La historia de Hangzhou empieza, curiosamente, bajo el agua. Buena parte de lo que hoy es la ciudad y su famoso Lago del Oeste fue en tiempos remotos una laguna costera, una bahía poco profunda conectada con el mar que el limo del río Qiantang fue cerrando poco a poco hasta formar tierra firme y un lago interior. En las colinas de los alrededores vivieron culturas neolíticas notables, como la cultura Liangzhu, famosa por sus finísimos jades, que floreció en el delta del Yangtsé hace más de cinco mil años y es una de las cunas de la civilización china.
Durante siglos, sin embargo, la zona fue un lugar húmedo y marginal, a la sombra de otras ciudades del delta. El salto llegó a comienzos del siglo VII, con la dinastía Sui, cuando se completó una de las mayores obras de ingeniería de la historia de la humanidad: el Gran Canal, una red de canales navegables que unía el fértil sur del país, en torno al Yangtsé, con la llanura del norte y la capital imperial. Hangzhou fue elegida como el extremo sur de ese gran eje fluvial.
Esa decisión cambió su destino. De colonizadora de marismas, Hangzhou pasó a ser el punto de partida de la vía comercial más importante de China, el lugar por donde el arroz, la seda y las riquezas del sur emprendían viaje hacia el norte. La ciudad creció al ritmo del tráfico del canal y empezó a acumular población y riqueza. Bajo la dinastía Tang ya era una próspera ciudad comercial, y sus gobernantes comenzaron a domesticar y embellecer el Lago del Oeste con diques y calzadas, poniendo los cimientos del paisaje que la haría legendaria.
Si Hangzhou es hoy sinónimo de belleza, se lo debe en buena medida a un puñado de poetas que además fueron gobernadores de la ciudad. El Lago del Oeste no es un paisaje puramente natural, sino una obra de arte cultivada durante siglos, y dos nombres brillan por encima de todos en esa transformación. El primero es Bai Juyi, uno de los grandes poetas de la dinastía Tang, que fue gobernador de Hangzhou en el siglo IX y mandó reforzar los diques del lago para regular el agua y proteger los campos; en su honor se llama hoy la calzada Bai, y sus versos sobre el lago se recitan todavía.
El segundo, y el más venerado, es Su Dongpo (Su Shi), poeta, pintor, calígrafo y funcionario del siglo XI, una de las figuras más queridas de toda la cultura china. Enviado a gobernar Hangzhou, encontró el lago medio cegado por el fango y las algas, y organizó una gran obra de dragado; con el barro extraído mandó construir una larga calzada arbolada que cruza el lago de norte a sur, la célebre calzada Su, uno de los rincones más hermosos y fotografiados del lugar. Su Dongpo comparó la belleza del lago con la de una legendaria dama, y esa imagen quedó grabada para siempre en la sensibilidad china.
Así, entre poema y obra pública, Hangzhou fue construyendo su fama de paraíso. A finales del siglo X, además, la ciudad había sido capital del pequeño y refinado reino de Wuyue durante el período de los Cinco Dinastías, que la dotó de templos y pagodas, como la de las Seis Armonías. Cuando la dinastía Song reunificó China, Hangzhou era ya una de las ciudades más cultas y prósperas del país, con su lago convertido en emblema. Faltaba poco para su edad de oro.
El momento de mayor gloria de Hangzhou llegó de la mano de una catástrofe. En 1127, los yurchen de la dinastía Jin, un pueblo del norte, invadieron China y capturaron la capital imperial Song, en el norte, junto con el emperador. Los restos de la corte huyeron hacia el sur y, tras varios años de fuga, establecieron una nueva capital en Hangzhou, que rebautizaron Lin'an ('paz provisional', un nombre que delataba la esperanza de recuperar algún día el norte perdido). Nacía así la dinastía Song del Sur, que reinaría desde Hangzhou durante siglo y medio.
Lejos de ser un exilio triste, aquella etapa convirtió a Lin'an en la ciudad más grande, rica y sofisticada del mundo de su tiempo. Con el norte perdido, toda la energía del imperio se concentró en el próspero sur, y Hangzhou llegó a superar el millón de habitantes en una época en la que ninguna ciudad europea alcanzaba las cien mil. Fue un hervidero de comercio, artesanía, imprenta, porcelana y seda, con calles llenas de tiendas, restaurantes, teatros y casas de té, un nivel de vida urbano que asombraba a los viajeros. La cultura Song del Sur alcanzó cumbres refinadísimas en pintura de paisaje, poesía, cerámica y filosofía neoconfuciana.
Fue en esa Hangzhou deslumbrante donde, según su relato, desembocó el viajero veneciano Marco Polo poco después, ya bajo dominio mongol, y la describió como 'la ciudad más noble y espléndida del mundo', con sus incontables puentes, sus mercados y su lago. La dinastía Song del Sur cayó en 1276 ante los mongoles de Kublai Kan, que integraron Hangzhou en su imperio Yuan; la ciudad perdió su rango de capital, pero conservó su fama y su prosperidad comercial como uno de los grandes puertos y centros de la seda de China.
Durante las dinastías Ming y Qing, Hangzhou siguió siendo una de las ciudades más prósperas y cultas del sur de China, célebre por su seda, su té Longjing —que se convirtió en té de tributo para los emperadores— y por la belleza de su lago, que atraía a viajeros, poetas y a los propios emperadores. El emperador Qianlong, de la dinastía Qing, visitó Hangzhou varias veces en el siglo XVIII y quedó tan prendado del Lago del Oeste que mandó copiar sus paisajes en los jardines imperiales de Pekín; según la tradición, plantó de su puño y letra los famosos 'dieciocho arbustos imperiales' de té Longjing.
La tragedia llegó a mediados del siglo XIX con la rebelión Taiping (1850-1864), una de las guerras más sangrientas de la historia de la humanidad, que enfrentó al imperio Qing con un enorme movimiento milenarista de raíz cristiana heterodoxa. El sur de China, corazón de la rebelión, fue devastado, y Hangzhou sufrió especialmente: la ciudad fue asediada y tomada varias veces, y se calcula que en aquellos años murió una parte enorme de su población por los combates, el hambre y las epidemias. Templos, palacios y barrios enteros quedaron arrasados. Fue quizá el golpe más duro de toda su historia.
Hangzhou tardó décadas en recuperarse de aquella catástrofe. A finales del siglo XIX y comienzos del XX fue reconstruyéndose lentamente, reconstruyendo templos y pagodas y recuperando su industria de la seda y del té. La llegada del ferrocarril la conectó con Shanghái, que crecía cerca como gran puerto, y Hangzhou empezó a orientarse también hacia el turismo, atrayendo a viajeros que acudían, como siempre, a contemplar el Lago del Oeste.
A lo largo del siglo XX, Hangzhou acompañó los vaivenes de la historia de China: la caída del imperio, la República, la ocupación japonesa durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa y, desde 1949, la República Popular. Bajo el nuevo régimen, la ciudad conservó su papel de destino turístico y de retiro: Mao Zedong tenía especial cariño por Hangzhou y la visitó decenas de veces, redactando aquí, junto al Lago del Oeste, algunos documentos importantes de su etapa. Se restauraron templos y jardines, y el lago se preservó como uno de los grandes paisajes nacionales.
El gran cambio llegó con las reformas económicas de las últimas décadas. Hangzhou, bien situada en el pujante delta del Yangtsé y a un paso de Shanghái, se convirtió en una de las ciudades más dinámicas y ricas de China. Su transformación más llamativa ha sido tecnológica: aquí nació y tiene su sede Alibaba, el gigante del comercio electrónico fundado por Jack Ma, y a su alrededor floreció todo un ecosistema de empresas digitales y de pagos móviles (el ubicuo Alipay se creó aquí), que ha hecho de Hangzhou una de las capitales de la nueva economía china. La ciudad ganó proyección internacional al acoger la cumbre del G20 en 2016 y los Juegos Asiáticos en 2023.
Hoy Hangzhou logra un equilibrio difícil: es una metrópoli moderna de más de diez millones de habitantes, con rascacielos, metro y sedes tecnológicas, y a la vez conserva el Lago del Oeste como un remanso poético en su corazón, protegido y gratuito, declarado Patrimonio de la Humanidad. Los mismos paisajes que cantaron Bai Juyi y Su Dongpo hace más de mil años siguen ahí, envueltos en bruma al amanecer, recordando por qué los chinos repiten desde hace siglos que Hangzhou, junto a Suzhou, es un pedazo de paraíso en la tierra.