Durante buena parte de la Antigüedad, el lugar donde hoy se alza Famagusta fue apenas un modesto asentamiento a la sombra de su poderosa vecina, Salamina, la gran metrópoli de la costa oriental de Chipre. La ciudad nació como Arsínoe, fundada en el siglo III a.C. por el faraón griego Ptolomeo II de Egipto, que la bautizó en honor a su esposa y hermana Arsínoe. Fue un puerto pequeño y secundario mientras Salamina, a pocos kilómetros al norte, concentraba la riqueza, el poder y la población.
Todo cambió a partir del siglo VII. Cuando las incursiones árabes y el cegamiento de su puerto obligaron a abandonar Salamina, sus habitantes se trasladaron a este enclave vecino, que empezó a crecer. El nuevo asentamiento tomó el nombre de Ammóchostos, 'la escondida en la arena' en griego, del que derivan tanto el italiano 'Famagosta' como el español 'Famagusta' y el turco 'Mağusa'. Así, Famagusta heredó el papel que durante siglos había tenido Salamina como puerta marítima del este de la isla.
Durante los siglos siguientes, bajo el dominio bizantino, Famagusta siguió siendo una población de tamaño discreto. Nada hacía prever que, en la Edad Media, aquel puerto modesto se convertiría en una de las ciudades más ricas y deslumbrantes de todo el Mediterráneo. El giro llegaría con las Cruzadas y con la caída de los últimos bastiones cristianos en Tierra Santa.
El gran momento de Famagusta llegó en los siglos XIII y XIV, bajo el reino de los Lusignan, la dinastía franca que gobernaba Chipre. El detonante fue la caída de Acre en 1291, el último gran bastión de los cruzados en Tierra Santa: cuando los cristianos perdieron sus posiciones en el Levante, muchos refugiados, mercaderes y órdenes religiosas se instalaron en Famagusta, que se convirtió de golpe en el gran puerto comercial de Oriente para el mundo cristiano, el punto de encuentro entre Europa y las rutas de las especias, la seda y las mercancías de Asia.
La riqueza que fluyó por su puerto fue legendaria. Se decía que los comerciantes de Famagusta estaban entre los más ricos del mundo, y que las dotes de sus hijas superaban las de las princesas europeas. Con ese dinero, la ciudad se llenó de iglesias: una comunidad cosmopolita de latinos, griegos, armenios, sirios, coptos, nestorianos y judíos levantó cada una sus templos, hasta el punto de que la tradición asegura que Famagusta llegó a tener casi tantas iglesias como días tiene el año. Muchas se conservan hoy, algunas en ruinas evocadoras.
La joya de todas fue la catedral de San Nicolás, una imponente catedral gótica construida entre finales del siglo XIII y el XIV, inspirada en las grandes catedrales del norte de Francia. En ella se coronaban los reyes de Chipre de la dinastía Lusignan, que ostentaban además el título honorífico de reyes de Jerusalén, coronación que se celebraba precisamente aquí, en la iglesia hoy convertida en la mezquita de Lala Mustafa Pasha. Fue el símbolo de una época irrepetible de esplendor.
En 1489, Chipre pasó a manos de la República de Venecia, cuando la última reina de la isla, Catalina Cornaro —veneciana de origen y viuda del rey Lusignan—, cedió su reino a su ciudad natal. Para Venecia, Famagusta era una plaza estratégica de primer orden: su mejor puerto en el Mediterráneo oriental, frente a un Imperio otomano en plena expansión. Los venecianos transformaron la ciudad en una formidable fortaleza, rodeándola de las colosales murallas que aún hoy la ciñen por completo: gruesos muros de decenas de metros de espesor, bastiones angulares diseñados para resistir la artillería, fosos y baluartes, obra en parte del ingeniero Michele Sanmicheli.
De esta época veneciana procede también una de las asociaciones literarias más célebres de la ciudad. William Shakespeare situó en Famagusta —'un puerto de mar en Chipre'— la acción de su tragedia 'Otelo, el moro de Venecia'. La fortaleza que guarda el puerto se conoce por eso como el Castillo de Otelo, y sobre su puerta aún se ve el león de San Marcos, emblema de la Serenísima. Historia y literatura se funden en sus piedras.
Las murallas venecianas no eran un lujo: la amenaza otomana era real e inminente. Y no tardaría en materializarse. En 1570, tras tomar Nicosia, el ejército otomano puso sitio a Famagusta, la última posición cristiana de la isla. Comenzaba uno de los asedios más famosos y trágicos de la historia del Mediterráneo.
El asedio de Famagusta comenzó el 17 de septiembre de 1570 y se prolongó casi un año, hasta el 5 de agosto de 1571. Fue una gesta desigual y heroica: apenas unos 8.500 defensores venecianos y chipriotas, al mando de Marcantonio Bragadin y del general Astorre Baglioni, resistieron el ataque de un enorme ejército otomano dirigido por Lala Mustafa Pasha, que las fuentes cifran entre 50.000 y más de 100.000 hombres, apoyados por un bloqueo naval y una artillería aplastante. Durante meses, la pequeña guarnición rechazó asalto tras asalto tras las murallas, en condiciones cada vez más desesperadas, sin comida ni municiones y sin la ayuda que Venecia no logró enviar a tiempo.
La resistencia tuvo, más allá de la ciudad, una consecuencia histórica: al retener durante casi un año al grueso del ejército otomano, Famagusta dio tiempo a que la Liga Santa cristiana reuniera la flota que pocas semanas después, en octubre de 1571, derrotaría a los otomanos en la batalla de Lepanto.
El final fue atroz. Agotados los víveres, Bragadin negoció la rendición a cambio de la salida segura de los defensores. Pero en la ceremonia de entrega, el 5 de agosto de 1571, Lala Mustafa Pasha, acusándolo de haber matado a prisioneros turcos, ordenó mutilarlo —le cortaron las orejas y la nariz— y, días después, lo hizo desollar vivo en la plaza de la ciudad. Su piel, rellena de paja y colocada sobre un buey, fue paseada por Famagusta y enviada como trofeo a Constantinopla. El episodio, de una crueldad extrema, quedó grabado en la memoria europea como símbolo del horror de aquellas guerras. Con la caída de Famagusta, toda Chipre pasó a manos otomanas, y la catedral de San Nicolás se convirtió en mezquita.
Bajo dominio otomano (1571-1878), Famagusta cambió de fisonomía. La catedral gótica de San Nicolás pasó a llamarse mezquita de Lala Mustafa Pasha, en honor al conquistador, y se le añadió un minarete junto a la fachada gótica. Otras iglesias corrieron suerte similar. La población grecochipriota cristiana quedó, en buena parte, fuera de la ciudad amurallada, y esta se pobló sobre todo de turcochipriotas musulmanes. Durante siglos, la ciudad vieja fue una plaza militar tranquila y algo decadente.
Con la llegada de la administración británica en 1878, y sobre todo en el siglo XX, la ciudad volvió a crecer, pero esta vez fuera de las murallas. Al sur de la ciudad vieja se desarrolló un barrio nuevo y moderno: Varosha (Maraş, en turco), habitado mayoritariamente por grecochipriotas. Tras la independencia de Chipre en 1960, Varosha se convirtió en el gran motor turístico de la isla: una franja de rascacielos hoteleros junto a una magnífica playa de arena, con comercios, restaurantes y una vida nocturna que lo hicieron uno de los destinos más glamurosos del Mediterráneo. Por sus hoteles —el Argo, el Asterias, el Grecian— pasaron celebridades como Elizabeth Taylor y Richard Burton. En los primeros años setenta, Varosha era sinónimo de lujo y modernidad.
Ese esplendor se apagó de golpe. En 1974, la historia de Famagusta —como la de toda Chipre— daría un vuelco trágico del que la ciudad aún no se ha recuperado.
En julio de 1974, un golpe de Estado de sectores grecochipriotas partidarios de la unión con Grecia, apoyado por la dictadura militar entonces gobernante en Atenas, precipitó una invasión militar turca que ocupó el tercio norte de Chipre. Famagusta quedó del lado turco. Ante el avance del ejército, la población grecochipriota de Varosha —decenas de miles de personas— huyó en masa hacia el sur, a localidades como Paralimni y Deryneia, convencida de que podría regresar en pocos días. No pudo. El ejército turco selló el barrio con alambradas y lo declaró zona militar cerrada.
Desde entonces, Varosha ha permanecido vacía y precintada durante casi medio siglo: una ciudad entera de hoteles, viviendas y comercios abandonada de un día para otro, con los escaparates detenidos en 1974, la vegetación invadiendo las calles y los edificios deteriorándose lentamente frente al mar. Es una de las imágenes más impactantes y tristes de Europa. En 1984, la resolución 550 del Consejo de Seguridad de la ONU declaró 'inadmisible' cualquier intento de repoblar Varosha con gente distinta de sus habitantes originales, y estableció que el barrio debía quedar bajo administración de las Naciones Unidas.
Conviene abordar este tema con sobriedad y respeto. Detrás de cada edificio vacío hay familias que lo perdieron todo y que, décadas después, siguen sin poder volver a sus casas. Es una herida abierta, vivida de forma muy distinta por cada comunidad, y forma parte del más amplio 'problema de Chipre', aún sin resolver pese a numerosas rondas de negociación auspiciadas por la ONU.
Medio siglo después de 1974, Famagusta sigue siendo una ciudad partida entre dos historias. Dentro de sus murallas venecianas, la ciudad vieja conserva un patrimonio medieval extraordinario —la catedral-mezquita de Lala Mustafa Pasha, las murallas, el castillo de Otelo, las decenas de iglesias góticas en ruinas—, hoy uno de los conjuntos históricos más impresionantes y a la vez más frágiles del Mediterráneo, en buena parte a la espera de una restauración que su compleja situación política dificulta.
Fuera de las murallas, Varosha ha vuelto a la actualidad de forma controvertida. Desde octubre de 2020, las autoridades turcochipriotas, con el respaldo de Turquía, han abierto parcialmente algunas calles y el paseo marítimo del barrio a los visitantes, que pueden ahora recorrer a pie o en bicicleta parte de la ciudad fantasma. La medida ha sido criticada por la Unión Europea, la ONU y la República de Chipre, que la consideran una violación de las resoluciones internacionales; el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha reconocido, además, indemnizaciones a grecochipriotas privados de sus propiedades. La situación de acceso puede cambiar, y sigue siendo un asunto políticamente muy sensible.
Visitar Famagusta hoy es, por todo esto, mucho más que una excursión arqueológica. Es asomarse a la grandeza medieval de la 'ciudad de las cien iglesias', a la épica del asedio de 1571 y, a pocos metros, a la herida todavía abierta de la Chipre dividida. Pocos lugares condensan tanta historia, tanta belleza y tanta melancolía en tan poco espacio. Se recomienda recorrerla con la mirada de la memoria y el respeto, no la del morbo.