Hay lugares cuya historia se lee en el paisaje, y Damyang es uno de ellos. Este condado rural del suroeste de Corea, encajado entre montañas suaves y regado por el arroyo Damyangcheon, tiene una identidad tan clara que cabe en una sola palabra: bambú. Desde tiempos antiguos, el clima templado y húmedo y los suelos de la zona resultaron ideales para el cultivo del bambú, que se convirtió en la base de la vida local.
Durante siglos, los habitantes de Damyang vivieron del bambú: fabricaban con él cestas, esteras, abanicos, muebles, sombreros, utensilios y artesanías que se vendían por toda Corea. El condado llegó a ser el gran centro nacional de la artesanía del bambú, y hasta hoy conserva un mercado tradicional de productos de bambú y un museo dedicado a este material. Esa relación íntima con la planta modeló no solo la economía, sino también la cocina (el arroz cocido en caña de bambú, el té y el licor de sus hojas) y la propia estética del lugar.
Pero la historia de Damyang tiene otra capa, más culta y sorprendente, que la distingue de cualquier otro rincón rural de Corea: la de los jardines y la poesía de los sabios de la dinastía Joseon.
Durante la dinastía Joseon (1392-1897), la ideología oficial del Estado era el neoconfucianismo, y la vida de los letrados (los 'seonbi') giraba en torno al estudio, la virtud y el servicio al Estado. Pero la política de la corte era también un terreno peligroso, sacudido por 'purgas' (sahwa) en las que facciones enteras de funcionarios eran destituidas, exiliadas o ejecutadas. Ante ese peligro, muchos sabios optaron por retirarse de la vida pública y refugiarse en el campo, donde cultivaban un ideal muy coreano: el 'anbinnakdo', hallar paz y placer en una vida sencilla y honesta, lejos de la ambición y en armonía con la naturaleza.
Damyang, con sus valles apacibles y sus bambúes, se convirtió en uno de los destinos predilectos de ese retiro. El caso más famoso es el de Yang San-bo (1503-1557), que abandonó su carrera después de que su maestro y mentor, el reformista Jo Gwang-jo, fuera ejecutado en la purga de 1519. Yang se retiró a un valle de Damyang y construyó allí el jardín de Soswaewon, hacia 1530: un jardín íntimo donde un arroyo cristalino baja entre bambúes, salta en una cascada y forma estanques junto a pabellones de techo de paja. Soswaewon no domina la naturaleza, sino que se integra en ella con delicadeza, y es hoy considerado uno de los jardines privados más bellos y representativos de toda la época Joseon.
A su alrededor surgieron otros pabellones y jardines de contemplación, como el Sikyeongjeong y el Myeonangjeong, convirtiendo esta zona de Damyang en una especie de comunidad de sabios retirados, un paisaje cultural único en Corea.
Aquel retiro de los sabios en los jardines de Damyang no fue solo contemplativo: fue también extraordinariamente fértil desde el punto de vista literario. En estos pabellones, a la orilla de los arroyos, nació y floreció una de las formas más importantes de la literatura clásica coreana: la poesía 'gasa'.
Para entender su valor hay que recordar que, durante siglos, la lengua de la alta cultura en Corea fue el chino clásico; escribir en coreano se consideraba impropio de un letrado serio. La gasa rompió en parte con esa norma: eran largos poemas líricos y narrativos escritos en lengua coreana, que cantaban la belleza del paisaje, la vida retirada, la lealtad al rey o los sentimientos personales. Al usar el idioma del pueblo, la gasa abrió la literatura a un público más amplio y se convirtió en un tesoro de la identidad cultural coreana.
Damyang es reconocida como el 'corazón' de este género. Aquí compusieron algunos de sus más grandes maestros, y de estos valles salieron obras célebres como el 'Gwandong Byeolgok', el 'Samiin-gok' o el 'Seongsan Byeolgok', que se estudian hasta hoy en las escuelas coreanas. Para preservar y difundir ese legado, Damyang alberga el Museo de la Literatura Gasa de Corea, junto a los jardines que inspiraron aquellos versos. Pocos lugares rurales del país pueden presumir de una densidad literaria semejante.
La historia de Damyang no está hecha solo de jardines de recreo: también hay obras nacidas de la necesidad, que con el tiempo se volvieron patrimonio. El mejor ejemplo es el bosque de Gwanbangjerim. En 1648, para proteger a la población de las frecuentes inundaciones del arroyo Damyangcheon, las autoridades locales mandaron plantar hileras de árboles a lo largo de sus orillas, a modo de dique verde que sujetara la tierra y frenara el ímpetu del agua en las crecidas.
Aquella obra de ingeniería ecológica, adelantada a su tiempo, cumplió su función durante siglos. Y los árboles, al crecer, formaron una alameda magnífica de ejemplares centenarios que hoy se extiende unos dos kilómetros y está protegida como Monumento Natural de Corea. Es un caso precioso de cómo una solución práctica de hace casi cuatro siglos se transformó, con la paciencia del tiempo, en uno de los paisajes más queridos del condado.
En la época contemporánea, ya en la segunda mitad del siglo XX, Damyang sumó otra plantación célebre: la avenida de las metasecuoyas. Estos árboles, de crecimiento rápido y silueta cónica, se plantaron a ambos lados de una carretera en la década de 1970 dentro de campañas de reforestación de la época. Décadas después, convertidos en gigantes, formaron el famoso túnel arbolado que hoy es una de las imágenes más reconocibles de Corea. De nuevo, el paisaje de Damyang es fruto de la mano humana y del paso del tiempo.
El Damyang de hoy ha sabido convertir toda esa herencia —el bambú, los jardines, la poesía, los bosques— en un destino turístico entrañable, sin perder su carácter rural y pausado. La creación en 2003 del jardín público de Juknokwon, el bosque de bambú más famoso del país, atrajo a multitudes de visitantes coreanos y transformó la economía local, cada vez más orientada al turismo verde y a la gastronomía del bambú.
El condado abrazó además la filosofía del movimiento internacional 'Slow City' (Cittaslow), que promueve un ritmo de vida más humano y sostenible: el pueblo tradicional de Changpyeong, con sus muros de barro y sus dulces artesanales, obtuvo esa distinción y se volvió emblema de la Corea rural que resiste la prisa. Damyang se presenta hoy con orgullo como una 'ciudad lenta', un antídoto contra el vértigo de Seúl y las grandes urbes.
Así, este condado del suroeste ofrece al viajero un viaje de ida y vuelta en el tiempo: caminar entre bambúes que susurran, pasear bajo metasecuoyas plantadas hace medio siglo, sentarse en un pabellón donde hace cinco siglos un sabio escribía poemas en coreano, y comer arroz cocido en una caña de bambú. Damyang demuestra que a veces la historia más rica no está en los palacios ni en las batallas, sino en la relación paciente y armoniosa de una comunidad con su tierra, su río y sus árboles.