Antes que cualquier crónica escrita, Bohol tuvo sus propias explicaciones para el paisaje más extraño de Filipinas. Frente a las más de mil colinas cónicas casi idénticas que salpican el centro de la isla, los boholanos no vieron un fenómeno geológico, sino una historia. Una leyenda cuenta que fueron el resultado de una batalla entre dos gigantes que, enfurecidos, se arrojaron rocas y arena durante días; cuando se cansaron y se reconciliaron, dejaron el campo cubierto de montículos que nunca se molestaron en limpiar. Otra versión, más romántica, dice que son las lágrimas petrificadas de un gigante llamado Arogo, que lloró la muerte de una joven mortal de la que se había enamorado.
La geología ofrece una explicación menos poética pero igual de asombrosa: las Chocolate Hills son antiguos depósitos de coral y piedra caliza marina, levantados sobre el nivel del mar y esculpidos durante millones de años por la erosión del agua de lluvia, que fue disolviendo la roca y modelando esos miles de cúpulas de hierba. En la estación seca, cuando la hierba se agosta, se tiñen de marrón chocolate y le dan a la isla su imagen más famosa.
Los habitantes originarios de Bohol eran pueblos austronesios emparentados con los del resto de las Bisayas, organizados en 'barangays' bajo el mando de 'datus'. Vivían de la pesca, el cultivo y el comercio marítimo, y compartían con Cebú y las islas vecinas una cultura, una lengua (el bisaya) y una red de intercambios que conectaba el archipiélago con el resto del sudeste asiático mucho antes de que apareciera la primera vela europea en el horizonte.
En marzo de 1565, la expedición española de Miguel López de Legazpi, que buscaba establecer una base permanente en el archipiélago, llegó a las aguas de Bohol. El recibimiento inicial fue tenso: los locales desconfiaban de los europeos, en parte por las incursiones de piratas portugueses que poco antes habían atacado la isla haciéndose pasar por mercaderes. Pero Legazpi logró ganarse la confianza del jefe local, el datu Sikatuna, y ambos decidieron sellar una alianza a la manera nativa.
El 16 de marzo de 1565, Legazpi y Sikatuna celebraron el 'Sandugo' (que en bisaya significa 'una sangre'): cada uno se hizo un pequeño corte, mezcló unas gotas de su sangre en una copa de vino de palma y bebió la del otro. Era el ritual tradicional del pacto de sangre, con el que dos partes se convertían simbólicamente en hermanos y se comprometían a la amistad y la lealtad mutua. Este gesto pasó a la historia como uno de los primeros tratados de amistad entre filipinos y europeos, y hoy es motivo de orgullo local: se conmemora con un gran monumento cerca de Tagbilaran y con el festival Sandugo, que cada julio llena las calles de música y danzas.
El Sandugo tiene una lectura ambivalente. Para la memoria oficial filipina es un símbolo de encuentro y amistad entre iguales. Pero también fue el primer paso de un proceso de colonización que, en las décadas siguientes, sometería a Bohol y al resto del archipiélago al dominio español. La alianza abrió la puerta a los misioneros y, con ellos, a la evangelización, la construcción de iglesias de piedra y una nueva estructura de poder que cambiaría para siempre la vida de la isla.
Bohol no fue una colonia sumisa. En el siglo XVIII protagonizó la insurrección más larga de toda la historia colonial filipina: la rebelión de Dagohoy, que se mantuvo en pie durante 85 años, de 1744 a 1829. Su origen fue un agravio muy concreto y muy humano. Francisco Dagohoy era un líder local cuyo hermano, un policía rural, murió en cumplimiento del deber persiguiendo a un apóstata. Cuando el cura párroco se negó a darle un entierro cristiano, Dagohoy, indignado por la humillación y por los abusos del clero, se levantó en armas.
Lo que empezó como una venganza personal se transformó en una rebelión masiva. Miles de boholanos se sumaron a Dagohoy y se refugiaron en las montañas y cuevas del interior de la isla, donde establecieron una comunidad libre, al margen del dominio español y del pago de tributos. Durante décadas resistieron a las expediciones enviadas para someterlos; se calcula que llegaron a ser decenas de miles los que vivían en ese territorio insurgente. Dagohoy murió durante la rebelión, pero el movimiento le sobrevivió muchos años.
Recién en 1829, tras varias campañas militares y ofertas de perdón, los últimos rebeldes se rindieron y fueron reintegrados. La rebelión de Dagohoy es un motivo de orgullo para los boholanos, símbolo de un espíritu independiente y de resistencia frente a la injusticia. Junto con el Sandugo, define la identidad histórica de la isla: la que pactó amistad con los españoles fue también la que más tiempo resistió sus abusos.
Tras la pacificación, Bohol se llenó de iglesias de piedra coral levantadas por los frailes: Baclayon (una de las más antiguas de Filipinas), Loboc, Loon, Maribojoc, Dauis. Estas moles barrocas, construidas con trabajo comunitario a lo largo de los siglos XVIII y XIX, eran a la vez templos, fortalezas y centros de la vida de los pueblos, y siguen siendo hoy el testimonio más visible de la huella española en la isla.
En 1898, el dominio español terminó con la revolución filipina y la guerra hispano-estadounidense, y Filipinas pasó a manos de Estados Unidos. Décadas después, la Segunda Guerra Mundial golpeó también a Bohol: la isla fue ocupada por el ejército japonés a partir de 1942 y vivió años de ocupación y de resistencia guerrillera hasta la liberación en 1945. La memoria de aquellos años sigue presente en monumentos y relatos locales.
El golpe más reciente y traumático llegó en tiempos de paz. El 15 de octubre de 2013, un terremoto de magnitud 7,2 sacudió Bohol y las islas vecinas, dejó centenares de muertos y causó daños enormes: varias de las históricas iglesias de piedra se derrumbaron total o parcialmente (Loboc, Loon, Maribojoc), un patrimonio irremplazable. El sismo incluso levantó una franja de terreno en la costa. En los años siguientes, muchos de esos templos fueron restaurados con paciencia, piedra a piedra, y hoy vuelven a formar parte del recorrido cultural de una isla que, una y otra vez, ha sabido reconstruirse.
La Bohol del siglo XXI es una de las grandes estrellas turísticas de Filipinas, y lo es por una combinación difícil de igualar: las Chocolate Hills, el diminuto tarsero, los ríos y cascadas del interior, las iglesias coloniales y, a un paso, las playas de arena blanca y los arrecifes de Panglao. En 2018 la isla dio un salto con la apertura del aeropuerto internacional de Panglao, que la conectó directamente con Manila, Cebú y otros puntos, e impulsó un fuerte crecimiento de la infraestructura hotelera.
Ese auge trajo también debates sobre cómo cuidar lo que atrae a los visitantes. El caso del tarsero es el más claro: durante años, muchos 'santuarios' exhibían a estos frágiles primates nocturnos en jaulas, permitían tocarlos y usar flash, con consecuencias mortales para animales tan sensibles al estrés. La labor de la Philippine Tarsier Foundation y de santuarios serios como el de Corella ayudó a instalar un modelo más ético, en el que los tarseros viven en semilibertad y se los observa a distancia y en silencio. Algo parecido ocurre con la protección de los arrecifes de Balicasag, donde se limitan los visitantes diarios para no dañar el ecosistema.
Bohol es, en ese sentido, un buen espejo del desafío del turismo filipino: cómo mostrar tesoros naturales únicos sin destruirlos. La isla que selló un pacto de sangre con los españoles y que resistió su dominio más tiempo que ninguna otra afronta hoy un nuevo equilibrio, el de recibir a cientos de miles de viajeros al año cuidando sus colinas, sus bosques y su mar. Recorrerla con respeto —elegir bien dónde ver un tarsero, no tocar las tortugas, no dejar basura— es la mejor forma de que siga siendo la isla de las postales imposibles.