Antes de ser la tercera ciudad de Corea y la puerta de entrada del país, Incheon era un modesto conjunto de aldeas de pescadores y salinas asomadas al mar Amarillo, en un litoral de enormes mareas y planicies de fango. El principal de aquellos poblados se llamaba Jemulpo. Durante siglos, la zona tuvo cierta importancia militar por su posición defensiva a la entrada marítima hacia Seúl —la capital estaba a apenas unas decenas de kilómetros río arriba—, y en sus islas se levantaron fortalezas para vigilar el acceso por mar a la corte.
Esa cercanía a Seúl marcaría todo el destino de Incheon. Quien controlara este tramo de costa controlaba la puerta marítima del reino, y por eso el lugar fue escenario de tensiones cada vez que una potencia extranjera intentó forzar la apertura de la Corea aislada del siglo XIX. En la década de 1860 y 1870, expediciones militares francesas y estadounidenses combatieron en las islas cercanas (como Ganghwa) en su intento de abrir el país al comercio, episodios que Corea logró rechazar durante un tiempo.
Pero la presión era imparable. La Corea de la dinastía Joseon, que había mantenido durante siglos una política de aislamiento que le valió el apodo de 'reino ermitaño', se veía cada vez más acorralada entre los intereses de Japón, China, Rusia y las potencias occidentales. La llave para entrar en el país estaba, precisamente, en este puerto tranquilo frente al mar Amarillo.
El momento que cambió Incheon para siempre llegó en 1883, cuando el puerto de Jemulpo fue oficialmente abierto al comercio internacional. Tras el tratado que Japón impuso a Corea en 1876 y los acuerdos posteriores con otras potencias, Corea aceptó abrir varios puertos a los extranjeros, y Jemulpo, por su cercanía a la capital, se convirtió en el más importante de todos: la ventana por la que el mundo entraba en el 'reino ermitaño'.
En muy pocos años, aquella aldea de pescadores se transformó en una ciudad cosmopolita y bulliciosa. Llegaron comerciantes, diplomáticos y misioneros de China, Japón, Estados Unidos, Gran Bretaña, Rusia y otros países, que crearon sus propios barrios o 'concesiones', con consulados, bancos, iglesias, hoteles y casas de comercio. Los comerciantes chinos, sobre todo de la provincia de Shandong, fundaron en 1884 el barrio chino que todavía existe, el más antiguo de Corea, y allí nació con el tiempo el jajangmyeon, los fideos de salsa negra que se harían populares en todo el país. Los japoneses levantaron su propio distrito de calles cuadriculadas y edificios de estilo occidental, muchos de los cuales se conservan hoy en la zona del puerto abierto.
Incheon fue también pionera en muchas 'primeras veces' de la Corea moderna: por aquí entraron el primer ferrocarril del país (la línea Gyeongin, que en 1899 la unió con Seúl), el telégrafo, los faros modernos y el primer parque de estilo occidental (el actual Freedom Park, de 1888). La ciudad se convirtió en un laboratorio de la modernización y, a la vez, en un símbolo de las presiones extranjeras que acabarían con la independencia coreana.
La apertura del puerto no trajo la modernización soberana que Corea buscaba, sino que aceleró su caída bajo la órbita japonesa. Fue en las aguas de Incheon donde comenzó, en 1904, la guerra ruso-japonesa, con un enfrentamiento naval frente al puerto. Un año después, Japón impuso a Corea un protectorado, y en 1910 la anexionó por completo. Durante los 35 años de dominio colonial (1910-1945), Incheon —rebautizada a la japonesa— se desarrolló como puerto industrial y comercial al servicio del imperio, con fábricas, astilleros y almacenes, mientras la población coreana sufría la represión de su cultura y la explotación de su trabajo.
La liberación de 1945 dio paso enseguida a la tragedia de la división. Con la península partida por el paralelo 38 y el estallido de la guerra de Corea en junio de 1950, Incheon quedó, como Seúl, en el epicentro del conflicto. En las primeras semanas, las tropas de Corea del Norte avanzaron casi hasta el extremo sur de la península, arrinconando a las fuerzas del sur y de la ONU en el reducto de Busan. La situación parecía desesperada.
Fue entonces cuando Incheon entró en la historia militar del siglo XX por la puerta grande, con una de las operaciones más audaces y arriesgadas de toda la guerra.
El 15 de septiembre de 1950, en plena guerra de Corea, las fuerzas de las Naciones Unidas lideradas por Estados Unidos lanzaron sobre Incheon una gigantesca operación anfibia, la Operación Chromite, ideada por el general Douglas MacArthur. La apuesta era enormemente arriesgada: Incheon tiene unas de las mareas más extremas del mundo, con diferencias de nivel de varios metros que dejan a la vista vastas planicies de fango y solo permiten desembarcar durante cortas ventanas de tiempo. Muchos oficiales consideraban una locura intentar un desembarco allí. Precisamente por eso, era el último lugar donde los norcoreanos lo esperaban.
La operación fue un éxito rotundo. Miles de soldados desembarcaron por sorpresa muy por detrás de las líneas enemigas y, en pocos días, avanzaron tierra adentro. El desembarco de Incheon cortó las líneas de suministro del ejército norcoreano, que hasta entonces empujaba a las fuerzas de la ONU contra Busan, y permitió reconquistar Seúl apenas dos semanas después. En cuestión de días, el curso de la guerra se invirtió por completo: de estar al borde de la derrota, las fuerzas del sur pasaron a la ofensiva y empujaron al norte hasta cerca de la frontera con China.
El desembarco de Incheon es estudiado hasta hoy en las academias militares como un ejemplo de audacia estratégica, y su memoria está muy presente en la ciudad: en el Freedom Park se alza una estatua del general MacArthur, y varios memoriales recuerdan la operación. Fue el episodio que puso a Incheon en los libros de historia del mundo, aunque, como toda la guerra de Corea, a un altísimo costo humano y con la península condenada a una división que perdura.
Como el resto del país, Incheon protagonizó tras la guerra una recuperación asombrosa. Al calor del 'milagro del río Han', la ciudad creció como gran centro industrial y portuario del área metropolitana de Seúl, con siderurgias, fábricas y uno de los puertos más activos del país. Su población se multiplicó, y en 1981 se convirtió en ciudad metropolitana con estatus propio, separada administrativamente de la provincia que la rodea.
El gran salto a la escena internacional llegó en el año 2001, con la inauguración del Aeropuerto Internacional de Incheon, construido sobre terrenos ganados al mar entre las islas de Yeongjong y Yongyu. Diseñado a lo grande y gestionado con una eficiencia legendaria, se convirtió pronto en uno de los aeropuertos mejor valorados del mundo y en la principal puerta de entrada aérea a Corea, desplazando al viejo Gimpo para los vuelos internacionales. Millones de viajeros de todo el planeta pisan Corea por primera vez en Incheon.
En paralelo, la ciudad apostó por el futuro con el proyecto de Songdo, un distrito internacional de negocios levantado desde cero sobre nuevos terrenos ganados al mar Amarillo, concebido como una 'ciudad inteligente' con rascacielos, un gran parque central, universidades internacionales y sedes de organismos globales. Songdo se convirtió en un escaparate de la ambición coreana, aunque su desarrollo ha sido más lento y desigual de lo que prometían los planos iniciales.
El Incheon de hoy es una ciudad de contrastes que resume, en pocos kilómetros, buena parte de la historia moderna de Corea. En su casco antiguo del puerto abierto sobreviven los edificios de estilo japonés y occidental de finales del siglo XIX, el barrio chino más antiguo del país y las colinas del Freedom Park con su memoria de la guerra. A pocos minutos, el paseo marítimo de Wolmido conserva el aire popular y bullicioso de una ciudad de mar, con sus restaurantes de marisco y su parque de atracciones a la vieja usanza.
Y, a la vez, Incheon mira al futuro como pocas ciudades del país: el aeropuerto que la conecta con el mundo, el distrito de Songdo con sus rascacielos y su parque de canal salado, y los grandes puentes que cruzan el mar hacia las islas. Es una ciudad que sigue creciendo sobre terrenos ganados al agua, fiel a su vieja vocación de frontera entre Corea y el exterior.
En 2014, Incheon acogió los Juegos Asiáticos, otra muestra de su papel como escaparate internacional del país. Para el viajero, la ciudad ofrece algo poco habitual: la posibilidad de recorrer, en una sola jornada, el Incheon de los comerciantes chinos y los cónsules del siglo XIX, el de la audaz operación militar que cambió una guerra, y el de la ciudad inteligente del siglo XXI. Puerta de entrada y de salida de Corea, Incheon es mucho más que la primera y la última imagen del viaje.