Antes de que llegaran los británicos, sus trenes y sus plantaciones de té, estas colinas empapadas de niebla en el filo del Himalaya oriental eran un territorio remoto y escasamente poblado, habitado por el pueblo lepcha, los pobladores originarios de la región, que se llamaban a sí mismos 'los hijos de la nieve'. Los lepcha vivían de la caza, la recolección y una agricultura de montaña, y tenían una relación profundamente espiritual con estos bosques y con la gran montaña que domina el horizonte: el Kanchenjunga, venerado como una divinidad protectora.
El propio nombre de Darjeeling refleja esa raíz espiritual y montañesa. La explicación más aceptada lo hace derivar del tibetano 'Dorje Ling', que significa algo así como 'la tierra del rayo' o 'el lugar del cetro de diamante' (el dorje o vajra, un objeto ritual del budismo tibetano). El nombre habla de un lugar sagrado, batido por las tormentas de montaña, en el que convivían el animismo lepcha y el budismo llegado del Tíbet.
Durante siglos, la región formó parte del reino budista de Sikkim, un pequeño estado himalayo gobernado por una dinastía de reyes-monjes (los Chogyal). Pero era una tierra disputada: al oeste presionaban los gurkhas del reino de Nepal, en plena expansión, y al este el reino de Bután. A fines del siglo XVIII, los gurkhas nepalíes invadieron y ocuparon buena parte de la zona, arrebatándosela a Sikkim. Esa disputa entre reinos himalayos sería, sin saberlo ellos, la puerta de entrada de una potencia mucho mayor: los británicos.
A comienzos del siglo XIX, la Compañía Británica de las Indias Orientales, que dominaba ya buena parte de India, entró en conflicto con el expansivo reino de Nepal. Tras la guerra anglo-nepalí (1814-1816), Nepal tuvo que devolver los territorios que había arrebatado a Sikkim, y los británicos, en el papel de mediadores y protectores del rey de Sikkim, se interesaron por estas colinas. Durante una misión, un par de oficiales británicos quedaron cautivados por el clima fresco y la belleza del lugar, y comprendieron su enorme potencial.
Así, en 1835, la Compañía obtuvo del Chogyal de Sikkim la cesión de la colina de Darjeeling, entonces prácticamente deshabitada. La idea era construir allí un sanatorio y una estación de montaña (hill station), un refugio donde los funcionarios y soldados británicos pudieran escapar del calor sofocante y las enfermedades de las llanuras de Bengala. El aire fresco de la montaña se consideraba curativo, casi milagroso, para los europeos.
La transformación fue rápida. Se trazaron caminos, se levantaron bungalows, iglesias, un club y hoteles, y Darjeeling creció como una pequeña Inglaterra en el Himalaya. Para trabajar en su construcción y, más tarde, en las plantaciones, llegó una enorme oleada de trabajadores de Nepal: esa inmigración masiva de gurkhas nepalíes cambió para siempre la composición de la región, que pasó a tener —como todavía hoy— una mayoría de habla nepalí, muy distinta del resto de Bengala. Con el tiempo, las relaciones con Sikkim se tensaron, hubo fricciones y guerras menores, y Darjeeling terminó firmemente bajo control británico.
El gran giro en la historia de Darjeeling llegó a mediados del siglo XIX con una planta que cambiaría su destino: el té. Los británicos buscaban desde hacía tiempo romper el monopolio chino del té, y descubrieron que el clima fresco y húmedo, la altura, la niebla y el suelo de estas laderas himalayas eran perfectos para cultivarlo. Hacia 1841, un cirujano británico plantó los primeros arbustos experimentales de té traídos de China, y los resultados fueron tan buenos que a partir de la década de 1850 se establecieron las primeras plantaciones comerciales.
El éxito fue arrollador. Las laderas alrededor de Darjeeling se cubrieron de plantaciones (tea gardens), y en pocas décadas la región producía un té de una calidad excepcional, de aroma delicado y afrutado, que se ganó fama mundial y el apodo de 'el champán de los tés'. Ese té, cultivado a gran altura y cosechado a mano por miles de trabajadoras, se convirtió en un producto de lujo en los salones de Europa y en el corazón económico de la región.
La industria del té definió la sociedad de Darjeeling: los propietarios británicos de las fincas, los gerentes, y sobre todo la enorme población de trabajadores de origen nepalí y de otras comunidades que recogían y procesaban la hoja, a menudo en condiciones muy duras. Todavía hoy, el té de Darjeeling —protegido por una denominación de origen que impide llamar así a cualquier otro té— es el gran emblema de la región y una de sus principales fuentes de ingresos, junto con el turismo. Recorrer las plantaciones y catar el té en el lugar donde nació es una de las experiencias esenciales del viaje.
Con el auge del té y del turismo, se hizo urgente resolver un problema: cómo subir mercancías y pasajeros desde la llanura hasta Darjeeling, a más de 2.000 metros de altura, por laderas empinadísimas. La respuesta fue una de las obras de ingeniería más audaces y encantadoras de la era victoriana: el Darjeeling Himalayan Railway, un ferrocarril de vía estrechísima (apenas 61 centímetros de ancho) inaugurado en 1881.
El 'tren de juguete', como se lo conoce por su tamaño diminuto, trepa unos 88 kilómetros desde New Jalpaiguri, casi a nivel del mar, hasta Darjeeling, salvando un desnivel enorme mediante ingeniosas soluciones: curvas cerradísimas, bucles en los que la vía gira sobre sí misma (como el famoso Batasia Loop) y tramos en zigzag donde el tren avanza y retrocede para ganar altura. Sus pequeñas locomotoras de vapor, algunas todavía en funcionamiento, resoplan por la montaña a paso de hombre, atravesando pueblos, plantaciones y bosques.
Más que un medio de transporte, el tren se convirtió en un símbolo de Darjeeling y en una joya del patrimonio ferroviario mundial. En 1999, la Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad, dentro del conjunto de los ferrocarriles de montaña de India. Hoy, aunque el servicio completo sigue existiendo, funciona sobre todo como atracción turística mediante los paseos cortos (joy rides) entre Darjeeling y la estación de Ghum, la más alta de India. Subirse a él, oír su silbato y verlo cruzar el Batasia Loop es viajar en el tiempo a la Darjeeling colonial.
Con la independencia de India en 1947, Darjeeling quedó integrada al estado de Bengala Occidental. Pero su identidad, marcada por la mayoría de habla nepalí (los gorkhas) y por una cultura de montaña muy distinta de la del resto bengalí de las llanuras, generó desde temprano un fuerte sentimiento de diferencia. A lo largo de las décadas creció un movimiento que reclama un estado propio dentro de India —el llamado Gorkhaland— o al menos una autonomía real para la región, con reivindicaciones de reconocimiento cultural, lingüístico y de mejores condiciones de vida.
Ese movimiento tuvo momentos de gran tensión y violencia, sobre todo en la década de 1980 y de nuevo en la de 2000 y 2010, con huelgas prolongadas, protestas y enfrentamientos que a veces paralizaron la región y afectaron al turismo y a la industria del té. Se crearon organismos de administración local con cierta autonomía, como el Consejo Territorial de Gorkhaland, pero el reclamo de fondo sigue latente y es parte esencial de la política de la zona. Para el viajero, esto se traduce, muy de vez en cuando, en algún paro (bandh) que conviene consultar antes de viajar.
Más allá de esas tensiones, la Darjeeling de hoy sigue siendo un destino turístico muy querido, sobre todo por los propios indios que suben de las llanuras a disfrutar del fresco, las vistas y el té. Convive en ella una notable mezcla de culturas —nepalí, tibetana (con una importante comunidad de refugiados del Tíbet), lepcha, bhutia, bengalí—, budismo e hinduismo, iglesias coloniales y monasterios, en un ambiente relajado y cosmopolita. La ciudad afronta desafíos de sobrepoblación, tráfico, deslizamientos y presión sobre su patrimonio, pero conserva intacto su encanto de estación de montaña del Imperio, coronada, cuando el cielo lo permite, por la visión inolvidable del Kanchenjunga. Sigue siendo, dos siglos después de su fundación, uno de los rincones más especiales del Himalaya indio.