La verdadera historia de Zhangjiajie no empieza con los hombres, sino con la Tierra, y dura cientos de millones de años. Hace unos 380 millones de años, en el período Devónico, toda esta región del centro-sur de China estaba cubierta por un mar cálido y poco profundo. En su fondo se fueron depositando, capa sobre capa, gruesos estratos de arena que, con el tiempo, la presión y los minerales, se compactaron hasta formar una potente plataforma de arenisca cuarcítica, una roca especialmente dura y rica en cuarzo, de varios cientos de metros de espesor.
Más tarde, los movimientos de la corteza terrestre levantaron aquel fondo marino y lo convirtieron en tierra firme elevada. Fue entonces cuando empezó el lento trabajo de escultura de la naturaleza. El agua de la lluvia y de los ríos se coló por las grietas verticales de la roca y, ayudada por el hielo que se dilata al congelarse, por las raíces de los árboles y por los cambios de temperatura, fue ensanchando esas fracturas durante millones de años, separando la masa de roca en bloques, y luego los bloques en columnas cada vez más esbeltas. La arenisca dura resistió mejor que las capas blandas, y así quedaron en pie más de tres mil pilares y agujas verticales, algunos de más de doscientos metros de altura.
El resultado es un tipo de relieve rarísimo y espectacular, distinto del karst de piedra caliza de Guilin: un 'bosque de piedra' de arenisca cuarcítica, cubierto de una vegetación exuberante que se agarra a las cimas y las laderas de los pilares, y bañado casi todo el año por la humedad que sube de los valles en forma de niebla. Cuando esa bruma envuelve las columnas y solo asoman sus cimas coronadas de pinos, el paisaje parece flotar entre las nubes. Esa es la maravilla natural que, mucho después, asombraría al mundo entero.
Durante casi toda la historia humana, esta región montañosa y abrupta del oeste de Hunan permaneció apartada de los grandes centros de poder de China. A diferencia de las llanuras fértiles donde florecieron las dinastías imperiales, estas montañas escarpadas, cubiertas de bosque y difíciles de atravesar, quedaron al margen, habitadas sobre todo por minorías étnicas no han: principalmente los tujia, pero también los miao (hmong) y los bai, pueblos con sus propias lenguas, costumbres, música, arquitectura de madera y tradiciones.
Estas comunidades vivían de la agricultura de montaña, la caza y la recolección en los valles, en aldeas de casas de madera, muchas veces en un régimen semiindependiente frente a la administración imperial, que ejercía sobre estas zonas remotas un control indirecto a través de jefes locales hereditarios. El propio nombre de la ciudad, Zhangjiajie, significa algo así como 'el feudo de la familia Zhang', en referencia a un clan local; la palabra 'jie' alude a esas divisiones territoriales de las minorías. Fue una tierra de frontera cultural, con episodios de rebeliones y de resistencia a la sinización a lo largo de los siglos.
Para los habitantes de estas montañas, los pilares de piedra, las cuevas y las cumbres no eran una atracción turística, sino su hogar y su paisaje sagrado, poblado de leyendas. Algunas montañas, como la Tianmen ('la Puerta del Cielo'), con su gigantesca cavidad natural, eran consideradas lugares de poder espiritual. La montaña Tianzi ('la montaña del Hijo del Cielo') debe su nombre, según la tradición, a un líder rebelde de la etnia tujia que se proclamó rey en estas alturas. Durante siglos, el asombroso paisaje de Zhangjiajie fue conocido solo por quienes vivían entre sus pilares.
El paisaje de Zhangjiajie permaneció prácticamente desconocido para el gran público chino, y no digamos para el mundo, hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. La zona era remota, de difícil acceso y sin infraestructura turística. El punto de inflexión llegó en las décadas de 1970 y 1980, cuando artistas, fotógrafos y pintores paisajistas chinos empezaron a visitar la región y a difundir imágenes de sus pilares brumosos, revelando al país un tesoro natural que parecía sacado de las pinturas clásicas de tinta. Aquellas fotografías causaron sensación.
El reconocimiento oficial no tardó. En 1982, el gobierno chino declaró la zona el primer parque forestal nacional del país: el Parque Forestal Nacional de Zhangjiajie. Fue un hito en la naciente política de conservación de la naturaleza de la China moderna, y sentó las bases para proteger el paisaje y, a la vez, abrirlo poco a poco al turismo. En los años siguientes se fueron sumando a la protección las áreas vecinas de Tianzi y Suoxiyu, formando el gran conjunto escénico de Wulingyuan.
El espaldarazo internacional llegó en 1992, cuando la Unesco inscribió el área de Wulingyuan en la lista del Patrimonio Mundial por su valor natural excepcional, destacando su extraordinaria concentración de pilares de arenisca cuarcítica, sus cañones, sus arroyos, sus cuevas y su rica biodiversidad. A partir de entonces, Zhangjiajie empezó a aparecer en el mapa del turismo chino e internacional, se mejoraron los accesos, se construyeron caminos, miradores, teleféricos y, con el tiempo, algunas de las obras de ingeniería más espectaculares y polémicas del turismo chino.
El gran salto de Zhangjiajie a la fama planetaria llegó con el cine. En 2009 se estrenó 'Avatar', de James Cameron, cuyas espectaculares 'montañas Aleluya' flotantes del planeta Pandora recordaban asombrosamente a los pilares brumosos de Zhangjiajie. Aunque el equipo de la película se inspiró en varios paisajes kársticos y montañosos de China —también se ha citado a la montaña Huangshan, en Anhui—, y no existe una única fuente oficial, las autoridades locales de Zhangjiajie reivindicaron con entusiasmo la conexión: en 2010 rebautizaron oficialmente el 'Pilar del Cielo del Sur' de la meseta de Yuanjiajie como 'montaña Aleluya de Avatar', y la película se convirtió en una campaña de marketing involuntaria de un valor incalculable.
El efecto fue inmediato y arrollador. Zhangjiajie pasó de ser un destino conocido sobre todo por los chinos a atraer a viajeros de todo el mundo que querían ver 'las montañas de Avatar', y el número de visitantes se disparó. Para gestionar (y también para amplificar) ese éxito, la región apostó por una serie de atracciones cada vez más espectaculares y vertiginosas: el ascensor de Bailong, el ascensor exterior más alto del mundo, adosado a un acantilado; los senderos y miradores de cristal en el borde de los precipicios de la montaña Tianmen; y, en 2016, el puente de cristal del Gran Cañón, uno de los más largos y altos del planeta, diseñado por un arquitecto israelí.
Hoy Zhangjiajie es uno de los grandes destinos naturales de China y un fenómeno del turismo de masas, con millones de visitantes al año. Ese éxito ha traído también desafíos: la enorme afluencia en temporada alta, las colas en los transportes internos, la presión sobre un ecosistema frágil y el debate sobre cuánta ingeniería 'de emociones fuertes' cabe en un paisaje natural protegido. Con todo, cuando la niebla sube por los valles y los miles de pilares aparecen y desaparecen entre las nubes, el espectáculo que la naturaleza tardó trescientos millones de años en esculpir sigue dejando sin aliento a quien lo contempla.