Cuando los navegantes españoles se acercaron por primera vez a esta pequeña isla de las Bisayas, en el siglo XVI, vieron algo que los inquietó: por las noches, la isla entera parecía brillar con un resplandor tenue y sobrenatural. La bautizaron 'Isla del Fuego'. La explicación era mucho menos mágica de lo que parecía —enjambres de luciérnagas que se posaban por millares sobre los árboles de molave, haciendo titilar el bosque—, pero el nombre, y sobre todo la sensación, se quedaron grabados. Desde el principio, Siquijor fue, a ojos de los recién llegados, un lugar distinto, envuelto en misterio.
A ese resplandor inicial se sumó el aislamiento. Siquijor es una isla pequeña, apartada de las grandes rutas, y durante siglos vivió con relativa independencia respecto de los centros de poder. Ese aislamiento favoreció la conservación de tradiciones antiguas, creencias animistas y prácticas de curación popular que en otras partes fueron desapareciendo bajo el peso de la colonización y la Iglesia. En Siquijor, en cambio, esas prácticas se mezclaron con el catolicismo en un sincretismo particular.
El nombre propio de la isla, Siquijor, tiene también su leyenda: se lo suele relacionar con un antiguo jefe local llamado 'Kihod', de modo que 'Katugasan Kihod' o expresiones similares habrían derivado en el nombre actual. Otra tradición lo vincula a la marea baja ('kihod'). Sea cual sea el origen exacto, lo cierto es que, entre las luciérnagas, el aislamiento y las viejas creencias, Siquijor se ganó desde muy temprano su fama de isla encantada, una etiqueta que la acompaña hasta hoy.
Si algo hizo célebre a Siquijor en todo Filipinas es su tradición de curanderos y practicantes de magia popular. En la isla conviven, en el imaginario y en la práctica, dos figuras opuestas: el 'mananambal', el curandero o sanador que usa hierbas, oraciones, aceites y rituales para curar dolencias, deshacer maleficios y proteger; y el 'mambabarang', el hechicero temido que, según la creencia, puede provocar enfermedades y desgracias mediante el 'barang', un maleficio que enviaría insectos al cuerpo de la víctima. Esta tensión entre curar y dañar está en el corazón de la fama mística de la isla.
El momento culminante de estas tradiciones llega en Semana Santa. Durante los días santos, los curanderos de la isla se reúnen para preparar el 'minasa' y, sobre todo, el famoso aceite y los polvos de sanación, en un ritual comunitario que combina la recolección de hierbas, raíces e ingredientes de siete lugares distintos con oraciones y fórmulas transmitidas de generación en generación. Es la época en que muchos filipinos viajan a Siquijor a buscar amuletos ('anting-anting'), pociones y remedios considerados especialmente potentes por haberse hecho en esos días sagrados.
Este sincretismo —mitad catolicismo, mitad creencias precoloniales— es un fenómeno cultural genuino y todavía vivo, no un simple montaje para turistas. Para muchos habitantes de las Bisayas y de Mindanao, Siquijor sigue siendo un lugar de poder, al que se acude con respeto y algo de temor. Para el viajero, visitar a un 'healer' o presenciar (con discreción) estas prácticas es una ventana a una dimensión profunda y poco conocida de la cultura popular filipina.
A pesar de su aura pagana, Siquijor fue también, como el resto de las Bisayas, profundamente evangelizada. Bajo el dominio español, los misioneros —agustinos y luego el clero secular— levantaron en la isla iglesias y conventos de piedra coral que todavía hoy dominan los pueblos. El conjunto más impresionante es el de Lazi: la iglesia de San Isidro Labrador, construida a mediados del siglo XIX con bloques de coral y madera, y frente a ella un enorme convento de dos plantas con estructura de madera, considerado uno de los más grandes y antiguos de su tipo en Filipinas y en Asia, hoy declarado tesoro cultural nacional.
Otras iglesias, como la de San Francisco de Asís en el pueblo de Siquijor, con su campanario que servía de vigía frente a los ataques de piratas, completan un patrimonio colonial notable para una isla tan pequeña. Estas moles de coral, levantadas con trabajo comunitario, eran a la vez templos, refugios y símbolos del nuevo orden. Su presencia muestra que, por más 'mágica' que fuera su fama, Siquijor era también una isla católica, donde las creencias populares y la religión oficial se entrelazaban.
Durante siglos, Siquijor dependió administrativamente de otras provincias. Vivió los mismos avatares que el resto del archipiélago: el largo dominio español, el paso a manos de Estados Unidos tras la guerra de 1898, y la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Mundial, con sus penurias y su resistencia. La isla, remota y sin grandes recursos, quedó siempre algo al margen de los grandes acontecimientos, lo que ayudó a preservar su carácter y sus tradiciones.
Durante buena parte de su historia, Siquijor fue apenas un apéndice de la vecina provincia de Negros Oriental, con cabecera en Dumaguete. Eso cambió el 17 de septiembre de 1971, cuando Siquijor se separó y se constituyó como provincia independiente, con sus seis municipios y su propia identidad administrativa. Fue un reconocimiento a una isla que, pese a su tamaño, tenía carácter propio.
Durante décadas, Siquijor siguió siendo un destino marginal, poco visitado, en parte por su aislamiento y en parte, paradójicamente, por su propia fama: muchos filipinos evitaban la 'isla de los brujos' por superstición. Esa reputación, que ahuyentaba al turismo masivo, terminó siendo una bendición: mantuvo a la isla tranquila, con sus playas vacías, sus cascadas escondidas y sus pueblos apacibles, lejos del desarrollo desbocado que transformó a otros destinos filipinos.
En las últimas décadas, y sobre todo en los últimos años, Siquijor se puso de moda entre viajeros que buscan justamente eso: una isla auténtica, barata y relajada, ideal para recorrer en moto, con un aura especial que la hace distinta. Su cercanía a Dumaguete, a Apo Island y a Bohol la convirtió en una parada natural de las rutas por las Bisayas. El desafío, como en tantos lugares de Filipinas, es crecer sin perder lo que la hace única: la calma, la limpieza de sus aguas y esa mezcla irrepetible de leyenda y paraíso tranquilo que, medio siglo después de convertirse en provincia, sigue siendo su mayor tesoro.