Mucho antes de que su nombre quedara unido para siempre al Taj Mahal, Agra era un modesto asentamiento a orillas del río Yamuna, en el corazón de las llanuras del norte de India. Algunas crónicas la mencionan ya en tiempos antiguos, pero su historia como ciudad importante arranca a comienzos del siglo XVI, cuando el sultán Sikandar Lodi, de la dinastía afgana que gobernaba entonces el Sultanato de Delhi, la eligió hacia 1504 como capital y la refundó como centro de poder. Su posición estratégica sobre el Yamuna, en el eje que conectaba Delhi con el rico valle del Ganges, la convertía en un enclave codiciado.
El gran giro llegó en 1526. Ese año, en la primera batalla de Panipat, el príncipe centroasiático Babur —descendiente por línea paterna de Tamerlán y por la materna de Gengis Kan— derrotó al último sultán lodi, Ibrahim, y fundó el Imperio mogol, la dinastía que dominaría gran parte del subcontinente durante más de tres siglos. Babur tomó Agra, que se convirtió en una de las primeras capitales del joven imperio. Cuentan las crónicas que el conquistador, acostumbrado a los frescos jardines de Asia Central, encontró el calor y el polvo de la llanura india agobiantes, y que mandó trazar jardines mogoles junto al río para hacer más llevadera la vida en su nueva tierra.
Así, sobre las bases dejadas por los sultanes lodi, Agra empezaba a perfilarse como escenario del imperio que llevaría el arte y la arquitectura indoislámica a su cúspide. Todavía faltaban algunas décadas para su época dorada, pero las piezas estaban en su lugar.
La verdadera edad de oro de Agra llegó con el emperador Akbar el Grande (reinó entre 1556 y 1605), nieto de Babur y una de las figuras más extraordinarias de la historia de India. Akbar hizo de Agra la capital de un imperio en plena expansión y le dio la escala monumental que aún hoy asombra. A partir de 1565 mandó reconstruir en arenisca roja el enorme Fuerte de Agra, una ciudadela palaciega a orillas del Yamuna que sería el centro del poder mogol durante generaciones.
Akbar fue mucho más que un conquistador. Analfabeto pero de una curiosidad insaciable, reformó la administración y las finanzas, integró a la nobleza hindú (los rajputs) en el gobierno y en su propia familia mediante matrimonios, y practicó una política de tolerancia religiosa insólita para su tiempo: convocaba a debatir en su corte a eruditos musulmanes, hindúes, jainistas, zoroastrianos, cristianos jesuitas y ateos, y llegó a promover una síntesis espiritual propia, el Din-i-Ilahi. Ese espíritu se plasmó en piedra en Fatehpur Sikri, la deslumbrante ciudad-palacio que construyó desde 1571 a unos 40 km de Agra como nueva capital, con palacios para sus esposas de distintas religiones y una gran mezquita. La ciudad, sin embargo, fue abandonada pocos años después, al parecer por la falta de agua, y quedó como un conjunto monumental casi intacto.
Bajo Akbar y su hijo Jahangir, Agra floreció como uno de los grandes centros del mundo: una ciudad cosmopolita y riquísima, con talleres de artesanos, comerciantes de toda Asia y una corte refinada que impulsó la pintura en miniatura, la literatura y la arquitectura. El escenario estaba listo para la obra que inmortalizaría a la ciudad.
En 1628 subió al trono mogol Shah Jahan ('rey del mundo'), nieto de Akbar, bajo cuyo reinado la arquitectura del imperio alcanzó su perfección absoluta. Y en el centro de su historia hay una mujer: Arjumand Banu Begum, más conocida por su título de Mumtaz Mahal ('la elegida del palacio'), su esposa favorita y compañera inseparable, que lo acompañaba incluso en las campañas militares. En 1631, Mumtaz murió en el campamento imperial al dar a luz a su decimocuarto hijo. Las crónicas cuentan que el emperador quedó devastado por el dolor y que, en su memoria, decidió erigir el mausoleo más bello que el mundo hubiera visto jamás.
La construcción del Taj Mahal comenzó hacia 1632 y se prolongó durante unas dos décadas. Fue una empresa colosal: se calcula que trabajaron unos 20.000 obreros y artesanos, y que se emplearon miles de elefantes para transportar el mármol blanco traído de las canteras de Makrana, en Rajastán, junto con piedras semipreciosas llegadas de todo el continente —jade y cristal de China, turquesa del Tíbet, lapislázuli de Afganistán, cornalina de Arabia—. El resultado fue una obra de simetría perfecta, con su cúpula bulbosa, sus cuatro alminares, sus jardines y su reflejo en el agua, decorada con finísimas incrustaciones de flores (pietra dura) y caligrafía coránica. Terminado hacia 1653, el Taj Mahal es considerado la cumbre de la arquitectura mogol y una de las obras maestras del patrimonio universal.
El reinado de Shah Jahan, sin embargo, terminó en tragedia. Hacia 1658, gravemente enfermo, sus hijos se enfrentaron por la sucesión. El más ambicioso y austero, Aurangzeb, venció a sus hermanos, se hizo con el poder y encerró a su propio padre en el Fuerte de Agra. Allí, prisionero, Shah Jahan pasó sus últimos ocho años; la tradición romántica cuenta que contemplaba el Taj Mahal a lo lejos, desde una torre de mármol, hasta su muerte en 1666. Fue enterrado junto a Mumtaz, en el mausoleo que había levantado para ella: la única tumba que rompe la simetría perfecta del monumento.
Con Aurangzeb, el último de los grandes emperadores mogoles, la capital del imperio se trasladó de hecho hacia el Decán y luego a Delhi, y Agra perdió su papel central. Tras la muerte de Aurangzeb en 1707, el poder mogol se desintegró rápidamente, y Agra, como tantas ciudades del norte, quedó expuesta a las luchas por los despojos del imperio. A lo largo del siglo XVIII pasó por manos de distintos poderes: los jats de la vecina Bharatpur, que llegaron a saquear la región; los marathas, la confederación hindú que dominó buena parte de India central; y finalmente los británicos, que la tomaron a comienzos del siglo XIX.
Durante este período convulso, los monumentos de Agra sufrieron abandono y expolio. Se sabe que del Taj Mahal y de otros edificios se arrancaron piedras preciosas y elementos decorativos, y que los jardines quedaron descuidados. Existe incluso el relato, muy difundido, de que en el siglo XIX algunos funcionarios británicos consideraron desmantelar el Taj para vender su mármol, aunque no hay pruebas firmes de que el plan fuera real; lo que sí ocurrió es que el monumento estuvo por mucho tiempo maltratado y hasta se realizaron en sus jardines fiestas y picnics coloniales.
El rescate llegó a fines del siglo XIX y comienzos del XX, sobre todo bajo el virrey Lord Curzon, un apasionado del patrimonio indio que impulsó una gran campaña de restauración del Taj Mahal y otros monumentos, reparó los jardines y frenó el deterioro. Fue el comienzo de la conservación moderna de Agra, que sentaría las bases para su futuro como uno de los grandes destinos turísticos del mundo.
La Agra del siglo XXI es, ante todo, una de las ciudades más visitadas del mundo, gracias a que reúne tres monumentos declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco: el Taj Mahal, el Fuerte de Agra y, a las afueras, Fatehpur Sikri. Millones de visitantes de todo el planeta llegan cada año para contemplar el mausoleo de mármol, que en 2007 fue incluido además entre las 'nuevas siete maravillas del mundo' en una votación popular internacional. El turismo es el gran motor económico de la ciudad y da trabajo, directa o indirectamente, a buena parte de su población.
Pero conservar el Taj Mahal es también un enorme desafío. El mármol blanco sufre por la contaminación atmosférica —el humo del tráfico, las industrias y la quema de residuos—, que tiende a amarillearlo, y por la contaminación del río Yamuna, hoy muy degradado. Para protegerlo, la justicia india estableció alrededor del monumento una amplia 'zona de protección del Taj' (Taj Trapezium Zone) con fuertes restricciones a las industrias contaminantes, prohibió la circulación de vehículos a combustión en su entorno inmediato (por eso el acceso final se hace en carritos eléctricos) y se realizan periódicamente tratamientos de limpieza del mármol con arcilla. El equilibrio entre preservar la joya y atender las necesidades de una ciudad populosa y con pobreza sigue siendo delicado.
Más allá de sus monumentos, Agra es hoy una ciudad india bulliciosa y trabajadora, con una importante industria del calzado y del cuero, sus talleres de artesanía en mármol heredados de la época mogol y su dulce típico, el petha. Para el viajero, sigue siendo una parada casi obligada del Triángulo de Oro y un lugar donde, pese al caos, la polución y la presión de los vendedores, se vive uno de los momentos más emocionantes de cualquier viaje: el instante en que, al cruzar la gran puerta de acceso, aparece por primera vez, flotando sobre el jardín, la silueta perfecta del Taj Mahal.