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Historia de Suzhou

La capital del reino de Wu: 2.500 años de historia (514 a.C.)

Pocas ciudades de China pueden presumir de una fecha de fundación tan precisa y tan antigua como Suzhou. En el año 514 a.C., durante el turbulento período de las Primaveras y Otoños, cuando China estaba dividida en reinos que luchaban entre sí, el rey He Lu del reino de Wu mandó a su ministro Wu Zixu construir una gran ciudad amurallada que fuera capital de su Estado. Aquella ciudad, con su trazado de murallas, puertas y canales, es el origen directo de Suzhou, y lo asombroso es que su emplazamiento y buena parte de su red de canales apenas se han movido en dos mil quinientos años: la Suzhou de hoy sigue el plano de la ciudad antigua.

El reino de Wu, en el fértil delta del Yangtsé, fue una potencia militar y cultural de su tiempo, protagonista de célebres guerras y estratagemas que la tradición china recuerda todavía (de esta época y esta región procede buena parte del legendario tratado 'El arte de la guerra' de Sun Tzu, que sirvió a los reyes de Wu). La colina del Tigre, a las afueras, guarda según la leyenda la tumba del propio rey He Lu, el fundador. Aquella temprana grandeza, sin embargo, no duró: el reino de Wu fue conquistado por su rival, el reino de Yue, y más tarde toda China quedó unificada bajo el primer emperador.

Durante los siglos siguientes, bajo los distintos imperios, Suzhou fue creciendo como ciudad de la rica región del bajo Yangtsé, aprovechando la fertilidad de sus tierras, la abundancia de agua y su posición en una encrucijada de vías fluviales. Ya en la antigüedad era famosa por su seda y por su refinamiento, sentando las bases de lo que sería su edad de oro.

El Gran Canal y el auge comercial (siglos VII-XIII)

El acontecimiento que catapultó a Suzhou a la primera fila de las ciudades chinas fue, como en la vecina Hangzhou, la apertura del Gran Canal a comienzos del siglo VII, bajo la dinastía Sui. Este colosal canal artificial, que unía el sur productivo con el norte político de China a lo largo de casi 1.800 kilómetros, pasaba justo por Suzhou, convirtiéndola en un nudo comercial de primer orden. Por sus muelles circulaban el arroz, la seda, la sal y las mercancías que alimentaban al imperio, y la ciudad se llenó de comerciantes, artesanos y almacenes.

Bajo las dinastías Tang y Song, Suzhou floreció como una de las ciudades más prósperas y pobladas del país. Su industria de la seda alcanzó fama nacional, sus mercados bullían y su riqueza atraía a eruditos, poetas y pintores. Fue en esta época cuando la ciudad empezó a forjar su identidad más característica: la de un lugar culto, próspero y sensible, donde el dinero de la seda y el comercio se traducía en una vida refinada, en jardines, en poesía y en el gusto por lo bello. Un mapa de la ciudad grabado en piedra en el siglo XIII, el Pingjiang Tu, muestra un entramado de canales y calles casi idéntico al actual, prueba de la extraordinaria continuidad urbana de Suzhou.

La red de canales, que servía para el transporte, el comercio, el riego y la defensa, dio a Suzhou su fisonomía inconfundible de 'ciudad de agua', con casas asomadas a los canales, incontables puentes de piedra y barcas por todas partes. Fue esa imagen la que, siglos después, haría que los viajeros occidentales la apodaran la 'Venecia de Oriente'. La prosperidad y el refinamiento de Suzhou estaban listos para alcanzar su cima.

La edad de oro: seda, eruditos y jardines (siglos XIV-XVIII)

Las dinastías Ming (1368-1644) y Qing (1644-1912) fueron la edad de oro de Suzhou, el momento en que se convirtió en la ciudad más rica, culta y elegante de China. La clave era la seda: Suzhou albergaba los grandes talleres imperiales que producían las mejores telas, brocados y bordados del imperio para la corte de Pekín, y ese monopolio de lujo hizo la fortuna de la ciudad. A la seda se sumaban el comercio, la banca y una densa vida intelectual: Suzhou daba al imperio un número desproporcionado de eruditos que aprobaban los durísimos exámenes imperiales y llegaban a altos cargos, y era además un gran centro de la pintura, la caligrafía, la ópera y la artesanía.

De esa combinación de riqueza y refinamiento nació el mayor tesoro de Suzhou: sus jardines clásicos. Los funcionarios y mercaderes adinerados, al retirarse de la vida pública, construían dentro de la ciudad jardines privados donde recrear, en un espacio reducido, toda la armonía de la naturaleza: montañas evocadas por rocas, lagos convertidos en estanques, bosques sugeridos por unos pocos árboles, todo dispuesto según una estética muy sofisticada, cargada de simbolismo poético y filosófico. El Jardín del Administrador Humilde, el de la Permanencia, el del Maestro de las Redes o el del Bosque de Leones datan de esta época y representan la cumbre del arte del jardín chino, admirado e imitado en toda Asia.

En Suzhou nació también, en el siglo XVI, la ópera Kunqu, el estilo de teatro cantado más antiguo y refinado de China, considerado la 'madre' de todas las óperas chinas y hoy Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. La ciudad era, en definitiva, el epicentro del buen gusto chino, tanto que se acuñó el dicho de que 'lo que gusta en Suzhou, gusta en todo el imperio'. Aquel esplendor cultural es la herencia que hace única a la ciudad.

El arte del jardín chino: un universo en un patio
Los jardines de Suzhou no buscan imitar la naturaleza salvaje, sino recrear un paisaje ideal cargado de significado, siguiendo principios de la pintura y la poesía. Cada roca, ventana, sendero y pabellón está pensado para ofrecer vistas enmarcadas como cuadros, sorpresas al doblar una esquina y una experiencia que cambia con las estaciones y las horas. Nueve de estos jardines fueron inscritos por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad por representar, en palabras del organismo, la perfección del diseño paisajístico que expresa la importancia de la belleza natural en la cultura china.
Fuente: https://whc.unesco.org/en/list/813/
Wikipedia (EN) — «Suzhou»: https://en.wikipedia.org/wiki/SuzWikipedia (EN) — «Classical Gardens of Suzhou»: https://en.wUNESCO — «Classical Gardens of Suzhou»: https://whc.unesco.o

La devastación de la rebelión Taiping (siglo XIX)

El siglo XIX trajo a Suzhou la mayor catástrofe de su historia. La rebelión Taiping (1850-1864), una de las guerras más sangrientas que ha conocido la humanidad, con decenas de millones de muertos, enfrentó al imperio Qing con un enorme movimiento milenarista de raíz cristiana heterodoxa que llegó a controlar buena parte del sur de China y estableció su capital en la cercana Nankín. El rico delta del Yangtsé, corazón económico del país, fue el principal campo de batalla, y Suzhou quedó atrapada en el centro de la tormenta.

La ciudad fue tomada por los Taiping en 1860 y se convirtió en una de sus plazas fuertes, para ser reconquistada por las tropas imperiales —apoyadas por fuerzas dirigidas por oficiales occidentales— en 1863, tras combates feroces. La guerra, el hambre y las epidemias arrasaron la región: se calcula que la población de Suzhou y su entorno se desplomó, y buena parte de la ciudad, con sus barrios, talleres y jardines, quedó dañada o destruida. Fue un golpe demoledor para una ciudad que había sido símbolo de prosperidad y refinamiento.

Suzhou tardó décadas en recuperarse. A finales del siglo XIX y comienzos del XX fue reconstruyéndose poco a poco, restaurando jardines y templos y recuperando su industria de la seda, mientras cerca crecía Shanghái como gran puerto moderno, atrayendo capitales y protagonismo económico. Suzhou perdió peso frente a su vecina, pero conservó su patrimonio y su prestigio cultural, y muchos de sus jardines fueron rescatados y restaurados por sus propietarios y, más tarde, por el Estado.

Del casco antiguo protegido a la ciudad moderna (siglo XX-hoy)

A lo largo del siglo XX, Suzhou acompañó los vaivenes de China: la caída del imperio, la República, la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa y, desde 1949, la República Popular. Muchos de los grandes jardines, que habían sido residencias privadas de familias adineradas, pasaron a manos del Estado, fueron restaurados y abiertos al público como patrimonio nacional, salvándose así para las generaciones futuras. La ciudad conservó su carácter de urbe histórica y culta, algo apartada del vértigo industrial.

El gran cambio llegó con las reformas económicas de las últimas décadas. Suzhou, muy bien situada junto a Shanghái en el pujante delta del Yangtsé, se convirtió en una de las ciudades más ricas y dinámicas de China gracias a la industria y la tecnología: a las afueras del casco antiguo creció el Parque Industrial de Suzhou, una moderna zona de rascacielos, empresas y multinacionales que contrasta con la ciudad histórica. La decisión clave fue proteger el casco antiguo: se limitó la altura de los edificios, se conservó la red de canales y se restauraron los jardines y las calles históricas como Pingjiang, evitando que el 'boom' arrasara el patrimonio, como sí ocurrió en otras ciudades chinas.

El reconocimiento internacional llegó en 1997, cuando la Unesco inscribió los jardines clásicos de Suzhou como Patrimonio de la Humanidad, y más tarde el Gran Canal y la ópera Kunqu. Hoy Suzhou logra un equilibrio poco frecuente: es una moderna metrópoli de millones de habitantes con alta tecnología, y a la vez conserva un casco antiguo de canales, puentes y jardines que sigue siendo uno de los lugares más bellos y serenos de China. La ciudad que fundó el rey He Lu hace veinticinco siglos, y que embellecieron los eruditos de la seda, sigue mereciendo el viejo elogio: junto a Hangzhou, un pedazo de paraíso en la tierra.

📚 Bibliografía

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