Para entender Amritsar hay que empezar por el sijismo, la religión que le da su alma. El sijismo nació en el Punyab a fines del siglo XV, en una tierra de encuentro y a veces de choque entre el hinduismo y el islam, de la mano de Gurú Nanak (1469-1539), el primero de los diez gurús o maestros que moldearían la nueva fe. Nanak predicó un mensaje revolucionario para su tiempo: la existencia de un solo Dios sin forma, común a toda la humanidad; la igualdad radical de todos los seres humanos, sin distinción de casta, religión, sexo o condición; el rechazo de los rituales vacíos, la superstición y el sistema de castas; y una espiritualidad centrada en la honestidad, el trabajo, el recuerdo de Dios y el servicio a los demás.
Aquel mensaje igualitario y práctico caló hondo en el Punyab, y en torno a Nanak fue creciendo una comunidad de discípulos: los 'sijs' (de una palabra que significa 'aprendiz' o 'discípulo'). Tras Nanak, una sucesión de nueve gurús más fue desarrollando la doctrina, la organización y las instituciones de la comunidad. Una de las más entrañables, atribuida al espíritu de Nanak y consolidada por los gurús, fue el langar: la cocina comunitaria donde todos, ricos y pobres, de cualquier casta o religión, se sientan juntos en el suelo a comer la misma comida gratuita, una expresión concreta y cotidiana del principio de igualdad.
En ese contexto de una fe joven y en expansión, uno de los gurús decidió dotar a la comunidad de un centro espiritual propio, un lugar sagrado alrededor del cual pudiera reunirse. Ese lugar sería Amritsar.
La ciudad de Amritsar fue fundada en 1577 por Ram Das, el cuarto gurú del sijismo, que eligió un lugar en la llanura del Punyab para excavar un gran estanque sagrado. De ese estanque viene el nombre de la ciudad: 'Amritsar' significa 'el estanque (sar) del néctar de la inmortalidad (amrit)', el agua bendita que, según la tradición sij, otorga bienestar espiritual. Alrededor del estanque fue creciendo la ciudad, que se convertiría en el gran centro de la comunidad sij.
Fue el sucesor de Ram Das, el gurú Arjan (quinto gurú), quien dio a Amritsar su joya eterna. A comienzos del siglo XVII mandó construir en medio del estanque el Harmandir Sahib ('el templo de Dios'), el santuario que hoy conocemos como el Templo Dorado. Arjan quiso que fuera un templo abierto a todos: hizo colocarle puertas en los cuatro costados, para simbolizar que acogía a gente de todas las direcciones, castas y religiones. Y realizó una obra fundamental: compiló el Adi Granth, la primera versión del libro sagrado sij, reuniendo los himnos de los gurús y de santos hindúes y musulmanes, y lo instaló en el templo, convirtiéndolo en el centro espiritual de la fe.
El gurú Arjan tuvo también un destino trágico que marcó la historia del sijismo: en 1606 fue arrestado y ejecutado por orden del emperador mogol Jahangir, convirtiéndose en el primer mártir sij. Su muerte fue un punto de inflexión: a partir de entonces, la comunidad sij, hasta entonces pacífica y espiritual, comenzó a adoptar también una dimensión de defensa y resistencia frente a la persecución, un giro que profundizarían los gurús siguientes.
El décimo y último gurú humano, Gobind Singh, dio al sijismo su forma definitiva en 1699, cuando fundó la Khalsa, la comunidad de sijs iniciados y comprometidos, una hermandad de creyentes-guerreros dispuestos a defender la fe y la justicia. A los miembros de la Khalsa les dio los cinco símbolos externos (las 'cinco kas') que aún hoy los distinguen, entre ellos el pelo y la barba sin cortar (recogidos bajo el turbante), un peine, un brazalete de acero y una daga. También estableció que, tras él, no habría más gurús humanos y que el gurú eterno sería el libro sagrado, el Guru Granth Sahib.
Durante el siglo XVIII, los sijs sufrieron duras persecuciones por parte de los gobernantes mogoles y de invasores afganos, y el propio Templo Dorado fue profanado y destruido varias veces, y otras tantas reconstruido por la comunidad. De aquellas luchas surgió un pueblo endurecido y organizado en confederaciones guerreras (los misls). A comienzos del siglo XIX, uno de sus líderes, Ranjit Singh, logró unificar el Punyab y fundar un poderoso reino sij independiente, con capital en Lahore, que se extendió por todo el noroeste del subcontinente.
Ranjit Singh, conocido como el 'León del Punyab', fue un gobernante notable: tolerante con hindúes y musulmanes, modernizó su ejército con instructores europeos y convirtió su reino en la última gran potencia independiente de India antes de la conquista británica. Fue él quien recubrió de oro el Harmandir Sahib, dándole su esplendor actual. Su reino, sin embargo, no le sobrevivió mucho: tras su muerte en 1839, las luchas internas lo debilitaron, y los británicos, tras dos guerras, anexionaron el Punyab en 1849, poniendo fin al último gran Estado indio independiente.
Bajo el dominio británico, Amritsar fue escenario de uno de los episodios más oscuros del colonialismo en India. El 13 de abril de 1919, día de la fiesta punjabí del Baisakhi, miles de personas —muchas de ellas peregrinos y familias ajenas a toda política— se habían reunido pacíficamente en el recinto amurallado de Jallianwala Bagh, en parte para protestar contra unas leyes represivas (las Rowlatt Acts) y contra las detenciones de líderes locales. El general británico Reginald Dyer llegó con sus soldados, bloqueó sin aviso la única salida estrecha del jardín y ordenó abrir fuego contra la multitud desarmada, disparando durante unos diez minutos hasta agotar la munición. Las cifras oficiales británicas reconocieron unos 379 muertos, pero las estimaciones indias las elevan a más de mil, con más de un millar de heridos; mucha gente murió atrapada o al arrojarse a un pozo para escapar de las balas.
La masacre de Jallianwala Bagh conmocionó a India y al mundo, y marcó un punto de inflexión en la lucha por la independencia: para muchos indios, incluidos figuras moderadas, cualquier fe en la benevolencia del Raj se derrumbó ese día. El poeta y Nobel Rabindranath Tagore renunció al título de caballero que le habían concedido los británicos en señal de protesta, y el episodio impulsó el movimiento de resistencia de Gandhi. Hoy el jardín es un memorial nacional que conserva los muros con los impactos de bala y el pozo, en recuerdo de las víctimas.
Casi tres décadas después, Amritsar volvió a estar en el centro de la historia. La independencia de India en 1947 vino acompañada de la Partición del subcontinente en dos Estados, India y Pakistán, y la nueva frontera partió en dos precisamente el Punyab. Amritsar quedó en el lado indio, a pocos kilómetros de la línea. La Partición desató uno de los mayores desplazamientos forzados y una de las peores violencias sectarias del siglo XX: entre diez y quince millones de personas cruzaron las fronteras, y entre varios cientos de miles y hasta dos millones murieron. El Punyab, con su población mezclada de sijs, hindúes y musulmanes, fue uno de los epicentros del horror, y Amritsar, ciudad fronteriza, vivió de lleno esa tragedia.
La historia reciente de Amritsar incluye un capítulo doloroso que conviene tratar con sobriedad y precisión. Durante los años setenta y comienzos de los ochenta, en el Punyab creció un movimiento que reclamaba mayor autonomía —y, en su ala más radical, un Estado sij independiente llamado Jalistán—, en un contexto de creciente tensión política y violencia. Un líder religioso radicalizado, Jarnail Singh Bhindranwale, y un grupo de seguidores armados se atrincheraron dentro del complejo del Templo Dorado, el lugar más sagrado del sijismo, fortificándolo.
En junio de 1984, la primera ministra Indira Gandhi ordenó al ejército indio asaltar el complejo para desalojar a los militantes armados, en la llamada 'Operación Estrella Azul' (Operation Blue Star). El operativo militar, con combates dentro del recinto sagrado, causó numerosas víctimas —militares, militantes y también peregrinos y civiles atrapados, con cifras discutidas según las fuentes— y dañó gravemente edificios del complejo, incluido el Akal Takht, uno de sus lugares más venerados. El asalto al santuario más sagrado del sijismo hirió profundamente a la comunidad sij en todo el mundo. Meses después, en octubre de 1984, Indira Gandhi fue asesinada por dos de sus guardaespaldas sijs, en represalia. Su asesinato desató a su vez, en Delhi y otras ciudades, matanzas antisijs que causaron miles de muertos. Fueron años trágicos, cuyas heridas tardaron mucho en cerrar y cuya memoria sigue siendo sensible; se los menciona aquí con respeto por todas las víctimas y sin tomar partido, como parte de la historia que el viajero debe conocer.
Superada aquella época de violencia, el Punyab y Amritsar recuperaron la estabilidad y la prosperidad. La Amritsar del siglo XXI es una ciudad pujante de más de un millón de habitantes, el gran centro espiritual del sijismo y uno de los destinos más visitados del norte de India. El Templo Dorado, restaurado y más luminoso que nunca, recibe a millones de peregrinos y visitantes al año —más incluso que el Taj Mahal—, y su langar sigue dando de comer gratis a decenas de miles de personas cada día, fiel al mensaje de igualdad y servicio de los gurús. La ciudad ha embellecido el entorno del templo, abierto museos como el de la Partición y desarrollado su turismo, sin perder su identidad profunda. Para el viajero, Amritsar sigue siendo, sobre todo, un lugar donde la fe se traduce en hospitalidad, y donde el brillo del oro sobre el agua convive con la memoria de una historia luminosa y también dolorosa.