Jeju no siempre fue Corea. Durante gran parte de su historia, esta isla volcánica perdida en el mar fue un reino independiente con nombre propio: Tamna. La leyenda fundacional cuenta que tres semidioses —Go, Yang y Bu— surgieron de tres agujeros en la tierra (el lugar llamado Samseonghyeol, que aún se visita en la capital) y se convirtieron en los ancestros de los habitantes de la isla, casándose con tres princesas llegadas del mar. Ese mito subraya lo que Jeju fue durante siglos: un mundo aparte, con su propia identidad.
Tamna mantuvo relaciones y tributos con los reinos de la península coreana y también con China y Japón, pero conservó una autonomía notable. Recién en el siglo XII quedó bajo la órbita del reino coreano de Goryeo, y en el XV, ya bajo la dinastía Joseon, fue plenamente incorporada como territorio provincial, perdiendo su antiguo estatus.
El aislamiento marcó a fuego la cultura de la isla. Jeju desarrolló un dialecto tan particular que a menudo resulta casi incomprensible para los coreanos del continente, una arquitectura de piedra volcánica negra adaptada al viento, un chamanismo propio con miles de dioses locales, y unas tradiciones únicas. Los isleños resumen su tierra en las 'tres abundancias' (samda): viento, piedra y mujeres. Y también en las 'tres ausencias' (sammu): tradicionalmente no había ladrones, ni mendigos, ni portones en las casas.
De todas las tradiciones que forjó el aislamiento de Jeju, ninguna es tan admirable y singular como la de las haenyeo, las 'mujeres del mar'. Son buceadoras que, sin ningún equipo de oxígeno, se sumergen hasta unos diez metros de profundidad para recoger a mano abulón, erizos, pulpos, caracoles y algas, aguantando la respiración en cada inmersión, faena tras faena, durante horas y en aguas frías. Es una práctica de al menos varios siglos de antigüedad que llegó a definir la economía y la sociedad de la isla.
En una tierra pobre y castigada por el viento, donde la agricultura era difícil, fueron con frecuencia las mujeres quienes sostuvieron a las familias con lo que sacaban del mar. Eso dio a Jeju una estructura social insólitamente matriarcal para la Corea confuciana y patriarcal de la época. Las haenyeo se organizan en comunidades cooperativas, con reglas para no esquilmar el mar, y se reúnen en el 'bulteok', el fuego comunal de la orilla donde se cambian, se calientan y comparten el saber del oficio y la vida.
Hoy muchas haenyeo tienen más de setenta u ochenta años y siguen buceando, mientras las jóvenes rara vez continúan el oficio, de modo que la tradición corre peligro de desaparecer. En reconocimiento a su valor, la UNESCO inscribió en 2016 la cultura de las haenyeo de Jeju como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, y en 2023 la FAO reconoció su sistema pesquero como patrimonio agrícola mundial. Son, con razón, un símbolo de la fuerza, la autonomía y la relación sostenible con el mar de las mujeres de Jeju.
La historia de Jeju tiene un capítulo profundamente doloroso, silenciado durante décadas y que merece contarse con precisión y sobriedad. Es el conocido como 'Jeju 4·3', por la fecha en que comenzó: el 3 de abril de 1948.
El contexto es el de una Corea recién liberada del dominio japonés (1945) y dividida por las potencias en dos zonas de ocupación, con una tensión creciente entre izquierda y derecha en plena Guerra Fría. En Jeju, el malestar venía de atrás: un incidente en marzo de 1947, cuando la policía disparó contra una manifestación y causó varias muertes, y la represión posterior habían encendido los ánimos. El 3 de abril de 1948, en oposición a las elecciones separadas que consolidarían la división del país, un grupo armado vinculado a la izquierda lanzó un levantamiento, atacando puestos de policía y a civiles de derechas.
Lo que siguió fue una represión de una violencia extrema por parte de las fuerzas de seguridad del nuevo gobierno surcoreano (con la supervisión del mando militar estadounidense en el período previo), que se prolongó hasta 1949 y dejó a la isla devastada. Una comisión oficial de investigación estableció más de 14.000 víctimas documentadas —la gran mayoría a manos de las fuerzas de seguridad, no de los insurgentes— y estimó que el número real de muertos pudo llegar a unas 30.000 personas, en su inmensa mayoría civiles, incluidos ancianos, mujeres y niños. Cerca del 70% de los pueblos de la isla fueron incendiados y decenas de miles de casas, destruidas.
Durante casi medio siglo, hablar del 4·3 estuvo prohibido en Corea del Sur. Bajo los sucesivos gobiernos autoritarios y en el clima anticomunista de la Guerra Fría, los hechos fueron silenciados, y a los supervivientes y familiares de las víctimas se los estigmatizó y vigiló durante generaciones. El dolor quedó encerrado en las familias de la isla, incapaces de nombrar en público a sus muertos ni de reclamar justicia.
El silencio empezó a romperse con la democratización de Corea, a partir de finales de los años ochenta. La sociedad civil, los artistas y los académicos rescataron la memoria, y en 2000 el Estado aprobó una ley especial para investigar los hechos. Una comisión nacional documentó lo ocurrido, y en 2003 el presidente de Corea del Sur pidió disculpas oficiales, en nombre del Estado, a las víctimas de Jeju: un hecho histórico de reconocimiento y reparación. Se estableció un día de conmemoración, se construyó el Parque de la Paz 4·3 con su museo y sus memoriales, y comenzó un largo proceso de identificación de restos y de restitución del buen nombre de los muertos.
En 2025, los archivos documentales sobre el 4·3 fueron inscritos en el registro Memoria del Mundo de la UNESCO, un reconocimiento internacional del valor de esa memoria para la humanidad y para la defensa de los derechos humanos. Jeju convirtió así su herida más profunda en una lección: la de una isla que reclama ser recordada como 'isla de la paz'.
El Jeju de hoy es, ante todo, el gran paraíso natural de Corea. Desde la segunda mitad del siglo XX, y sobre todo con el auge del turismo interno y la mejora de las conexiones aéreas, la isla se convirtió en el destino soñado de los coreanos: el lugar de las lunas de miel, de las vacaciones en la playa y de las escapadas de fin de semana desde una Seúl a solo una hora de vuelo. La ruta Seúl-Jeju es, de hecho, una de las líneas aéreas más transitadas del planeta.
Su naturaleza excepcional recibió el máximo reconocimiento internacional: en 2007, la UNESCO declaró Patrimonio de la Humanidad la 'Isla volcánica y los tubos de lava de Jeju', que incluye el volcán Hallasan, el cono de Seongsan Ilchulbong y el sistema de cuevas de lava de Geomunoreum (con Manjanggul). Jeju es, además, Reserva de la Biosfera y Geoparque Mundial de la UNESCO, un raro 'triple' de distinciones. A ese tesoro natural se suma el cultural, con las haenyeo a la cabeza.
Así, la antigua Tamna, el reino independiente del mar, es hoy una isla que reúne muchas capas: la de su naturaleza volcánica única, la de su cultura matriarcal y chamánica, la de su tragedia del 4·3 transformada en memoria y bandera de paz, y la de su presente como destino de descanso y belleza. Recorrer Jeju es asomarse a todas ellas a la vez: subir a un volcán, bajar a un tubo de lava, ver bucear a una haenyeo octogenaria y recogerse ante el nombre de las víctimas de una tragedia. Una isla pequeña que contiene, en su piedra negra y su mar bravío, buena parte del alma de Corea.