La historia de Jodhpur es inseparable de la de los rathore, uno de los grandes clanes guerreros rajputs de la India medieval. Según la tradición, los rathore procedían de la región de Kannauj, en las llanuras del Ganges, y tras la caída de sus reinos ante los invasores musulmanes emigraron hacia el oeste, al inhóspito borde del desierto de Thar, donde a partir del siglo XIII fueron construyendo su propio dominio. Esa región árida y castigada por las sequías se llamaría Marwar, un nombre que suele traducirse como 'la tierra de la muerte' o 'la región del desierto', por lo duro de su clima.
La primera capital del reino rathore de Marwar fue Mandore, una antigua ciudad con su propia fortaleza, unos kilómetros al norte de la actual Jodhpur. Desde allí, generaciones de jefes rathore fueron consolidando su poder en un territorio disputado, entre alianzas, guerras con clanes vecinos y la amenaza permanente de las potencias del norte. Los rathore se ganaron fama de guerreros indómitos y orgullosos, fieles al código de honor rajput, y criaron el célebre caballo marwari, de orejas curvadas hacia dentro, símbolo de la región.
A mediados del siglo XV, un ambicioso jefe rathore llamado Rao Jodha heredó un reino debilitado y decidió darle una nueva y más segura capital. Mandore, en el llano, resultaba difícil de defender, y Jodha buscó una colina rocosa y escarpada donde levantar una fortaleza inexpugnable. Ese gesto fundaría la ciudad que llevaría su nombre.
En 1459, Rao Jodha trasladó la capital de Marwar desde Mandore a una colina rocosa y aislada, más fácil de defender, y allí empezó a construir el Fuerte de Mehrangarh, que se convertiría en el símbolo eterno de la ciudad. Al pie de la fortaleza fue creciendo la nueva capital, que tomó el nombre de su fundador: Jodhpur, 'la ciudad de Jodha'. La elección del emplazamiento fue estratégica —una posición dominante, inexpugnable, sobre las rutas del desierto—, aunque la leyenda añade tintes dramáticos a la fundación.
El Fuerte de Mehrangarh no se levantó de un día para otro: fue obra de siglos. Rao Jodha puso los cimientos, pero fueron sus sucesores quienes, generación tras generación, ampliaron las murallas —que llegan a los 36 metros de altura—, añadieron puertas monumentales, palacios ricamente decorados, patios y templos, hasta convertirlo en una de las fortalezas más grandes y espléndidas de India. Su nombre, Mehrangarh, se suele interpretar como 'fuerte del sol' (por Mihir, una divinidad solar de la que los rathore se decían descendientes).
Marwar-Jodhpur se consolidó así como uno de los reinos rajputs más poderosos del oeste de India. Su ubicación en el desierto, lejos de los centros del poder mogol, y la fortaleza de Mehrangarh le dieron una notable capacidad de resistencia. Pero en los siglos siguientes, como el resto de Rajastán, tendría que negociar su lugar frente al gigante mogol que dominaba el norte del subcontinente.
Durante los siglos XVI y XVII, el destino de Marwar estuvo marcado por su relación con el poderoso Imperio mogol que dominaba el norte de India. Como otros reinos rajputs, los rathore alternaron la sumisión y el servicio militar a los emperadores con episodios de resistencia y rebeldía. Algunos maharajás de Jodhpur sirvieron como generales de confianza de los mogoles y combatieron en sus campañas por todo el subcontinente, lo que trajo riqueza y prestigio, pero también tensiones con el orgullo rajput.
El episodio más dramático llegó a fines del siglo XVII, bajo el rígido y expansionista emperador Aurangzeb. A la muerte del maharajá Jaswant Singh, sin heredero directo reconocido, Aurangzeb intentó controlar Marwar directamente y anexionarlo al imperio. Pero un valiente noble rathore, Durgadas Rathore, protagonizó una tenaz resistencia de décadas para proteger al heredero legítimo, el niño Ajit Singh, y devolverle el trono. Aquella lucha, que combinó astucia, guerra de guerrillas y sacrificio, es recordada como una de las grandes gestas del honor rajput y terminó con la restauración de la dinastía en Jodhpur.
Con el debilitamiento del poder mogol en el siglo XVIII, Marwar recuperó su independencia de hecho, aunque quedó envuelto en las luchas por el poder que asolaron el norte de India, incluidas las guerras con la vecina Jaipur y las incursiones de los marathas. En este período, entre conflictos y esplendor cortesano, se enriqueció el patrimonio de la ciudad: se ampliaron los palacios del fuerte y se levantaron templos, havelis y monumentos que aún hoy admiramos.
A comienzos del siglo XIX, Marwar-Jodhpur, como la mayoría de los reinos rajputs, firmó un tratado con la Compañía Británica de las Indias Orientales y se convirtió en un Estado principesco bajo la soberanía británica: conservaba su maharajá y su autonomía interna a cambio de reconocer el poder del Raj en asuntos militares y de exteriores. Bajo este esquema, la dinastía rathore mantuvo su trono y su fasto, mientras la ciudad se modernizaba lentamente con la llegada del ferrocarril y nuevas instituciones.
El episodio más notable del período llegó en el siglo XX con el maharajá Umaid Singh. Ante una prolongada y devastadora sequía que sumió a Marwar en la hambruna a fines de los años veinte, el soberano emprendió una obra colosal que aún hoy domina la ciudad: el palacio de Umaid Bhawan, construido entre 1929 y 1943. Más allá de servir como residencia real, su construcción tuvo un propósito social explícito: dar trabajo y sustento a miles de campesinos y artesanos arruinados por la sequía, en una especie de gigantesca obra pública de socorro. Durante años, la edificación del palacio —uno de los mayores del mundo, en estilo Art Déco e Indo-sarraceno— alimentó a buena parte de la población.
Este gesto, mezcla de vanidad principesca y responsabilidad hacia el pueblo, resume bien el papel ambiguo de los maharajás en el ocaso del Raj: soberanos de un lujo desmesurado y, a la vez, garantes de una relación paternalista con sus súbditos. El palacio, terminado en plena Segunda Guerra Mundial, sería uno de los últimos grandes monumentos de la era de los maharajás.
Tras la independencia de India en 1947, el Estado principesco de Marwar-Jodhpur se integró, como los demás reinos rajputs, en la Unión India, y en 1949 pasó a formar parte del nuevo estado de Rajastán, con Jaipur como capital. Los maharajás perdieron el poder político y, en 1971, también sus títulos oficiales y asignaciones, aunque la familia real de Jodhpur ha conservado un notable prestigio simbólico y buena parte de su patrimonio, que ha sabido reconvertir: el Fuerte de Mehrangarh es hoy un museo modélico gestionado por una fundación familiar, y parte del palacio Umaid Bhawan es un exclusivo hotel de lujo.
La Jodhpur del siglo XXI es una ciudad de más de un millón de habitantes, segundo centro urbano de Rajastán, con una economía basada en el comercio, la artesanía (es un gran centro de especias, muebles, textiles y antigüedades que se exportan a todo el mundo), la industria y, cada vez más, el turismo. Su casco antiguo azul, su fuerte imponente y su ambiente auténtico la han convertido en una de las paradas favoritas de quienes recorren Rajastán, y su imagen —el mar de casas índigo bajo la fortaleza— es una de las más reconocibles de India, reproducida en documentales, películas y campañas de todo tipo.
Para el viajero, Jodhpur ofrece un equilibrio poco común: la grandiosidad de un gran fuerte y palacios reales junto a la calidez de una ciudad que todavía vive a su ritmo, con sus bazares de especias, sus vasos de makhaniya lassi junto a la torre del reloj y sus azoteas donde ver caer la tarde sobre Mehrangarh. Detrás del azul y del brillo del pasado real hay, como en toda India, contrastes y desafíos; pero pocas ciudades logran transmitir con tanta fuerza el carácter recio y hospitalario del corazón del desierto rajput.