centro de poder de Java se trasladó del centro al este de la isla, por razones que los historiadores aún debaten: quizá una serie de erupciones volcánicas del cercano Merapi, tal vez epidemias, luchas de poder o cambios económicos. Con la corte lejos y sin nadie que lo mantuviera, el gran templo empezó a ser abandonado.
El golpe definitivo al culto llegó siglos más tarde, con la progresiva conversión de Java al islam entre los siglos XV y XVI. El budismo, que había dado sentido al monumento, prácticamente desapareció de la isla, y Borobudur quedó fuera de la vida religiosa y cultural de la población. La naturaleza hizo el resto: las cenizas de las erupciones volcánicas fueron cubriéndolo capa tras capa, la vegetación tropical creció sobre sus terrazas y el gran mandala de piedra se transformó en una colina boscosa, una simple elevación en el paisaje que los campesinos locales evitaban por supersticiones y leyendas.
Durante casi mil años, una de las obras maestras de la humanidad permaneció así, medio enterrada y olvidada por el mundo, sin que nadie recordara del todo su origen ni su sentido. La memoria de Borobudur sobrevivió apenas en tradiciones locales difusas y en algún relato antiguo, a la espera de ser recuperada.
Borobudur volvió a la luz gracias a un episodio de la historia colonial. Entre 1811 y 1816, durante las guerras napoleónicas, Java quedó brevemente bajo control británico, y su teniente gobernador fue Thomas Stamford Raffles, un hombre fascinado por la historia y la cultura de la isla. En 1814, al oír hablar de un gran monumento oculto en la selva cerca de Magelang, Raffles encargó al ingeniero neerlandés Hermann Cornelius que lo investigara. Cornelius y sus hombres talaron la vegetación, quemaron la maleza y excavaron durante semanas hasta sacar a la luz buena parte de la estructura. Aquel 'redescubrimiento' devolvió Borobudur al conocimiento del mundo.
Durante el resto del siglo XIX, el templo, ya de nuevo bajo administración holandesa, fue estudiado, dibujado y, lamentablemente, también expoliado: se llevaron esculturas y piezas como regalos diplomáticos, y sufrió el saqueo de cazadores de recuerdos. A comienzos del siglo XX, el gobierno colonial emprendió la primera gran restauración, dirigida por el ingeniero Theodoor van Erp entre 1907 y 1911, que salvó el monumento del colapso y reconstruyó las terrazas superiores.
Pero el mayor rescate llegó tras la independencia de Indonesia. Entre 1975 y 1982, un colosal proyecto conjunto del gobierno indonesio y la Unesco desmontó, limpió, trató y volvió a montar piedra por piedra las terrazas inferiores —más de un millón de bloques— para frenar el deterioro por el agua y las sales. Fue una de las mayores operaciones de conservación del patrimonio jamás realizadas. En 1991, Borobudur fue inscrito en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.
Hoy Borobudur es a la vez un monumento nacional, un icono turístico de Indonesia y un lugar de culto vivo. Cada año, en la luna llena de mayo, miles de budistas de todo el país y del extranjero celebran allí el Vesak (Waisak), la gran fiesta que conmemora el nacimiento, la iluminación y la muerte de Buda, con una emotiva procesión de faroles que parte del templo de Mendut y llega a Borobudur, devolviendo al monumento su función espiritual original. Para los budistas de Indonesia, minoría en un país de mayoría musulmana, Borobudur es el santuario más sagrado.
El monumento también ha vivido pruebas duras en tiempos recientes. En 1985, una serie de bombas colocadas por extremistas dañó varias estupas, en un atentado que conmocionó al país; los daños fueron reparados. Y en 2010, la gran erupción del volcán Merapi cubrió el templo con una capa de ceniza ácida que obligó a cerrarlo y a emprender una minuciosa limpieza para evitar que la piedra se deteriorara, un recordatorio de que Borobudur sigue viviendo, como hace mil doscientos años, a la sombra de los volcanes.
El gran desafío actual es equilibrar la conservación con el turismo masivo. El desgaste provocado por millones de visitantes pisando la piedra milenaria llevó a las autoridades a limitar drásticamente el acceso: hoy, subir a la estructura requiere reserva previa, cupo diario, guía obligatorio y unas sandalias especiales de fibra vegetal (Upanat) diseñadas para no erosionar los escalones. Son medidas que buscan que este tesoro de la humanidad, que sobrevivió mil años de olvido, ceniza y saqueo, siga en pie para las generaciones futuras.