La historia de Cantón empieza en los confines del mundo chino antiguo. Cuando el primer emperador, Qin Shi Huang, unificó China en el siglo III a.C. y extendió su imperio hacia el sur, mandó fundar en el fértil delta del río de las Perlas una ciudad, Panyu, el germen de la actual Guangzhou. Era una tierra de frontera, cálida y exuberante, habitada por los pueblos yue, culturalmente distintos de los chinos del norte, en un cruce de ríos que se abría al mar del Sur de China.
Tras la caída de la dinastía Qin, un general llamado Zhao Tuo, enviado a gobernar el sur, aprovechó el caos para independizarse y fundar en el año 204 a.C. su propio reino, el reino de Nanyue ('el Yue del Sur'), con capital en Panyu. Nanyue fue un Estado poderoso que reinó durante casi un siglo sobre el sur de la actual China y el norte de Vietnam, mezclando la cultura china con la de los pueblos yue locales. El testimonio más espectacular de aquel reino salió a la luz en 1983, cuando en pleno centro de Guangzhou se descubrió por casualidad la tumba intacta de uno de sus reyes, con su cuerpo amortajado en un sudario de jade y un fabuloso ajuar, hoy uno de los tesoros arqueológicos de China.
En el año 111 a.C., el imperio Han conquistó Nanyue e integró el sur definitivamente en China. Pero Panyu conservó su papel clave: su posición en la desembocadura del río de las Perlas, con salida al mar, la convirtió muy pronto en el gran puerto del sur, la puerta por la que China se asomaba a los mares del sur y al comercio con tierras lejanas. Esa vocación marítima y comercial marcaría toda su historia.
Durante más de mil años, Cantón fue el principal puerto internacional de China y uno de los grandes emporios comerciales de Asia. Ya bajo la dinastía Tang (siglos VII-X), la ciudad era el extremo oriental de la Ruta de la Seda marítima, la red de rutas navales que unía China con el sureste asiático, la India, Persia y el mundo árabe. Por sus muelles salían la seda, la porcelana y el té, y entraban especias, marfil, perfumes y piedras preciosas. En la ciudad vivía una nutrida comunidad de mercaderes extranjeros —árabes, persas, indios, judíos—, con sus barrios, sus mezquitas y sus templos; de hecho, Cantón conserva una de las mezquitas más antiguas del mundo, la de Huaisheng, fundada según la tradición en tiempos del propio Mahoma.
A lo largo de las dinastías Song, Yuan y Ming, el puerto de Cantón siguió siendo un centro comercial de primer orden, aunque conoció altibajos según las políticas imperiales, a veces más abiertas y a veces más recelosas del contacto exterior. La llegada de los europeos a partir del siglo XVI —primero los portugueses, que se instalaron cerca, en Macao, y luego holandeses, británicos y otros— abrió una nueva era. Cantón se convirtió en el punto de encuentro entre China y las potencias mercantiles de Occidente.
Ese papel se volvió exclusivo en el siglo XVIII. En 1757, la dinastía Qing, desconfiada del contacto con los 'bárbaros' occidentales, decidió cerrar todos los puertos del país al comercio europeo salvo uno: Cantón. Durante casi un siglo, bajo el llamado 'sistema de Cantón', toda la enorme demanda europea de té, seda y porcelana china tuvo que canalizarse a través de esta única ciudad, y solo a través de un grupo de comerciantes chinos autorizados, los 'hong'. Cantón se hizo inmensamente rica y cosmopolita, y algunos de sus mercaderes estuvieron entre los hombres más ricos del mundo de su tiempo.
El sistema de Cantón, tan lucrativo, escondía un desequilibrio explosivo. Los europeos, y sobre todo los británicos, compraban ingentes cantidades de té chino, pero China apenas quería nada de Occidente a cambio, lo que obligaba a pagar en plata y drenaba las arcas europeas. Para revertirlo, los comerciantes británicos encontraron una mercancía que sí lograban vender masivamente en China: el opio, cultivado en la India. A comienzos del siglo XIX, el contrabando de opio a través de Cantón alcanzó proporciones devastadoras, con millones de chinos adictos y una fuga de plata que ahora iba en sentido contrario.
Cuando el gobierno imperial decidió actuar, fue en Cantón donde estalló la crisis. En 1839, el comisario imperial Lin Zexu confiscó y destruyó en la zona miles de cajas de opio británico, un acto que desencadenó la Primera Guerra del Opio (1839-1842). La aplastante superioridad militar británica humilló a China y la obligó, por el Tratado de Nankín, a abrir varios puertos, ceder Hong Kong y acabar con el monopolio de Cantón. Una Segunda Guerra del Opio (1856-1860), que también empezó con incidentes en Cantón, profundizó la humillación.
Como consecuencia, las potencias extranjeras obtuvieron concesiones en la ciudad. En la isla de Shamian, una franja de tierra ganada al río, se establecieron los enclaves británico y francés, con sus edificios europeos, sus bancos, sus iglesias y sus clubes, separados del resto de la ciudad. Cantón, que había sido la orgullosa puerta por la que China dictaba las reglas del comercio, se convirtió en símbolo del llamado 'siglo de humillación' a manos de las potencias extranjeras. Pero de aquel choque nació también una ciudad especialmente abierta, inquieta y proclive al cambio.
Su carácter abierto y su contacto con el mundo hicieron de Cantón uno de los grandes focos revolucionarios de la China moderna. La provincia de Guangdong fue la cuna de Sun Yat-sen, el 'padre de la China moderna', que lideró el movimiento republicano contra la dinastía Qing. Tras la caída del imperio en 1911, Cantón fue una y otra vez base del movimiento nacionalista: aquí Sun Yat-sen estableció gobiernos revolucionarios, y en las afueras de la ciudad se fundó en 1924 la Academia Militar de Whampoa, donde se formaron los oficiales tanto del Kuomintang como, en muchos casos, del naciente Partido Comunista, en la época en que ambos colaboraban.
La ciudad vivió una intensa agitación política y obrera en los años veinte, con huelgas, movilizaciones y episodios violentos, como el efímero y sangriento 'levantamiento de Cantón' de los comunistas en 1927, brutalmente reprimido. Durante la Segunda Guerra Sino-Japonesa, Cantón fue ocupada por el ejército japonés en 1938 y sufrió las penurias de la guerra hasta 1945. Tras la victoria comunista en la guerra civil, la ciudad quedó integrada en la República Popular en 1949.
Bajo el nuevo régimen, Cantón conservó una función singular: pese al aislamiento general del país, siguió siendo una ventana al exterior, sobre todo a través de la Feria de Cantón, la gran feria comercial semestral creada en 1957, que durante décadas fue casi el único canal por el que la China maoísta comerciaba con el mundo capitalista. Esa condición de puerta comercial, mantenida incluso en los años más cerrados, preparó a la ciudad para el papel estelar que le esperaba con la apertura económica.
El gran renacimiento de Cantón llegó con las reformas económicas de Deng Xiaoping. No es casual que la apertura de China empezara precisamente aquí, en la provincia de Guangdong: en 1979-1980, el gobierno eligió esta región, junto a Hong Kong y a la tradición comercial cantonesa, para lanzar el experimento del capitalismo controlado, creando cerca las primeras Zonas Económicas Especiales, como Shenzhen, que pasó de aldea de pescadores a metrópoli en una generación. Guangdong se convirtió en la 'fábrica del mundo' y en el motor de la industrialización china, y Guangzhou, como su capital, resurgió con una fuerza arrolladora.
En las décadas siguientes, la ciudad se transformó a una velocidad vertiginosa: se levantaron rascacielos, se construyó uno de los metros más extensos del mundo, se desarrolló el nuevo distrito financiero de Zhujiang New Town y, para los Juegos Asiáticos de 2010, se inauguró la esbelta Torre de Cantón, el nuevo icono a orillas del río. El delta del río de las Perlas —que integra Guangzhou, Shenzhen, Dongguan, Foshan, Hong Kong y Macao— se convirtió en una de las mayores y más ricas aglomeraciones urbanas del planeta, un gigantesco polo industrial, tecnológico y comercial.
Hoy Guangzhou es una megaciudad de más de dieciocho millones de habitantes, pujante y cosmopolita, que mantiene viva su antigua vocación: la de gran puerta comercial de China al mundo, con su Feria de Cantón atrayendo a empresarios de todo el planeta. Pero bajo los rascacielos late su historia milenaria: la tumba del rey de Nanyue, los templos, la mezquita más antigua, la isla colonial de Shamian, las casas de té donde nació el dim sum. Cantón sigue siendo lo que fue durante dos mil años: el punto donde China se encuentra con el mundo, y donde mejor se come de toda China.