El nombre de este paraíso es, curiosamente, español y muy literal: 'El Nido'. No hace falta traducirlo. Pero, ¿el nido de qué? La respuesta está en los acantilados de piedra caliza que hacen tan espectacular al lugar. En las cuevas y paredes verticales de esas rocas anidan las salanganas, unas aves parecidas a los vencejos que construyen sus nidos con su propia saliva solidificada, adheridos a la roca en lo más alto y recóndito de las cuevas.
Esos nidos no son un detalle menor: son un manjar carísimo. En la cocina china, la 'sopa de nido de golondrina' (bird's nest soup) es una delicadeza de lujo, valorada durante siglos por sus supuestas propiedades y por su rareza. Recolectar los nidos es un oficio antiguo, peligroso y especializado: hay que trepar por las paredes de las cuevas, muchas veces a gran altura y en la oscuridad, para desprenderlos con cuidado. Durante generaciones, ese comercio conectó la remota bahía de Bacuit con los mercados de Asia.
Antes de llamarse El Nido, el lugar era conocido como Bacuit, nombre que todavía lleva la bahía. Fueron los españoles quienes, en el siglo XIX, rebautizaron la zona como 'El Nido' precisamente por esos nidos comestibles que tanto se recolectaban en sus acantilados. Así, el nombre que hoy asociamos con lagunas turquesas y playas de ensueño nació, en realidad, de un ave, una cueva y un plato de sopa: una pequeña historia que resume el cruce de culturas —local, china y española— que marca a todo Palawan.
El Nido no se entiende sin Palawan, la larga y estrecha isla-provincia que se extiende como un puente hacia el suroeste, entre el resto de Filipinas y la isla de Borneo. Palawan es conocida como 'la última frontera' del país: por su lejanía, su baja densidad de población y su naturaleza extraordinariamente conservada, fue durante siglos un territorio remoto y salvaje, y todavía hoy es la provincia con mayor biodiversidad de Filipinas, un refugio de selvas, arrecifes y especies únicas.
Esa 'frontera' está habitada desde tiempos remotísimos. Palawan alberga uno de los yacimientos arqueológicos más importantes del sudeste asiático: las cuevas de Tabon, en el sur de la isla, donde se hallaron restos humanos de decenas de miles de años de antigüedad (el llamado 'Hombre de Tabon'), prueba de que la región fue una de las puertas por las que los primeros humanos poblaron el archipiélago. La cercanía a Borneo hizo de Palawan un puente natural de migraciones y de contactos.
En tiempos precoloniales, la zona de El Nido y el norte de Palawan estaban habitados por pueblos indígenas como los tagbanua y los cuyonon, con culturas propias, ligadas al mar, la pesca, la recolección y el comercio. Los tagbanua, en particular, conservan hasta hoy tradiciones, una escritura ancestral y un vínculo especial con ciertas islas y lagunas sagradas de la región (como en la vecina Coron). Sobre ese sustrato indígena y esa geografía de frontera se construyó la historia de El Nido.
Por su posición entre Filipinas, Borneo y las rutas del mar de la China Meridional, Palawan estuvo desde antiguo conectada con el gran comercio marítimo asiático. Comerciantes chinos, malayos y de otros pueblos recorrían sus costas intercambiando productos, y hay abundantes hallazgos de porcelana china antigua que atestiguan esos contactos. El norte de la isla, con sus escondrijos entre islotes, también fue durante siglos zona de paso de embarcaciones de todo tipo, incluidos los temidos ataques de piratas y de grupos esclavistas del sur.
La colonización española sobre Palawan fue más nominal que efectiva durante gran parte de su historia. A diferencia de Luzón o las Bisayas, densamente pobladas y organizadas por los frailes, Palawan era una frontera lejana, de difícil acceso, escasa población y fuerte presencia de comunidades musulmanas e indígenas independientes, sobre todo hacia el sur. España estableció algunos puestos y misiones, pero nunca controló del todo la isla, que siguió siendo un territorio remoto y periférico dentro del imperio.
En ese contexto, El Nido —entonces Bacuit— era poco más que un pequeño asentamiento de pescadores y recolectores, conocido, si acaso, por sus nidos de golondrina. Su transformación en municipio formal llegó ya avanzada la época colonial y, sobre todo, bajo la administración estadounidense en el siglo XX. Durante muchísimo tiempo, la extraordinaria belleza de la bahía de Bacuit permaneció ignorada por el mundo, conocida solo por quienes vivían de su mar. Esa condición de rincón olvidado, paradójicamente, ayudó a preservar intactos sus paisajes hasta que el turismo los descubrió.
Durante la mayor parte del siglo XX, El Nido siguió siendo un tranquilo pueblo de pescadores en un rincón perdido de Palawan, ajeno por completo al turismo. La transformación empezó a gestarse hacia las últimas décadas del siglo, cuando buceadores y viajeros aventureros comenzaron a llegar atraídos por la fama, todavía secreta, de la increíble bahía de Bacuit. Un hito importante fue la apertura, en los años ochenta, de los primeros resorts de lujo en islas de la bahía, que pusieron a El Nido en el mapa del turismo de alta gama y de la conservación (la zona fue declarada área protegida para preservar su ecosistema marino y terrestre).
El gran salto llegó ya en el siglo XXI, de la mano de internet y las redes sociales. Las imágenes de las lagunas turquesas, los islotes verticales y las playas escondidas de El Nido dieron la vuelta al mundo, y el lugar empezó a aparecer sistemáticamente en las listas de 'las islas más bellas del planeta' de las grandes revistas de viajes. En pocos años, El Nido pasó de destino de mochileros informados a fenómeno turístico masivo: se multiplicaron los hoteles, hostels, restaurantes y operadores de tours, y el pueblo creció a toda velocidad para recibir a un número de visitantes que no dejaba de aumentar.
Ese éxito vertiginoso trajo prosperidad, pero también los problemas típicos del crecimiento acelerado: presión sobre el medio ambiente, gestión de residuos y aguas, saturación en temporada alta y el riesgo de 'morir de éxito'. Las autoridades respondieron con regulaciones —tasas ambientales, límites y controles en las lagunas, campañas de sostenibilidad— para intentar equilibrar el turismo con la conservación de aquello que atrae a la gente. Porque la historia de El Nido es, en el fondo, la de un paraíso frágil que el mundo tardó siglos en descubrir y que ahora debe aprender a cuidar.
El Nido del siglo XXI es una de las estrellas indiscutibles del turismo filipino y uno de los destinos insulares más famosos del mundo. Cada año, cientos de miles de viajeros de todo el planeta llegan hasta este rincón del norte de Palawan para navegar por la bahía de Bacuit, entrar remando a la Big Lagoon, nadar en la Secret Beach o ver el atardecer desde Las Cabañas. Su economía, antes basada en la pesca, gira hoy casi por completo en torno al turismo, que dio trabajo y oportunidades a miles de personas de la zona.
Ese esplendor convive con tensiones muy reales. La popularidad de El Nido lo llevó, en temporada alta, al borde de la saturación: multitud de barcos en las lagunas, playas llenas, presión sobre el agua, la energía y la gestión de la basura en un pueblo cuya infraestructura creció más rápido que sus servicios. El caso de otros destinos filipinos que sufrieron el turismo descontrolado —como Boracay, que el gobierno llegó a cerrar seis meses para rehabilitarlo— es una advertencia siempre presente. Por eso, la sostenibilidad se ha vuelto la palabra clave: control del número de visitantes en las lagunas, tasas ambientales, prohibiciones de plásticos de un solo uso y campañas de concienciación.
Para el viajero, todo esto se traduce en una responsabilidad concreta. Disfrutar de El Nido con conciencia —respetar los corales y no tocarlos ni pisarlos, usar protector solar 'reef-safe', no dejar basura, elegir operadores responsables, ir fuera de los picos de temporada si se puede— no es una imposición, sino la única manera de que este paraíso siga siéndolo. El Nido demuestra, como pocos lugares, que la belleza extrema es también extremadamente frágil, y que el privilegio de conocerla viene con el deber de protegerla.