Nicosia es una ciudad muy antigua que, a diferencia de casi todas las demás capitales chipriotas, no está junto al mar. Se levanta en el centro de la isla, en la fértil llanura de Mesaoria, entre las dos cordilleras que estructuran Chipre: el macizo de Troodos al suroeste y la sierra de Pentadáktylos (Kyrenia) al norte. Esa posición central, protegida de los ataques piratas que asolaban la costa, fue la clave de su destino.
En la Antigüedad, aquí existió una de las ciudades-reino de Chipre, llamada Ledra o Ledroi, mencionada ya en fuentes asirias del siglo VII a.C. Era un asentamiento modesto comparado con los grandes reinos costeros como Salamina o Kition, pero sobrevivió mientras aquellos entraban en decadencia. El nombre antiguo pervive hoy en la calle Ledra, la principal arteria del casco antiguo.
Con la caída del mundo antiguo y las incursiones árabes que a partir del siglo VII devastaron repetidamente las ciudades costeras de Chipre, la población empezó a buscar refugio tierra adentro. Nicosia, resguardada en el interior, fue ganando importancia hasta convertirse, hacia el siglo X-XI, en la capital de la Chipre bizantina, condición que ya no perdería. La ciudad tomó entonces la forma que la definiría durante siglos: un centro político y religioso en el corazón de la isla.
El gran salto de Nicosia llegó con la Edad Media. En 1191, durante la Tercera Cruzada, el rey Ricardo Corazón de León conquistó Chipre y poco después la vendió a Guido de Lusignan, un noble franco. Nació así el Reino de Chipre de los Lusignan, una monarquía feudal de estilo francés que gobernó la isla durante casi tres siglos (1192-1489) y que convirtió a Nicosia en su capital y en una de las cortes más ricas y refinadas del Mediterráneo oriental.
Los Lusignan llenaron la ciudad de arquitectura gótica traída de Francia. La obra maestra fue la catedral de Santa Sofía, comenzada a finales del siglo XIII y consagrada en 1326: una auténtica catedral gótica francesa, con arbotantes y arcos apuntados, hoy convertida en la mezquita Selimiye. Se levantaron también la iglesia de San Nicolás, palacios, monasterios y las residencias de una aristocracia que vivía con lujo mientras la mayoría de la población griega ortodoxa quedaba sometida como campesinado.
Fue una época de esplendor pero también de tensiones: la Iglesia católica latina de los conquistadores desplazó a la jerarquía ortodoxa griega, y la sociedad quedó dividida entre una élite franca y una mayoría griega. En 1489, el reino pasó a manos de la República de Venecia, cuando la última reina, Catalina Cornaro, veneciana de origen, cedió la isla a su ciudad natal.
Bajo dominio veneciano (1489-1571), Nicosia siguió siendo la capital, pero la amenaza del creciente Imperio otomano obligó a repensar sus defensas. La antigua muralla medieval, amplia y anticuada, no podía resistir la artillería moderna. Entre 1567 y 1570, los ingenieros venecianos derribaron el recinto viejo y construyeron uno nuevo, más compacto: la muralla en forma de estrella de once baluartes que todavía hoy rodea el casco antiguo. Fue una de las fortificaciones más avanzadas de su tiempo, diseñada para el combate con cañones. Para levantarla se demolieron iglesias, palacios y barrios enteros que quedaban fuera del nuevo perímetro.
De poco sirvió. En julio de 1570, el ejército otomano puso sitio a la ciudad. Tras varias semanas de asedio, Nicosia cayó el 9 de septiembre de 1570. La toma fue extremadamente violenta: las fuentes describen una matanza de buena parte de la población y el saqueo de la ciudad. Las cabezas de los defensores se enviaron como advertencia a Famagusta, que resistiría hasta 1571. Con la caída de Nicosia y luego de Famagusta, toda Chipre quedó bajo dominio otomano.
Los otomanos convirtieron la catedral de Santa Sofía en mezquita, añadiéndole los dos minaretes que hoy la caracterizan, e hicieron lo mismo con otras iglesias. Se construyeron caravasares como el Büyük Han, baños turcos y fuentes. La ciudad adoptó una fisonomía otomana que en parte conserva, sobre todo en el actual sector norte.
Durante los tres siglos de dominio otomano (1571-1878), Nicosia fue la sede del gobernador de la isla. La estructura social cambió: junto a la mayoría griega ortodoxa se asentó una población turcochipriota musulmana, y ambas comunidades convivieron en la ciudad, a menudo en barrios diferenciados en torno a sus iglesias y mezquitas. La Iglesia ortodoxa griega, que los otomanos reconocieron como interlocutora de la comunidad cristiana bajo el sistema del millet, recuperó protagonismo, y el arzobispo de Chipre pasó a ser una figura política además de religiosa.
En 1878, en el marco del declive otomano y de los acuerdos europeos tras la guerra ruso-turca, el Imperio otomano cedió la administración de Chipre al Reino Unido, aunque la soberanía formal siguió siendo nominalmente otomana hasta 1914, cuando Gran Bretaña se anexionó la isla al entrar en guerra contra el Imperio otomano. Chipre se convirtió en colonia de la Corona en 1925.
Bajo los británicos, Nicosia creció más allá de las murallas: se trazaron nuevos barrios, avenidas y edificios administrativos, y la ciudad se modernizó. Pero también creció el nacionalismo. Entre la mayoría grecochipriota se extendió la aspiración a la énosis, la unión con Grecia, mientras la minoría turcochipriota temía quedar sometida y defendía otras opciones. En los años cincuenta, la organización EOKA lanzó una lucha armada contra el dominio británico. Nicosia vivió atentados, disturbios y una creciente violencia intercomunitaria. En 1960, Chipre accedió por fin a la independencia como república, con Nicosia como capital.
La joven República de Chipre, con su compleja constitución de reparto de poder entre grecochipriotas y turcochipriotas, entró pronto en crisis. En diciembre de 1963 estallaron violentos enfrentamientos intercomunitarios en Nicosia. Para separar a los dos bandos, un oficial británico trazó sobre un mapa de la ciudad una línea con un lápiz de color verde: de ahí el nombre de 'Línea Verde', que desde entonces designa la frontera que divide la ciudad y, más tarde, toda la isla. En 1964 se desplegó una fuerza de paz de las Naciones Unidas (UNFICYP) que aún permanece.
La crisis definitiva llegó en 1974. En julio, la Guardia Nacional grecochipriota, apoyada por la dictadura militar entonces gobernante en Grecia, dio un golpe de Estado para forzar la unión con Grecia. En respuesta, Turquía invadió militarmente el norte de la isla en dos oleadas, ocupando cerca del 37 % del territorio. La guerra provocó un enorme desplazamiento de población en ambos sentidos: los grecochipriotas del norte huyeron al sur y los turcochipriotas del sur al norte, dejando pueblos y barrios enteros vacíos. Nicosia quedó definitivamente partida por la Línea Verde, con la zona de amortiguación de la ONU cruzando su casco antiguo.
Este es un tema doloroso y todavía abierto, con relatos y responsabilidades que cada comunidad vive de forma distinta. Conviene abordarlo con sobriedad: hubo víctimas, desaparecidos y desplazados en ambos lados, y las heridas siguen presentes. La ciudad conserva, junto a la Línea Verde, casas tapiadas, calles cortadas y edificios detenidos en 1974.
Medio siglo después, Nicosia sigue siendo la última capital dividida de Europa. Al sur, la República de Chipre es un Estado miembro de la Unión Europea desde 2004 y adoptó el euro en 2008. Al norte, la autoproclamada 'República Turca del Norte de Chipre', declarada en 1983, solo está reconocida por Turquía; para la comunidad internacional y la ONU, ese territorio sigue siendo parte de la República de Chipre bajo ocupación. La zona de amortiguación patrullada por los cascos azules atraviesa el país y su capital.
En 2003 se relajaron por primera vez las restricciones de cruce, y en abril de 2008 se abrió el paso peatonal de la calle Ledra, en pleno casco antiguo, que hoy usan a diario turistas y ciudadanos. Cruzar de un lado a otro —mostrando el pasaporte, sin sello— se ha vuelto un gesto cotidiano, aunque la reunificación política sigue estancada pese a numerosas rondas de negociación auspiciadas por la ONU.
Más allá del conflicto, Nicosia es hoy una capital viva y en transformación. El casco antiguo del sur ha renacido con bares, restaurantes de autor, galerías y talleres, sobre todo en las calles cercanas a la Línea Verde. Es sede de la universidad, del gobierno y de la banca, y una ciudad joven y cosmopolita. Recorrerla es asomarse a la vez a nueve mil años de historia y a una de las fronteras congeladas más singulares del mundo: una experiencia que ninguna otra capital europea puede ofrecer.