Aunque Protaras es hoy un destino turístico moderno, la costa donde se asienta tiene ecos que se remontan a la Antigüedad. La tradición y algunas fuentes antiguas sitúan en esta zona del sureste de Chipre un pequeño puerto llamado Leukolla, ligado al mundo de las ciudades-reino chipriotas de la Edad del Bronce y de la Antigüedad clásica. Los historiadores lo relacionan con la vecina Salamina, la gran ciudad-reino que dominaba el este de la isla, para la que este tramo de costa habría funcionado como fondeadero secundario.
El episodio más citado vincula Leukolla con el rey Evágoras I de Salamina, una de las grandes figuras de la Chipre clásica (finales del siglo V y comienzos del IV a.C.). Según los relatos, la flota de Evágoras habría utilizado o combatido en las aguas de esta zona en el marco de sus guerras por el control de la isla y su pulso con el Imperio persa. Son datos fragmentarios, propios de una época de la que se conserva poca documentación, pero recuerdan que estas calas hoy dedicadas al ocio fueron, hace más de dos milenios, escenario de la navegación y las luchas del Mediterráneo antiguo.
Más allá de estos vestigios, la zona de Protaras y del municipio de Paralimni al que pertenece formó parte, durante toda la Antigüedad y la Edad Media, de la órbita del este de Chipre, marcada por la cercanía de Salamina primero y de Famagusta después. Pero, a diferencia de esas grandes ciudades, la costa de Protaras permaneció despoblada y sin desarrollo urbano durante siglos, algo que solo cambiaría en época muy reciente.
La verdadera raíz histórica de Protaras no está en la costa, sino tierra adentro, en el pueblo de Paralimni, del que la zona costera forma parte. Paralimni es una localidad tradicional de la región de los Kokkinochoria, 'los pueblos rojos', llamados así por el intenso color rojizo de su tierra, extraordinariamente fértil y famosa en toda Chipre por sus cultivos, en especial las patatas. Durante siglos, la vida de esta comarca giró en torno a la agricultura de esa tierra roja, la ganadería y una comunidad rural muy unida en torno a sus iglesias.
El nombre Paralimni significa 'junto al lago', por un lago estacional cercano que se llenaba en invierno y se secaba en verano. Era un pueblo de interior, modesto y agrícola, alejado del mar y del turismo, como tantos otros de la Chipre tradicional. La franja costera que hoy es Protaras se usaba para la pesca y el pastoreo, sin asentamiento estable: apenas algunas capillas, corrales y caminos.
Durante los siglos de dominio veneciano (hasta 1571), otomano (1571-1878) y británico (desde 1878), esta parte del sureste chipriota siguió siendo profundamente rural. Los grandes acontecimientos de la isla —conquistas, cambios de soberanía, revueltas— se vivían de forma lejana en una comarca dedicada a la tierra. Nada anticipaba que, en la segunda mitad del siglo XX, esas playas ignoradas se convertirían en uno de los destinos turísticos más apreciados de Chipre. Paralimni, el pueblo agrícola, acabaría siendo la cabecera administrativa de una de las zonas costeras más prósperas del país.
Como en el caso de la vecina Ayia Napa, la historia moderna de Protaras está marcada por el año 1974, el más dramático de la Chipre contemporánea. En julio de ese año, un golpe de Estado impulsado por la junta militar griega derrocó al presidente Makarios con la intención de unir la isla a Grecia. Turquía respondió con una intervención militar que ocupó el tercio norte de Chipre, y la isla quedó dividida por una línea de alto el fuego —la 'Línea Verde'— que aún hoy la separa: al norte, la autoproclamada República Turca del Norte de Chipre (reconocida solo por Turquía); al sur, la República de Chipre, de mayoría grecochipriota.
La división tuvo consecuencias enormes para el este de la isla. Famagusta, la gran ciudad turística y comercial, y su moderno barrio de Varosha —uno de los destinos de moda del Mediterráneo en los años sesenta y setenta— quedaron del lado ocupado por Turquía. Varosha fue evacuada y sellada, convirtiéndose en una ciudad fantasma que permanece cerrada desde entonces. La República de Chipre perdió de un día para otro su principal centro turístico costero.
El sur de la isla necesitaba con urgencia desarrollar nuevos destinos que reemplazaran a la Famagusta perdida y sostuvieran la economía y el turismo. Ayia Napa fue la elegida primero, y junto a ella la costa de Protaras, que hasta entonces era poco más que una franja virgen del municipio de Paralimni. Así, la tragedia de la división de Chipre fue, paradójicamente, el origen del desarrollo turístico de Protaras: sus playas ignoradas durante siglos se pusieron de golpe en el mapa por necesidad histórica.
A partir de mediados de los años setenta y, sobre todo, en los ochenta y noventa, la costa de Protaras se transformó a un ritmo vertiginoso. Sobre la franja despoblada del municipio de Paralimni brotaron hoteles, apartamentos, restaurantes y un paseo marítimo, y las playas de aguas turquesas —con Fig Tree Bay a la cabeza— empezaron a atraer a un turismo internacional, sobre todo británico y del norte de Europa. En cuestión de un par de décadas, Protaras pasó de costa virgen a zona balnearia consolidada.
A diferencia de Ayia Napa, que se hizo famosa por su vida nocturna y su ambiente joven y festivo, Protaras se orientó desde el principio a un turismo más tranquilo y familiar. Se posicionó como el destino de las vacaciones en pareja o con niños, de las playas de postal y el descanso frente al mar, dejando la fiesta para la vecina Ayia Napa, a pocos kilómetros. Esa apuesta por la calma y la familia se convirtió en su seña de identidad y en la clave de su éxito.
Con el tiempo, Protaras fue sumando atractivos pensados para ese público: el Ocean Aquarium, el espectáculo de fuentes danzantes, el trenecito turístico, paseos marítimos y una oferta hotelera cada vez más variada, desde apartamentos económicos hasta resorts de lujo. La pequeña iglesia de Profitis Ilias, encaramada en su colina, y las calas del cercano Cabo Greco completaron el catálogo de una localidad que combina naturaleza, playa y ocio familiar.
La Protaras actual es un destino turístico maduro que ha sabido conservar su identidad tranquila y familiar mientras el turismo del sureste de Chipre no dejaba de crecer. Es la contracara sosegada de Ayia Napa: mismas aguas turquesas y arena dorada, pero un ambiente más relajado, pensado para familias, parejas y viajeros que buscan descanso más que fiesta. Sus playas, encabezadas por la premiada Fig Tree Bay, figuran entre las más valoradas de Europa, y su costa de calas de agua cristalina es su gran tesoro.
El entorno natural del Cabo Greco, a un paso, aporta senderos, acantilados, cuevas marinas, la Laguna Azul y calas protegidas como Konnos Bay, que permiten combinar el relax de la playa con la naturaleza. La localidad ha ido diversificando su oferta con atracciones familiares —acuario, fuentes danzantes— y con alojamiento de todas las categorías, manteniendo siempre ese carácter apacible que la distingue.
Como toda la región, Protaras vive a la sombra de la historia reciente de Chipre: a pocos kilómetros está la Línea Verde que divide la isla desde 1974, con Famagusta y la sellada Varosha al otro lado. Esa cercanía recuerda que el próspero presente turístico de esta costa nació, en buena parte, de la tragedia de la división. Hoy, sin embargo, Protaras se ofrece al viajero simplemente como lo que es: uno de los rincones de aguas más bellas del Mediterráneo, un lugar para bajar el ritmo, nadar en calas de postal y disfrutar del sol en calma.