Mucho antes de convertirse en una de las grandes ciudades del mundo, el territorio de Hong Kong era un rincón periférico del sur de China: un conjunto de islas montañosas y penínsulas de la costa de Guangdong, con puertos naturales protegidos, habitado desde hacía miles de años por comunidades de pescadores y campesinos. Los hallazgos arqueológicos muestran presencia humana desde el Neolítico, y a lo largo de las dinastías chinas la zona quedó integrada, siempre como un lugar remoto, en el imperio, dependiente de la administración provincial del sur.
Durante siglos, la vida giró en torno al mar y a la tierra: la pesca, el cultivo del arroz en los valles, la producción de sal —un recurso valioso controlado por el Estado— y el incienso de madera de agar, que según una teoría dio nombre al lugar (Hong Kong, 'puerto fragante', por el comercio de esa madera aromática que salía de sus puertos). La población se organizaba en clanes y aldeas amuralladas, algunas de las cuales todavía se conservan en los Nuevos Territorios, y en pueblos flotantes de gentes que vivían en sus barcos, como los tanka. Las aguas, llenas de islas y ensenadas, fueron también refugio de piratas.
Ese mundo tranquilo y marginal empezó a cambiar cuando, a partir del siglo XVI, los barcos europeos comenzaron a frecuentar las costas del sur de China en busca de comercio. Los portugueses se establecieron cerca, en Macao, y el gran puerto de Cantón, río arriba, concentró el comercio con Occidente. Hong Kong, con su magnífico puerto natural de aguas profundas, estaba a las puertas de ese tráfico, esperando el momento en que la historia lo empujaría al primer plano. Ese momento llegó, de la peor manera, con el opio.
El nacimiento de Hong Kong como enclave británico está indisolublemente ligado a uno de los capítulos más turbios de la historia colonial: el comercio del opio. A comienzos del siglo XIX, los comerciantes británicos introducían masivamente en China opio cultivado en la India para equilibrar su enorme compra de té y seda, provocando una crisis de adicción y una fuga de plata que alarmó al gobierno imperial. Cuando China trató de frenar el tráfico, estalló la Primera Guerra del Opio (1839-1842), que enfrentó a la potencia militar británica con un imperio Qing en decadencia, y terminó en una derrota humillante para China.
Por el Tratado de Nankín de 1842, China cedió a perpetuidad a Gran Bretaña la isla de Hong Kong, entonces poco poblada, que los británicos convirtieron de inmediato en colonia y puerto libre. La expansión continuó en dos etapas más: tras la Segunda Guerra del Opio, en 1860, China cedió también la península de Kowloon, frente a la isla; y en 1898, en el contexto del reparto de esferas de influencia sobre China, Gran Bretaña obtuvo un arriendo de 99 años sobre los llamados Nuevos Territorios, la extensa zona continental e insular que rodea Kowloon. Ese arriendo, que vencía en 1997, sería décadas después la clave del destino de todo el territorio.
Bajo administración británica, y aprovechando su puerto libre y su posición estratégica, Hong Kong creció con rapidez como centro comercial entre China y el resto del mundo. Atrajo a comerciantes, banqueros y, sobre todo, a oleadas de migrantes chinos que buscaban trabajo o huían de las convulsiones del continente. Se desarrolló una sociedad colonial peculiar, con una minoría europea gobernante y una mayoría china trabajadora, separadas por barreras sociales, pero unidas en una ciudad portuaria cada vez más próspera y cosmopolita.
El siglo XX puso a prueba a Hong Kong. Durante la Segunda Guerra Mundial, el territorio fue atacado y ocupado por el ejército japonés desde finales de 1941 hasta 1945, unos años muy duros de escasez, represión y caída de la población. Terminada la guerra, la colonia volvió a manos británicas y afrontó una transformación decisiva: la victoria comunista en la guerra civil china de 1949 y las posteriores convulsiones del maoísmo provocaron la llegada de enormes oleadas de refugiados que cruzaban desde el continente, muchos de ellos empresarios, obreros y capitales de ciudades como Shanghái, que multiplicaron la población y aportaron energía industrial.
Con esa mano de obra y ese empuje, Hong Kong se reinventó a partir de los años cincuenta y sesenta como potencia manufacturera (textil, plástico, electrónica) y, más tarde, como gran centro financiero y de servicios. Fue uno de los 'cuatro tigres asiáticos' cuyo espectacular crecimiento económico asombró al mundo. La ciudad se llenó de rascacielos, desarrolló infraestructuras modernas y un transporte público modélico, y se convirtió en un puente crucial entre China y la economía global, papel que se volvió aún más importante cuando el continente inició su apertura económica en 1979. Hong Kong prosperó, aunque con enormes desigualdades y una vivienda cara y escasa que sigue siendo hoy uno de sus grandes problemas.
Mientras tanto, se acercaba una fecha ineludible: 1997, el vencimiento del arriendo de los Nuevos Territorios. Aunque la isla y Kowloon habían sido cedidas a perpetuidad, sin los Nuevos Territorios la colonia era inviable, de modo que el Reino Unido y China negociaron el futuro de todo el territorio. En 1984, ambos países firmaron la Declaración Conjunta Sino-Británica, que acordó el traspaso de la soberanía de Hong Kong a China en 1997 bajo una fórmula original: 'un país, dos sistemas'.
El 1 de julio de 1997, en una ceremonia solemne seguida en todo el mundo, el Reino Unido traspasó formalmente la soberanía de Hong Kong a la República Popular China, poniendo fin a más de siglo y medio de administración británica. La bandera británica se arrió y ondeó la de la nueva Región Administrativa Especial de Hong Kong dentro de China. Fue un momento histórico cargado de simbolismo: el fin de una era colonial nacida de las Guerras del Opio y el comienzo de una etapa nueva e inédita, en la que una economía capitalista y una sociedad con libertades de estilo occidental quedaban integradas en un Estado socialista.
Bajo la Ley Básica, su miniconstitución, Hong Kong conservó su moneda (el dólar de Hong Kong), su sistema legal, su condición de puerto libre, su autonomía administrativa y sus fronteras propias, incluso frente al resto de China: quien viaja entre el continente y Hong Kong pasa un control de inmigración. La ciudad mantuvo así una identidad muy particular, distinta de la del continente, con el cantonés y el inglés como lenguas, internet libre y un modo de vida propio. En las décadas siguientes, Hong Kong siguió siendo uno de los grandes centros financieros de Asia y del mundo, y estrechó cada vez más sus lazos económicos con un continente en pleno auge, especialmente con las ciudades vecinas del delta del río de las Perlas.
La convivencia entre el alto grado de autonomía prometido y la creciente integración con China ha marcado la vida política de Hong Kong desde el traspaso, con debates y tensiones sobre el ritmo y el alcance de esa integración que han tenido eco internacional. Es un tema sensible y en evolución, que el viajero percibe sobre todo en la singularidad institucional del territorio (moneda, frontera, leyes propias) más que en el día a día turístico.
Hoy Hong Kong es una metrópolis de más de siete millones de habitantes y una de las ciudades más densas, verticales y dinámicas del planeta, un lugar donde conviven de forma única la herencia china y la británica. Sigue siendo un centro financiero global de primer orden, un gran puerto y un nudo de comunicaciones, con uno de los aeropuertos más transitados del mundo y una conexión de tren de alta velocidad con el continente. Su economía, basada en las finanzas, el comercio, la logística y los servicios, la mantiene entre las ciudades más ricas y caras de Asia, con el contraste permanente entre la opulencia de sus torres y la carestía de la vivienda para buena parte de sus habitantes.
Para el viajero, esa doble herencia se palpa por todas partes: en los rascacielos que llevan nombres de bancos británicos junto a templos llenos de incienso; en los tranvías de dos pisos y el Star Ferry heredados de la era colonial; en los letreros bilingües en cantonés e inglés; en la mezcla de la cocina cantonesa más refinada con los cafés populares que sirven té con leche 'estilo Hong Kong'. Y a la vez sorprende su naturaleza: basta un corto trayecto en metro o autobús para pasar del centro financiero a colinas verdes, senderos, playas e islas, en un territorio del que la mayor parte es, en realidad, campo protegido.
Hong Kong es, en definitiva, un lugar que no se parece a ningún otro: ni del todo China ni del todo Occidente, sino un puente entre mundos forjado por una historia singular y a menudo dolorosa. Contemplar su skyline desde el Star Ferry al atardecer, subir al Pico Victoria, perderse en los mercados de Kowloon o encontrar la calma frente al Gran Buda de Lantau son experiencias que resumen el carácter de esta ciudad extraordinaria, uno de los grandes cruces de caminos de Asia.