Rishikesh es un lugar sagrado desde tiempos inmemoriales, mucho antes de que existiera el yoga tal como lo conocemos hoy en Occidente. Su santidad nace de un accidente geográfico cargado de significado: aquí, al pie del Himalaya, el río Ganges —el más sagrado de la India, venerado como una diosa, la madre Ganga— termina su vertiginoso descenso desde las montañas y se prepara para entrar en la llanura. Para los hindúes, el Ganges no es solo un río, sino una divinidad que, según los mitos, descendió del cielo a la tierra, y las aguas que bajan puras y frías del Himalaya en este punto se consideran especialmente benditas y purificadoras.
El propio nombre de la ciudad revela su carácter espiritual. 'Rishikesh' deriva de 'Hrishikesh', uno de los nombres del dios Vishnú (significa algo así como 'señor de los sentidos'), y la palabra evoca también a los 'rishis', los sabios y ascetas de la antigua India. La tradición cuenta que desde épocas remotas, sabios, yoguis y ermitaños se retiraban a estos bosques y orillas para meditar, practicar austeridades y buscar la iluminación, atraídos por la fuerza espiritual del lugar y por la presencia del río sagrado. Varias leyendas de la mitología hindú, ligadas a Vishnú y a los grandes poemas épicos, sitúan aquí episodios sagrados.
Así, durante siglos, Rishikesh fue ante todo un lugar de peregrinación y de retiro espiritual, un punto donde el mundo material y el mundo del espíritu parecían tocarse, a la sombra de las montañas más altas del planeta y al son del Ganges.
Durante siglos, la importancia de Rishikesh estuvo ligada a su papel como puerta de entrada a los grandes peregrinajes del Himalaya. Desde aquí parten, remontando el Ganges y sus afluentes hacia las alturas, las rutas hacia los santuarios más sagrados de la geografía hindú: el circuito del Char Dham ('las cuatro moradas'), que incluye los templos de Yamunotri y Gangotri (cerca de las fuentes de los ríos Yamuna y Ganges), Kedarnath (dedicado a Shiva) y Badrinath (dedicado a Vishnú), todos ellos en lo alto de las montañas. Cada año, durante la temporada en que los pasos de montaña quedan libres de nieve, multitudes de peregrinos pasan por Rishikesh y la vecina Haridwar camino de estos lugares santos.
Esa condición de estación de paso y de lugar sagrado en sí mismo hizo que, a lo largo del tiempo, se fueran estableciendo en Rishikesh numerosos ashrams (centros espirituales donde maestros y discípulos viven y practican) y templos a orillas del río. Los ashrams ofrecían refugio y guía espiritual a peregrinos, ascetas y buscadores, y se convirtieron en centros de estudio y transmisión de las tradiciones hindúes: la filosofía del Vedanta, la meditación, los textos sagrados y las distintas ramas del yoga.
Durante el siglo XX, la construcción de los puentes colgantes que cruzan el Ganges —el histórico Lakshman Jhula y el Ram Jhula— facilitó enormemente el movimiento de peregrinos y devotos entre ambas orillas, donde se concentraban los ashrams y templos. Rishikesh se consolidaba así como uno de los grandes centros espirituales del norte de India, un lugar donde el yoga y la meditación se practicaban en su contexto tradicional, mucho antes de hacerse mundialmente famosos.
El acontecimiento que catapultó a Rishikesh a la fama internacional ocurrió a comienzos de 1968, y tuvo como protagonistas a la banda de rock más famosa del mundo. En febrero de ese año, los cuatro miembros de The Beatles —John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr— viajaron a Rishikesh, junto con sus esposas y novias y otras celebridades de la época (como la cantante Donovan y la actriz Mia Farrow), para estudiar meditación trascendental en el ashram del Maharishi Mahesh Yogi, el gurú indio que había popularizado esa técnica en Occidente y del que la banda se había hecho seguidora.
Los Beatles pasaron varias semanas en el ashram (a orillas del Ganges, el hoy llamado 'Beatles Ashram' o Chaurasi Kutia), siguiendo un régimen de meditación, vida sencilla y desconexión. Fue un período extraordinariamente creativo: alejados del bullicio y la presión, compusieron allí decenas de canciones, buena parte de las cuales terminarían en su célebre álbum doble de 1968 conocido como el 'Álbum Blanco', además de temas que aparecerían en discos posteriores. La estadía no estuvo exenta de tensiones y desilusiones —los distintos miembros se fueron marchando en distintos momentos, algunos decepcionados con el gurú—, pero su huella musical y cultural fue enorme.
La noticia de que los Beatles estaban meditando en un ashram de la India dio la vuelta al mundo y disparó el interés de Occidente por el yoga, la meditación y la espiritualidad oriental. Rishikesh, hasta entonces conocida sobre todo por los peregrinos hindúes, se convirtió de golpe en un imán para viajeros, buscadores espirituales y curiosos de todo el planeta, iniciando su transformación en un destino global. Aquel encuentro entre la cultura pop occidental y la tradición espiritual india fue un momento simbólico de toda una época.
Tras la visita de los Beatles y con el auge del interés global por la espiritualidad oriental en las décadas siguientes, Rishikesh vivió una transformación acelerada. Los ashrams tradicionales, que durante siglos habían servido a peregrinos y ascetas, empezaron a recibir a viajeros de todo el mundo, y proliferaron las escuelas de yoga y meditación orientadas también a un público internacional. La ciudad se ganó a pulso el título de 'capital mundial del yoga', y hoy ofrece desde clases sueltas hasta las populares formaciones de profesores (Yoga Teacher Training) que atraen a miles de personas al año, muchas de las cuales luego enseñan yoga por todo el planeta. En 1999, el gobierno indio incluso empezó a promover a Rishikesh en esa clave, y cada marzo la ciudad celebra el International Yoga Festival.
Pero el Rishikesh moderno desarrolló también, junto a su cara espiritual, una faceta muy distinta: la de capital india de los deportes de aventura. Aprovechando los rápidos del Ganges aguas arriba, la ciudad se convirtió a partir de finales del siglo XX en el gran centro del rafting en aguas bravas del país, al que se sumaron otras actividades como el kayak, el senderismo, el campamento junto al río, la tirolesa y el bungee jumping. Así, la misma ciudad que atrae a quienes buscan calma, meditación y desconexión atrae también a quienes buscan adrenalina y naturaleza.
Esa doble identidad —espiritual y aventurera— convive con la de siempre: la de ciudad santa hindú y puerta de los peregrinajes del Himalaya. En las orillas del Ganges se cruzan cada día sadhus de túnica azafrán, peregrinos que se bañan en el río, yoguis occidentales con esterilla al hombro, mochileros y grupos de rafting empapados. Es una mezcla insólita que forma parte del encanto único de Rishikesh.
La Rishikesh del siglo XXI es una ciudad de algo más de 100.000 habitantes que combina, como pocas, la devoción hindú milenaria con el turismo espiritual y de aventura global. Cada atardecer, el Ganga Aarti a orillas del Ganges reúne a peregrinos y visitantes en un ritual de fuego y cantos que emociona por igual a creyentes y curiosos; cada mañana, en decenas de ashrams y escuelas, gente de todo el mundo despliega su esterilla para practicar yoga frente al río; y cada temporada, miles de personas descienden los rápidos en balsa. La ciudad, declarada oficialmente lugar sagrado, mantiene la prohibición del alcohol y la carne, conservando su carácter especial.
Ese éxito trae también desafíos, y el mayor de todos tiene que ver, precisamente, con el río que le da sentido: el Ganges. La creciente presión del turismo, la construcción y el desarrollo urbano plantean problemas de gestión de residuos y de conservación del entorno natural del Himalaya y del propio río sagrado, cuya limpieza es una preocupación nacional en toda la India (con grandes programas gubernamentales para descontaminarlo). Rishikesh, situada donde el Ganges todavía baja limpio de la montaña, tiene un papel simbólico y práctico en ese esfuerzo. La región es además sísmica y sensible a los desastres naturales del Himalaya (crecidas, deslizamientos), como recordaron trágicamente las grandes inundaciones de Uttarakhand en 2013.
Para el viajero, Rishikesh sigue siendo un lugar especial y transformador: un sitio para bajar el ritmo, respirar el aire fresco de las montañas, aprender yoga y meditación en su tierra de origen, asomarse a la espiritualidad viva del hinduismo y, si se anima, lanzarse a la aventura en el río sagrado. Más de medio siglo después del paso de los Beatles, y muchos siglos después de los primeros rishis, esta ciudad al pie del Himalaya sigue atrayendo a quienes buscan algo más: un poco de paz, de sentido o de asombro, a orillas del río que baja del cielo.