Mucho antes de que fuera la megaciudad del K-pop, el lugar donde hoy se levanta Seúl ya estaba habitado. En las orillas del río Han se han encontrado restos de asentamientos prehistóricos, y en el siglo I antes de nuestra era la zona fue el corazón del reino de Baekje, uno de los llamados Tres Reinos que se repartían la península coreana. Su primera capital, Wiryeseong, estaba en el área de la actual Seúl, junto al río, en un enclave estratégico que controlaba el paso del agua y las rutas comerciales. Todavía se conservan vestigios de aquellas fortalezas de tierra, como Pungnaptoseong y Mongchontoseong, en el sur de la ciudad.
Durante siglos, el control del valle del río Han fue disputado por los tres reinos —Baekje, Goguryeo y Silla—, precisamente por su valor estratégico: quien dominaba el Han dominaba el centro de la península. Silla acabó imponiéndose y unificando gran parte del territorio en el siglo VII, y más tarde la región pasó a la dinastía Goryeo (de la que deriva el nombre 'Corea'), que la convirtió en una capital secundaria llamada Namgyeong, la 'capital del sur'.
El destino definitivo del lugar llegó a finales del siglo XIV. En 1392, un general llamado Yi Seong-gye derrocó a la debilitada dinastía Goryeo y fundó una nueva, la dinastía Joseon, que gobernaría Corea durante más de cinco siglos. Convertido en el rey Taejo, buscó una capital nueva para su reino, lejos de la vieja corte, y en 1394 eligió este enclave junto al río Han, protegido por montañas, al que llamó Hanyang. Había nacido, con otro nombre, la futura Seúl.
Cuando el rey Taejo estableció Hanyang como capital de Joseon en 1394, la ciudad se planificó según los estrictos principios del confucianismo y del feng shui (en coreano, pungsu): rodeada de cuatro montañas guardianas, atravesada por arroyos y organizada en torno a los símbolos del poder. Se levantaron los grandes palacios —el principal, el Gyeongbokgung, en 1395—, el santuario ancestral de Jongmyo, donde se rendía culto a los reyes difuntos, y el altar de Sajik. Una muralla de piedra de unos 18 kilómetros, la Hanyangdoseong, cerró la ciudad con grandes puertas, algunas de las cuales, como Namdaemun (Sungnyemun) y Dongdaemun, todavía se conservan.
Durante más de cinco siglos, Hanyang fue el centro de un Estado profundamente confuciano, con una burocracia de funcionarios letrados (los yangban) seleccionados por exámenes, una corte ceremoniosa y una vida cultural refinada. Fue también la ciudad donde, en el siglo XV, el rey Sejong el Grande impulsó la creación del hangul, el ingenioso alfabeto coreano diseñado para que el pueblo llano pudiera leer y escribir, uno de los mayores orgullos de la cultura coreana.
No todo fue paz. A finales del siglo XVI, las invasiones japonesas de Hideyoshi (la guerra Imjin, 1592-1598) arrasaron la ciudad y quemaron sus palacios, incluido el Gyeongbokgung, que quedaría en ruinas durante casi tres siglos. En el siglo XVII llegaron además las invasiones manchúes. Aun así, Hanyang se reconstruyó y siguió siendo la capital de una Corea que, durante buena parte del período, practicó un aislamiento voluntario que le valió el apodo de 'reino ermitaño'.
El siglo XIX puso fin al aislamiento de Corea. Las potencias extranjeras —Japón, China, Rusia, Estados Unidos— presionaron para abrir el país al comercio, y la corte de Joseon se debatió entre la reforma y la resistencia. En 1897, en un intento de afirmar su soberanía frente a esas potencias, el rey Gojong proclamó el Imperio Coreano y se declaró emperador. Pero era demasiado tarde: Japón, en plena expansión, ya había puesto a Corea en su punto de mira. Tras derrotar a China y a Rusia en sendas guerras, impuso primero un protectorado y, en 1910, anexionó formalmente Corea, que se convirtió en colonia japonesa.
Durante los 35 años de dominio colonial (1910-1945), la ciudad fue rebautizada Gyeongseong (Keijo, en japonés) y sometida a una intensa transformación al servicio del imperio. Los japoneses modernizaron infraestructuras, pero también reprimieron con dureza la cultura y la identidad coreanas: se prohibió el idioma en muchos ámbitos, se obligó a adoptar nombres japoneses y se explotó la mano de obra y los recursos del país. En un gesto cargado de simbolismo, las autoridades coloniales desmantelaron parte del palacio Gyeongbokgung y levantaron delante el enorme edificio del Gobierno General, tapando deliberadamente el corazón simbólico de la vieja dinastía (ese edificio sería demolido por Corea en los años 90).
La resistencia coreana no cesó. El 1 de marzo de 1919 estalló en la ciudad y en todo el país el Movimiento del Primero de Marzo, una oleada de manifestaciones pacíficas por la independencia que fue reprimida con violencia y dejó miles de muertos, pero que se convirtió en un hito fundacional del nacionalismo coreano. La liberación solo llegaría en 1945, con la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial.
La alegría de la liberación de 1945 duró poco. Al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la Unión Soviética se repartieron la ocupación de la península por el paralelo 38: los soviéticos al norte, los estadounidenses al sur. Lo que iba a ser una división temporal se congeló con la Guerra Fría, y en 1948 nacieron dos Estados enfrentados: la República de Corea, al sur, con capital en Seúl, y la República Popular Democrática de Corea, al norte, con capital en Pionyang. La península quedó partida en dos.
La tensión estalló el 25 de junio de 1950, cuando las tropas de Corea del Norte cruzaron la frontera e invadieron el sur, dando comienzo a la guerra de Corea. Seúl, por su cercanía al paralelo 38, quedó en el centro de la tormenta y cambió de manos hasta cuatro veces en el transcurso del conflicto: cayó en manos norcoreanas a los pocos días, fue reconquistada por las fuerzas de la ONU tras el desembarco de Incheon en septiembre de 1950, volvió a caer en enero de 1951 con la entrada de China en la guerra y fue finalmente recuperada por el sur. Cada cambio de bando trajo combates, bombardeos y destrucción.
Cuando se firmó el armisticio el 27 de julio de 1953, la guerra dejó millones de muertos en toda la península y una Seúl devastada: gran parte de sus edificios, puentes e infraestructuras estaban en ruinas, y su población, diezmada y desplazada. Pero el armisticio no fue un tratado de paz: técnicamente, las dos Coreas siguen en guerra hasta hoy, separadas por la Zona Desmilitarizada. Seúl quedó a apenas 40 o 50 kilómetros de esa frontera, una cercanía que marca la vida de la ciudad hasta el presente.
La recuperación de Seúl tras la guerra fue tan asombrosa que tiene nombre propio: el 'milagro del río Han' (Hangang-ui gijeok). En apenas una generación, Corea del Sur pasó de ser uno de los países más pobres del mundo, con una capital en ruinas, a convertirse en una potencia industrial y tecnológica. Bajo gobiernos autoritarios primero —en especial la larga dictadura del general Park Chung-hee (1961-1979)—, el Estado impulsó una industrialización acelerada, orientada a la exportación, que hizo crecer a gigantes empresariales (los chaebol) como Samsung, Hyundai o LG, muchos de ellos con sede en Seúl. La ciudad se llenó de fábricas, autopistas, puentes sobre el río Han y bloques de viviendas, y su población se disparó con la llegada masiva de gente del campo.
Ese progreso económico tuvo un costo político. Durante décadas, Seúl fue el escenario de una larga lucha por la democracia: protestas estudiantiles, represión, estados de excepción. El punto de inflexión llegó en junio de 1987, cuando enormes manifestaciones en la capital y en todo el país (el 'Levantamiento Democrático de Junio') forzaron al régimen a aceptar elecciones libres. Corea del Sur se convirtió así en una de las democracias más sólidas de Asia.
El mundo tomó nota del renacer de Seúl con dos grandes escaparates: los Juegos Asiáticos de 1986 y, sobre todo, los Juegos Olímpicos de verano de 1988, que presentaron al planeta una capital moderna, dinámica y orgullosa, lejos ya de la imagen de la guerra. A partir de entonces, Seúl no dejó de crecer y modernizarse: nuevos distritos como Gangnam, rascacielos, un metro de los mejores del mundo y, en el cambio de siglo, la irrupción de la cultura popular coreana como fenómeno global.
El Seúl de hoy es una de las capitales más vibrantes y modernas del planeta, y el epicentro de un fenómeno cultural que ha conquistado el mundo: la 'hallyu' u ola coreana. Desde esta ciudad se irradia el K-pop de grupos como BTS o BLACKPINK, el cine y las series que ganan Óscars y baten récords en las plataformas (de 'Parásitos' a 'El juego del calamar'), la cosmética K-beauty y una gastronomía cada vez más admirada. Barrios como Gangnam, Hongdae o Seongsu concentran agencias de entretenimiento, cafés de diseño, tiendas y estudios que atraen a fans de todo el planeta.
Es, a la vez, una metrópoli de contrastes extraordinarios: en la misma jornada se puede cruzar el patio de un palacio de cinco siglos mientras cambia la guardia con trajes tradicionales, y media hora después subir a un mirador de vidrio en uno de los rascacielos más altos de Asia. Los hanok de Bukchon conviven con las torres de Yeouido; los templos budistas silenciosos, con los neones de la vida nocturna; los mercados centenarios, con los centros comerciales subterráneos más modernos.
La historia reciente sigue viva. En 2016 y 2017, multitudes pacíficas llenaron la plaza de Gwanghwamun en las 'protestas de las velas' que llevaron a la destitución de una presidenta, una muestra más de la salud de la democracia coreana. Y, sobre el conjunto, planea siempre la cercanía de la frontera: Seúl vive con normalidad a apenas unas decenas de kilómetros de una de las fronteras más militarizadas del mundo. Recorrer sus calles es asomarse a la vez al pasado feudal de Hanyang, a las cicatrices del siglo XX y a una de las visiones más futuristas de lo que puede ser una gran ciudad del siglo XXI.