Bajo la Larnaca moderna yace Kition, una de las ciudades-reino más antiguas de Chipre. El lugar estuvo habitado desde el segundo milenio a.C., en plena Edad del Bronce, y prosperó gracias al comercio del cobre, el metal que dio fama y riqueza a la isla. Su posición junto a un buen puerto natural la convirtió en un punto clave de las rutas marítimas del Mediterráneo oriental.
Hacia el siglo IX a.C., los fenicios, grandes navegantes y comerciantes procedentes de la actual costa del Líbano, se establecieron en Kition y la convirtieron en una de sus colonias más importantes de Chipre. Levantaron templos —entre ellos un gran santuario dedicado a la diosa Astarté, asimilada a la Afrodita griega— y mantuvieron la ciudad como bastión fenicio incluso cuando el resto de la isla se helenizaba. Los restos de estas murallas y templos pueden verse hoy en el yacimiento arqueológico de Kition, en pleno casco urbano.
Kition tiene además un lugar en la historia del pensamiento universal: aquí nació, hacia el año 334 a.C., Zenón de Citio (Kition), el filósofo que fundó en Atenas la escuela estoica, una de las corrientes más influyentes de la filosofía antigua. El estoicismo, que predicaba el dominio de las pasiones y la vida conforme a la razón y la naturaleza, marcó el pensamiento griego y romano y sigue vigente hoy. Larnaca honra a su hijo más ilustre con estatuas y con el nombre de calles y plazas.
Con la llegada del cristianismo, Kition-Larnaca cobró un significado especial en la tradición cristiana gracias a la figura de San Lázaro. Según los Evangelios, Lázaro de Betania fue el hombre a quien Jesús resucitó cuatro días después de su muerte, uno de los milagros más célebres del Nuevo Testamento. La tradición de la Iglesia de Chipre añade que, tras aquel episodio, Lázaro tuvo que huir de Judea y viajó a Chipre, donde los apóstoles Pablo y Bernabé lo ordenaron obispo de Kition.
Se cree que Lázaro vivió y ejerció como obispo de la ciudad durante unos treinta años, hasta su segunda y definitiva muerte, y que fue enterrado aquí. En el siglo IX-X, el emperador bizantino León VI el Sabio mandó construir sobre su supuesta tumba la iglesia que hoy lleva su nombre, una de las más veneradas de Chipre. Según la tradición, parte de sus reliquias fueron trasladadas a Constantinopla, aunque su sarcófago siguió siendo objeto de culto en Larnaca; en el siglo XX se hallaron restos bajo el altar que reavivaron la devoción.
La fiesta de San Lázaro, el sábado anterior al Domingo de Ramos (el llamado 'Sábado de Lázaro'), es una de las celebraciones religiosas más importantes de la ciudad: su icono se saca en procesión por las calles del casco antiguo en un acto multitudinario que mezcla fe y tradición.
Larnaca guarda también un lugar de enorme importancia para el islam. A orillas del lago salado se levanta la mezquita de Hala Sultan Tekke, construida en torno a la tumba de Umm Haram, una mujer musulmana emparentada, según la tradición islámica, con el profeta Mahoma (habría sido su nodriza o tía materna). Umm Haram acompañó las primeras expediciones árabes que atacaron Chipre a mediados del siglo VII, durante las incursiones musulmanas en el Mediterráneo, y según la tradición murió aquí al caer de su montura, siendo enterrada junto al lago.
El lugar se convirtió en un santuario venerado por los musulmanes. El complejo actual, con su mezquita de cúpula y minarete, sus jardines y sus dependencias para peregrinos, se construyó y amplió sobre todo en los siglos XVIII y XIX, en época otomana. Su emplazamiento, entre palmeras y reflejándose en las aguas del lago salado, lo convierte en uno de los rincones más bellos y serenos de la isla.
Hala Sultan Tekke es un testimonio de la larga presencia musulmana y otomana en Chipre y de la convivencia de religiones en la isla. Hoy es a la vez un lugar de peregrinación islámica y una visita cultural abierta a todos, gestionada por las autoridades de la República de Chipre.
Durante el período otomano (1571-1878), Larnaca vivió su época de mayor esplendor moderno. Mientras otras ciudades chipriotas decaían, Larnaca se convirtió en el principal puerto comercial de la isla y en su centro diplomático. La razón era su buen fondeadero y su relativa seguridad: aquí se instalaron los cónsules de las potencias europeas —Francia, Inglaterra, Venecia, los Países Bajos y otras— y una próspera colonia de comerciantes extranjeros que comerciaban con algodón, seda, sal y otros productos.
Este carácter cosmopolita e internacional dio a Larnaca un ambiente particular, más abierto que el de otras ciudades de la isla. El barrio consular, con sus casas señoriales y sus iglesias de distintas confesiones, reflejaba esa diversidad. La sal recogida en el lago salado fue durante siglos uno de los recursos económicos más valiosos de la ciudad y un monopolio muy lucrativo.
De esta época otomana data también el elegante acueducto de Kamares, construido en el siglo XVIII por el gobernador otomano para abastecer de agua a la ciudad. Sus arcos de piedra, que aún se conservan, son uno de los símbolos de Larnaca. La ciudad mantuvo su papel de puerto y de centro comercial hasta bien entrado el período británico, cuando el desarrollo de Limassol y Famagusta le fue restando protagonismo.
En 1878, Chipre pasó a administración británica, y Larnaca continuó siendo un puerto y una ciudad de cierta importancia, aunque poco a poco eclipsada por el crecimiento de Limassol y de Famagusta. Bajo los británicos, la ciudad se modernizó con nuevas infraestructuras, y su comunidad seguía siendo mixta, con población grecochipriota y turcochipriota conviviendo en distintos barrios.
Como el resto de la isla, Larnaca vivió las tensiones que condujeron a la independencia: el auge del nacionalismo grecochipriota y de la aspiración a la énosis (unión con Grecia), la lucha de la EOKA contra el dominio británico en los años cincuenta, y finalmente la independencia de la República de Chipre en 1960, con su delicado equilibrio constitucional entre las dos comunidades.
La crisis de 1974 —el golpe de Estado y la posterior invasión turca que dividió la isla— cambió el mapa de Chipre y, con él, el destino de Larnaca. La ciudad recibió a numerosos refugiados grecochipriotas del norte, mientras su población turcochipriota se trasladaba al norte. Y, sobre todo, la pérdida del aeropuerto de Nicosia (que quedó en la zona de amortiguación de la ONU) obligó a la República de Chipre a construir un nuevo aeropuerto internacional. Se eligió Larnaca, que en pocos años se convirtió en la principal puerta aérea del país.
La Larnaca actual es, para la mayoría de los viajeros, la puerta de entrada a Chipre, gracias a su aeropuerto internacional, el principal del país desde 1974-1975. Pero es mucho más que un punto de tránsito: es una ciudad costera agradable y con historia, que ha sabido conservar su ritmo relajado y su encanto mediterráneo frente al desarrollo más intenso de Limassol o Ayia Napa.
Su frente marítimo, con el paseo de palmeras de Finikoudes y la playa urbana, es el corazón de la vida local. El casco antiguo, con la iglesia de San Lázaro y el castillo, guarda el legado de más de tres mil años de historia, desde la fenicia Kition hasta hoy. Y sus alrededores ofrecen algunos de los rincones más singulares de la isla: el lago salado con sus flamencos, la serena mezquita de Hala Sultan Tekke, el acueducto de Kamares, el pueblo de encajes de Lefkara y, bajo el mar, el célebre pecio del Zenobia, meca del buceo.
Larnaca ha apostado por el turismo, la náutica —con su marina— y los servicios, manteniendo un carácter tranquilo y familiar. Es una base cómoda y bien conectada para descubrir el sureste de Chipre y una ciudad que, tras el primer contacto en el aeropuerto, suele sorprender gratamente a quien decide quedarse.