La historia de Xi'an empieza mucho antes de que existiera China como imperio. En las orillas del río Wei, un afluente del Río Amarillo, se han hallado algunos de los asentamientos humanos más antiguos y mejor estudiados del país. El más célebre es Banpo, una aldea neolítica de la cultura Yangshao habitada hace unos 6.000 años, cuyos restos —casas semienterradas, hornos de cerámica, tumbas y utensilios— se conservan hoy en un museo a las afueras de la ciudad. Aquella comunidad de agricultores que cultivaban mijo y fabricaban vasijas pintadas es un testimonio del origen de la civilización a lo largo del valle del Río Amarillo, considerado una de las cunas de la humanidad.
La fertilidad de la llanura del Wei y su posición estratégica, protegida por montañas y pasos naturales, hicieron de esta región un imán para el poder político. Hacia el siglo XI a.C., la dinastía Zhou occidental estableció sus capitales gemelas, Feng y Hao, muy cerca de la actual Xi'an. Fue bajo los Zhou cuando se forjaron muchos de los cimientos culturales de China: los rituales, la escritura sobre bronce, la idea del 'Mandato del Cielo' que legitimaba a los soberanos y buena parte del pensamiento que más tarde recogería Confucio.
Así, mucho antes de convertirse en la capital imperial más deslumbrante de Asia, esta tierra ya había sido testigo del nacimiento de instituciones, creencias y formas de organización que definirían a la civilización china durante milenios. No es casualidad que, cuando llegó el momento de unificar el país, fuera precisamente desde aquí, desde el reino de Qin, de donde partió la fuerza que lo logró.
En el siglo III a.C., China estaba dividida en reinos que llevaban siglos guerreando entre sí, el llamado 'período de los Reinos Combatientes'. De todos ellos, el reino de Qin —con capital en esta región— era el más disciplinado, militarizado y despiadadamente eficaz. Bajo el mando de su rey, Ying Zheng, Qin fue conquistando uno tras otro a sus rivales hasta que, en el año 221 a.C., completó la unificación de China. Ying Zheng adoptó entonces un título nuevo, a la altura de su hazaña: Qin Shi Huang, 'Primer Emperador de Qin'. Había nacido el primer imperio chino.
Su reinado fue tan breve como transformador. En poco más de una década, Qin Shi Huang estandarizó la escritura, la moneda, los pesos, las medidas y hasta el ancho de los ejes de los carros; conectó y amplió murallas defensivas del norte que serían el germen de la Gran Muralla; y organizó el imperio en un sistema centralizado de comandancias administradas por funcionarios, no por nobles hereditarios. También fue un gobernante brutal: impuso trabajos forzados masivos, persiguió a los intelectuales y, según la tradición, ordenó quemar libros y enterrar a eruditos que se le oponían.
Obsesionado con la inmortalidad y con su propio poder en el más allá, mandó construir un mausoleo colosal al pie del monte Li. Para custodiarlo eternamente hizo fabricar y enterrar un ejército de más de 8.000 soldados de terracota a tamaño real, cada uno con un rostro distinto, junto con caballos, carros y armas de bronce. Aquel prodigio permaneció oculto y olvidado durante más de dos mil años, hasta que en 1974 unos campesinos que cavaban un pozo lo devolvieron a la luz, convirtiéndolo en uno de los hallazgos arqueológicos más importantes del siglo XX.
Tras la caída de la efímera dinastía Qin, la dinastía Han (206 a.C.-220 d.C.) estableció su capital muy cerca de aquí y le dio el nombre que la haría legendaria: Chang'an, 'la paz eterna'. Fue durante los Han cuando se abrió oficialmente la Ruta de la Seda: el emperador envió al diplomático Zhang Qian hacia el oeste, y de aquellas misiones nació la gran red de caravanas que unía China con Asia Central, Persia y, en última instancia, el Mediterráneo romano. Chang'an se convirtió así en el extremo oriental de una de las rutas comerciales y culturales más importantes de la historia.
Pero el apogeo absoluto llegó con la dinastía Tang (618-907 d.C.), considerada una edad de oro de la civilización china. La Chang'an de los Tang fue, muy probablemente, la ciudad más grande y cosmopolita del mundo en su época: se calcula que dentro de sus murallas y en su entorno vivían cerca de un millón de personas. Estaba trazada como un inmenso tablero de ajedrez, con avenidas rectas, barrios amurallados, mercados, palacios y templos. Por sus calles convivían mercaderes persas y sogdianos, monjes budistas, músicos de Asia Central, cristianos nestorianos, judíos, zoroastristas y musulmanes: una diversidad religiosa y étnica asombrosa para la época.
De aquella Chang'an brillante quedan huellas fundamentales. La Pagoda de la Oca Silvestre Mayor se levantó para guardar los sutras que el monje Xuanzang trajo de la India tras un viaje épico. La Gran Mezquita hunde sus raíces en la comunidad musulmana de la Ruta de la Seda, antepasada de los hui que todavía hoy animan el Barrio Musulmán. Y el Museo de Historia de Shaanxi conserva las exquisitas cerámicas de tres colores, la orfebrería y las pinturas que dan idea del refinamiento de aquel mundo.
El esplendor de Chang'an no duró para siempre. La dinastía Tang entró en crisis en el siglo VIII con la devastadora rebelión de An Lushan y se derrumbó definitivamente a comienzos del siglo X. Con su caída, el centro de gravedad político y económico de China se desplazó hacia el este y el sur, hacia ciudades como Luoyang, Kaifeng y más tarde las prósperas urbes del delta del Yangtsé. Chang'an perdió su rango de capital imperial y, con él, buena parte de su población y su grandeza. Durante siglos fue una ciudad de provincias importante, pero ya no el corazón del mundo chino.
El nombre 'Xi'an' —que significa 'paz occidental'— se consolidó bajo la dinastía Ming, en el siglo XIV. Fue entonces cuando la ciudad recibió el monumento que hoy la define físicamente: su formidable muralla. El primer emperador Ming, Hongwu, mandó construir en la década de 1370 una nueva muralla de tierra apisonada y ladrillo sobre los cimientos de fortificaciones anteriores. Con casi 14 kilómetros de perímetro, entre 12 y 18 metros de altura, torres de vigilancia, foso y cuatro grandes puertas, se convirtió en una de las defensas urbanas más imponentes de China.
Lo notable es que esa muralla ha sobrevivido casi intacta hasta hoy, algo excepcional en un país donde la mayoría de las murallas urbanas fueron demolidas en el siglo XX para dar paso al crecimiento moderno. Restaurada y cuidada, la muralla de Xi'an es hoy la más completa que se conserva de la China imperial y uno de los grandes atractivos de la ciudad: un anillo de historia que sigue abrazando el casco antiguo y que se puede recorrer a pie o en bicicleta.
En el siglo XX, Xi'an volvió a ocupar un lugar central en la historia de China por dos motivos muy distintos. El primero fue político y militar: en diciembre de 1936 se produjo aquí el llamado 'Incidente de Xi'an'. El líder nacionalista Chiang Kai-shek, empeñado en aplastar a los comunistas antes que en enfrentar la invasión japonesa, fue retenido por sus propios generales en la ciudad. La crisis, tensa y peligrosa, terminó forzando una tregua y la formación de un frente unido entre nacionalistas y comunistas contra Japón, un giro decisivo en el rumbo de la guerra y, a la larga, de la historia china del siglo XX.
El segundo motivo fue arqueológico y cambió para siempre la imagen de la ciudad en el mundo. En marzo de 1974, en plena Revolución Cultural, un grupo de campesinos que cavaban un pozo en busca de agua cerca del monte Li, al este de Xi'an, desenterró fragmentos de figuras de arcilla. Los arqueólogos que acudieron al lugar comprendieron pronto la magnitud del hallazgo: habían encontrado el ejército de terracota del primer emperador, sepultado allí desde hacía más de dos mil años. Las excavaciones sacaron a la luz miles de guerreros, y el sitio se convirtió en Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1987.
Desde entonces, Xi'an ha combinado su enorme peso histórico con un vertiginoso desarrollo moderno. Es hoy una metrópolis de más de doce millones de habitantes, un centro industrial, universitario y tecnológico del interior de China, conectada por trenes de alta velocidad con todo el país. Pero su identidad sigue anclada en el pasado: la ciudad que fue capital de trece dinastías, punto de partida de la Ruta de la Seda y guardiana del ejército de arcilla más famoso del planeta recibe cada año a millones de viajeros que llegan a caminar sobre su muralla milenaria y a mirar a los ojos a los soldados de Qin Shi Huang.