Hay un dicho que resume Camiguin mejor que cualquier folleto: es la isla que tiene 'más volcanes que pueblos'. En apenas 240 kilómetros cuadrados —un pedacito de tierra que se recorre en un día en moto— se apiñan siete volcanes y una constelación de conos, domos y cráteres que le dan su relieve verde, empinado y humeante. Camiguin no es una isla con volcanes: es, literalmente, una isla hecha de volcanes, levantada del fondo del mar de Bohol por erupciones sucesivas a lo largo de miles de años.
Esa geología ardiente explica todo lo que hace especial al lugar. Los manantiales de agua caliente que brotan al pie del Hibok-Hibok existen porque debajo hay magma; las playas de arena a veces oscura, las rocas negras y los suelos fértiles vienen de la lava y las cenizas; y hasta la famosa dulzura de sus lanzones se atribuye, según los isleños, a la riqueza mineral de su tierra volcánica. La isla forma parte del llamado 'Cinturón de Fuego' del Pacífico, esa herradura sísmica y volcánica donde chocan las placas terrestres y donde Filipinas entera vive, desde siempre, a merced de la tierra que tiembla y arde.
Ese origen no es solo un dato geológico: es el hilo que atraviesa toda la historia de Camiguin. Dos veces, en 1871 y en 1951, los volcanes reescribieron el mapa y la vida de la isla, hundiendo un pueblo bajo el mar y sepultando otro bajo la ceniza. Para entender Camiguin hay que entender que aquí la tierra está viva, y que su belleza serena de hoy convive con la memoria de las veces en que el fuego bajó de la montaña.
Mucho antes de que llegaran los europeos, Camiguin ya estaba habitada por pueblos austronesios emparentados con los de las Bisayas y el norte de Mindanao. De aquellos primeros isleños desciende una de las señas de identidad más singulares del lugar: el kinamiguin (o kamigin), una lengua propia de Camiguin, distinta del cebuano que hoy domina la isla, y que todavía hablan comunidades en algunos pueblos. Es una reliquia lingüística que muestra que la isla tuvo, desde temprano, una población con carácter propio.
El origen del nombre 'Camiguin' se pierde en esa época. Una de las explicaciones más repetidas lo vincula al árbol 'kamagong' (un ébano local de madera durísima) que abundaba en la isla; otra lo relaciona con palabras de las lenguas nativas de la región. Sea cual sea la etimología exacta, el topónimo es anterior a la llegada de los españoles y forma parte del sustrato indígena de la isla.
Como el resto del archipiélago, Camiguin estaba integrada en las redes de intercambio del sudeste asiático y en la vida de los mares interiores de las Bisayas y Mindanao, con comunidades de pescadores y agricultores organizadas a la manera tradicional filipina. No era un lugar aislado ni vacío: cuando las velas europeas asomaron en el horizonte, la isla ya tenía nombre, lengua y gente. Lo que vendría después sería un nuevo capítulo, no el primero.
La tradición cuenta que el primer europeo en avistar Camiguin fue Fernando de Magallanes, en 1521, durante la expedición que puso a Filipinas en el mapa del mundo y que terminaría con su muerte a manos de Lapu-Lapu en la vecina Mactán. Décadas más tarde, en 1565, otros navegantes españoles al servicio de Miguel López de Legazpi recorrieron estas aguas, y con el tiempo la isla quedó incorporada al vasto dominio colonial español que se extendería por más de tres siglos.
Los españoles y las órdenes religiosas fundaron en Camiguin los primeros asentamientos estables. El más importante fue Bonbon, en la costa oeste (en lo que hoy es el municipio de Catarman), que se convirtió en el pueblo principal de la isla, con su iglesia de piedra, su plaza y su cementerio. Alrededor de estas misiones se organizó la vida colonial: la evangelización, el cultivo, los tributos y la defensa frente a las incursiones de piratas y de los grupos del sur. Camiguin era una plaza pequeña y periférica del imperio, pero seguía el mismo patrón que el resto de las Bisayas cristianas.
Durante generaciones, la vida en la isla transcurrió con la lentitud de los pueblos costeros: pesca, agricultura, procesiones y la sombra siempre presente de las montañas humeantes. Bonbon prosperó como cabeza de la isla. Nadie imaginaba que ese pueblo, con su iglesia y su cementerio junto al mar, tenía los días contados: en 1871, la tierra misma iba a tragárselo, dejando como único testigo una cruz sobre las aguas.
El 1 de mayo de 1871 la tierra empezó a temblar en Camiguin, y no paró durante meses. Cerca del pueblo de Bonbon, en la costa oeste, el suelo se abrió y comenzó a crecer un volcán nuevo, un cono de lava que los isleños llamarían Vulcan Daan ('el viejo Vulcan'). Fue uno de esos raros episodios en los que un volcán nace ante los ojos de la gente: durante los años siguientes, entre terremotos y erupciones, el Vulcan siguió levantándose y expulsando lava, mientras la costa de Bonbon se hundía lentamente bajo el nivel del mar.
El pueblo tuvo que ser abandonado. Sus habitantes huyeron y refundaron su comunidad tierra adentro y en lo que hoy es Catarman. El mar, mientras tanto, avanzó sobre las ruinas: la iglesia de piedra quedó en pie, herida, junto a la orilla, y el cementerio del pueblo —con sus tumbas y sus cruces— quedó sumergido bajo las aguas. Así nació, de una catástrofe geológica, el lugar más emblemático de la isla: el Cementerio Hundido (Sunken Cemetery), donde los muertos de Bonbon reposan hoy bajo el mar.
Durante mucho tiempo, una vieja cruz de madera marcó el sitio del camposanto sumergido. Con los años se deterioró, y en 1982 el gobierno provincial de Camiguin levantó una gran cruz blanca de cemento sobre un pedestal en medio del agua, la que hoy ven los viajeros recortada contra el atardecer. Bajo la superficie, los corales han ido cubriendo las lápidas y las estructuras, y el lugar se convirtió en un punto de buceo y en un memorial silencioso. La cruz sobre el mar de Camiguin no es una decoración turística: es la lápida de un pueblo entero que la tierra decidió tragarse.
Si el Vulcan marcó el siglo XIX de Camiguin, el monte Hibok-Hibok marcó el XX con una tragedia mucho más letal. Tras varios episodios de actividad a fines de los años cuarenta (con erupciones en 1948 y 1949), el volcán entró en su fase más mortífera el 4 de diciembre de 1951. Esa mañana, el Hibok-Hibok liberó una nube ardiente —un flujo piroclástico de gases tóxicos, ceniza y roca incandescente— que descendió por sus laderas a gran velocidad y arrasó una franja de varios kilómetros cuadrados, sobre todo en el área de Mambajao.
La catástrofe fue enorme. Se calcula que murieron unas 3.000 personas, muchas asfixiadas o abrasadas por la nube ardiente antes de poder huir. La población de la isla, que rondaba las 69.000 personas antes del desastre, se desplomó: además de los muertos, miles de sobrevivientes emigraron aterrados a Mindanao y otras islas, y Camiguin quedó, durante años, semidespoblada. Fue uno de los peores desastres volcánicos de la historia moderna de Filipinas.
De aquel horror surgió, sin embargo, algo perdurable. La tragedia del Hibok-Hibok evidenció que el país no tenía un sistema serio de vigilancia de sus muchos volcanes, y empujó a las autoridades a crear una comisión especializada para monitorearlos y prevenir nuevas catástrofes. De aquella semilla nació con el tiempo el actual Instituto Filipino de Vulcanología y Sismología (Phivolcs), el organismo que hoy vigila los volcanes y terremotos de todo el archipiélago. En cierto modo, la ciencia que hoy protege a millones de filipinos tiene una de sus raíces en la ceniza de Camiguin.
De aquella isla castigada por el fuego surgió, con el tiempo, la Camiguin apacible y verde de hoy. El volcán se calmó, la gente volvió, la tierra volcánica demostró ser extraordinariamente fértil y la isla encontró en la agricultura y, más tarde, en el turismo de naturaleza su forma de vida. En 1958, Camiguin —que hasta entonces formaba parte de la provincia de Misamis Oriental— se convirtió en una provincia independiente, una de las más pequeñas de todo Filipinas, con capital en Mambajao.
El símbolo de esa fertilidad es el lanzón (lanzones), una fruta pequeña, redonda y traslúcida, de sabor agridulce, que crece en racimos y que en Camiguin alcanza fama de ser la más dulce del país. La isla la celebra cada octubre con el Lanzones Festival, su fiesta mayor, con desfiles, danzas y trajes adornados con la fruta: una manera alegre de honrar a la tierra volcánica que, después de tanta destrucción, devolvió abundancia. Junto a los lanzones, la pesca y otros cultivos completan la economía tradicional.
Hoy Camiguin vive cada vez más del turismo, pero de un turismo distinto al de las islas masificadas: tranquilo, de naturaleza, buceo y aguas termales, que atrae a viajeros en busca de autenticidad y ritmo lento. White Island, el Cementerio Hundido, los manantiales al pie del volcán, las cascadas y el propio Hibok-Hibok son hoy atractivos, no amenazas. Y sin embargo, la isla no olvida de qué está hecha: cada cruz sobre el mar, cada manantial caliente y cada ladera verde recuerdan que Camiguin es, para bien y para mal, hija de sus volcanes.