La ciudad más vertiginosa de India nació, paradójicamente, del mar y del barro. Donde hoy se levanta una megaciudad de veinte millones de personas había, hace apenas unos siglos, siete islas separadas por marismas y canales, cubiertas de manglares y palmeras, habitadas por comunidades de pescadores koli, los pobladores originarios de estas costas. Los koli veneraban a una diosa local, Mumbadevi, cuyo nombre —'la madre Mumba'— está en el origen del actual nombre de la ciudad, Mumbai, recuperado oficialmente en 1995 en lugar del colonial 'Bombay'.
Estas islas formaron parte, a lo largo de los siglos, de distintos reinos e imperios hindúes y budistas del oeste de India. De aquella época remota quedan testimonios extraordinarios, como las cuevas de Elephanta, en una isla del puerto, con sus templos rupestres dedicados a Shivá excavados entre los siglos V y VIII, y las cuevas budistas de Kanheri, en lo que hoy es un parque nacional dentro de la ciudad. Eran un cruce de rutas comerciales marítimas, pero sin la importancia que tendrían después.
En el siglo XIV, la región cayó bajo el dominio del sultanato musulmán de Gujarat. Y en 1534, un actor nuevo entró en escena: los portugueses, que en plena expansión por el océano Índico arrebataron las islas al sultán. Fueron ellos quienes, según la explicación más difundida, dieron a la zona el nombre de 'Bom Bahia' o 'Bombaim', la 'buena bahía', por su magnífico puerto natural. Pero los portugueses no supieron ver el potencial de estas islas pantanosas: para ellos, Goa, más al sur, era mucho más importante. Bombay tendría que esperar a otros amos para despegar.
El giro decisivo en la historia de Mumbai fue tan insólito como romántico: la ciudad cambió de dueños como parte de una dote de bodas. En 1661, el rey Carlos II de Inglaterra se casó con la princesa portuguesa Catalina de Braganza, y entre los bienes que ella aportó al matrimonio estaban las islas de Bombay, cedidas por la corona portuguesa a la inglesa. Así, casi por casualidad, uno de los mejores puertos naturales de India pasó a la órbita británica.
Al rey inglés, sin embargo, aquellas islas pantanosas y lejanas le parecían más una molestia que un tesoro, y en 1668 se las arrendó a la Compañía Británica de las Indias Orientales por una suma ridícula: unas pocas libras de oro al año. Fue la mejor inversión imaginable. La Compañía, que buscaba un puerto seguro en la costa oeste, comprendió enseguida el valor estratégico de Bombay —protegido, profundo, fácil de defender— y trasladó allí su principal base regional, en detrimento de la vecina Surat.
A partir de entonces, Bombay creció sin pausa. La Compañía fortificó la ciudad (de ahí el nombre del barrio del Fuerte), atrajo comerciantes de toda India —gujaratíes, parsis, judíos, musulmanes— con una política de tolerancia religiosa que buscaba el negocio por encima de todo, y emprendió una obra titánica que definiría la geografía de la ciudad: unir las siete islas en una sola. Durante los siglos XVIII y XIX, gigantescos proyectos de relleno secaron las marismas y juntaron las islas, creando la península continua sobre la que hoy se asienta el sur de Mumbai. La ciudad literalmente le ganó terreno al mar.
El siglo XIX convirtió a Bombay en una de las grandes ciudades del Imperio británico. Dos motores impulsaron su despegue. El primero fue el algodón: cuando la Guerra de Secesión estadounidense (1861-1865) cortó el suministro de algodón del sur de Estados Unidos a las fábricas inglesas, Bombay se convirtió en el gran proveedor alternativo, y la ciudad vivió un boom económico espectacular. Se abrieron fábricas textiles, florecieron los negocios y surgió una clase de empresarios locales inmensamente ricos, muchos de ellos parsis (la comunidad zoroástrica de origen persa), como la legendaria familia Tata.
El segundo motor fue el ferrocarril. En 1853 partió de Bombay el primer tren de pasajeros de toda Asia, y la ciudad se convirtió en el gran nudo ferroviario del oeste de India, conectada con el algodón del interior y con el puerto que lo exportaba al mundo. La apertura del canal de Suez en 1869 acortó la distancia con Europa y multiplicó su tráfico marítimo. Bombay era, sin discusión, la 'puerta de India'.
Con la riqueza llegó la piedra. La ciudad se llenó de monumentales edificios victorianos de estilo gótico e indo-sarraceno: la deslumbrante estación Victoria Terminus (hoy CSMT), verdadera catedral del ferrocarril, el Alto Tribunal, la Universidad con su torre del reloj, museos y mercados. Décadas más tarde, en los años treinta y cuarenta, una segunda oleada arquitectónica cubriría el frente marítimo de elegantes edificios art déco. Esa combinación única de victoriano y art déco frente al mar sería reconocida en 2018 como Patrimonio de la Humanidad. Bombay se había convertido en una ciudad monumental, cosmopolita y orgullosa, capital económica de la India británica.
Bombay no fue solo la capital económica de la India británica: fue también uno de los grandes escenarios de la lucha por la independencia. En la ciudad se fundó, en 1885, el Congreso Nacional Indio, el partido que lideraría el movimiento nacionalista. Y fue en Bombay donde, en agosto de 1942, Mahatma Gandhi lanzó el histórico llamado 'Quit India' ('Abandonad India'), exigiendo el fin inmediato del dominio británico, en un discurso en el hoy llamado August Kranti Maidan que desató una oleada de protestas por todo el país.
Cuando India alcanzó por fin la independencia en 1947, uno de los momentos más simbólicos ocurrió precisamente en Bombay: en febrero de 1948, las últimas tropas británicas abandonaron el país embarcándose bajo la Puerta de la India, el mismo arco por el que años antes habían desfilado los símbolos del Imperio. El monumento que celebraba el poder colonial se convirtió así en testigo de su final.
En la India independiente, Bombay siguió siendo el corazón financiero, industrial y comercial del país. En 1960, tras un intenso conflicto lingüístico, se convirtió en la capital del nuevo estado de Maharashtra, de mayoría de habla marathi. Y en 1995, el gobierno estatal cambió oficialmente el nombre de la ciudad de 'Bombay' a 'Mumbai', recuperando la raíz local del nombre de la diosa Mumbadevi y dejando atrás la denominación colonial, un cambio cargado de significado político e identitario, aunque muchos habitantes siguen usando ambos nombres con naturalidad.
La Mumbai del siglo XXI es una de las megaciudades más grandes del mundo y el indiscutible centro económico de India: alberga la bolsa de valores, la sede del banco central, las oficinas de las grandes corporaciones y una parte enorme de la riqueza del país. Es también la capital mundial de Bollywood, la industria de cine en hindi que produce cientos de películas al año y alimenta los sueños de todo el subcontinente. A la ciudad llegan cada día miles de personas de toda India buscando una oportunidad, atraídas por ese imán de dinero y fama.
Pero Mumbai es, sobre todo, la ciudad de los contrastes extremos. Aquí conviven, a pocos metros, las torres de los multimillonarios (incluida la residencia privada más cara del mundo) y Dharavi, uno de los asentamientos informales más densos de Asia; el lujo del hotel Taj y la pobreza de quienes duermen en las veredas; las mansiones de Malabar Hill y los trenes de cercanías donde se apretujan millones de trabajadores cada mañana. Esa desigualdad brutal convive con una vitalidad y una resiliencia asombrosas: Mumbai trabaja, se mueve y sueña sin parar.
La ciudad ha atravesado también episodios muy duros: los disturbios intercomunitarios de los años noventa, las inundaciones catastróficas del monzón y, sobre todo, los atentados terroristas de noviembre de 2008, cuando un grupo de terroristas llegados por mar atacó durante tres días varios puntos emblemáticos —la estación CSMT, el hotel Taj, un centro judío—, causando más de 160 muertos y conmocionando al país. Mumbai, fiel a su carácter, se recuperó y siguió adelante. Hoy afronta enormes desafíos de infraestructura, vivienda, tráfico y medio ambiente, mientras construye metros, autopistas marinas y rascacielos. Para el viajero sigue siendo la puerta de entrada al oeste de India y una de las ciudades más humanas, caóticas y fascinantes del planeta: un retrato en vivo de todas las Indias, latiendo a orillas del mar Arábigo.