Pocos nombres de ciudad son tan combativos como el de Siem Reap. En jemer, 'Siem Reap' significa, más o menos, 'la derrota de Siam', es decir, la derrota de los tailandeses. La tradición popular lo relaciona con una victoria del reino camboyano sobre el ejército del reino siamés de Ayutthaya, en algún momento de las guerras que enfrentaron durante siglos a ambos pueblos por el control de esta rica llanura. Sea leyenda o historia, el topónimo condensa un hecho central: Siem Reap creció en una frontera disputada, a un paso de las ruinas de la que había sido la capital más deslumbrante del sudeste asiático.
Porque la verdadera historia de Siem Reap no empieza en la ciudad actual, sino unos kilómetros al norte, en Angkor. Allí, entre los siglos IX y XV, floreció el corazón del imperio jemer, una civilización que levantó cientos de templos de piedra, gestionó un sistema hidráulico gigantesco y sostuvo a lo que muchos historiadores consideran la mayor ciudad preindustrial del mundo. Siem Reap, la ciudad moderna, no es más que la heredera y guardiana de aquel esplendor: nació y se desarrolló como el poblado a las puertas de Angkor.
Durante mucho tiempo fue apenas eso: un conjunto de aldeas junto al río Siem Reap, en tierras que pasaron de mano en mano entre camboyanos y siameses. Su destino cambiaría para siempre cuando el mundo 'redescubriera' los templos que tenía al lado y empezara a llegar, primero a cuentagotas y luego en masa, para contemplarlos.
El imperio jemer suele datarse a partir del año 802, cuando el rey Jayavarman II se proclamó 'monarca universal' (chakravartin) en el monte Kulen, cerca de la actual Siem Reap, e inauguró una dinastía que gobernaría desde la región de Angkor. A lo largo de los siglos siguientes, sus sucesores convirtieron esta llanura en el centro de un Estado poderosísimo que, en su apogeo, extendió su influencia sobre buena parte de las actuales Camboya, Tailandia, Laos y el sur de Vietnam.
La grandeza de Angkor se apoyaba en dos pilares. El primero era el agua: los jemeres construyeron enormes embalses artificiales (los 'baray', algunos de varios kilómetros de largo), canales y diques que permitían controlar el monzón, regar los arrozales y sostener a una población inmensa. El segundo era la religión: los reyes se identificaban con los dioses hindúes (Shiva, Vishnú) y, más tarde, con el budismo, y expresaban ese poder divino levantando templos-montaña que representaban el monte Meru, el eje del universo.
Dos reyes marcan la cima de ese esplendor. Suryavarman II, en la primera mitad del siglo XII, mandó construir Angkor Wat, dedicado a Vishnú: el templo religioso más grande del mundo, hoy símbolo de Camboya y presente hasta en su bandera. Décadas después, Jayavarman VII, el gran rey budista, levantó la ciudad amurallada de Angkor Thom con el templo del Bayón y sus enigmáticos rostros de piedra, además de hospitales, calzadas y templos como Ta Prohm. Bajo su reinado, a fines del siglo XII, Angkor alcanzó su máxima extensión.
Tras el abandono de Angkor como capital, en el siglo XV, los grandes templos nunca quedaron del todo olvidados: los monjes budistas siguieron viviendo y rezando en Angkor Wat, y los campesinos jemeres jamás dejaron de venerar aquellas piedras. Pero para el mundo exterior, Angkor se convirtió en una ciudad perdida en la selva, envuelta en leyendas.
En el siglo XIX, exploradores europeos empezaron a difundir su existencia en Occidente. El nombre que quedó asociado a ese 'redescubrimiento' es el del naturalista francés Henri Mouhot, que visitó Angkor en 1860 y describió los templos con asombro en unos diarios que se publicaron tras su muerte y causaron sensación en Europa. Mouhot no fue el primer occidental en verlos —antes hubo misioneros y viajeros—, pero sus relatos e ilustraciones despertaron la fascinación mundial por Angkor.
Poco después, en 1863, Camboya se convirtió en protectorado de Francia, dentro de lo que sería la Indochina francesa. Los franceses impulsaron el estudio, el mapeo y la restauración de los templos a través de la Escuela Francesa de Extremo Oriente (EFEO), que durante décadas trabajó en Angkor. En 1907, el reino de Siam devolvió a Camboya las provincias de Siem Reap y Battambang, que había controlado, y Angkor quedó de nuevo bajo administración camboyana (y francesa). Fue entonces cuando Siem Reap empezó a transformarse: llegaron los primeros hoteles para viajeros, entre ellos el legendario Grand Hôtel, y la ciudad se preparó para recibir a los curiosos del mundo entero.
El siglo XX trajo a Camboya, y a Siem Reap, décadas terribles. Tras la independencia de Francia en 1953, el país vivió un frágil equilibrio bajo el rey (y luego príncipe) Norodom Sihanouk, hasta que la guerra de Vietnam desbordó las fronteras. Camboya fue arrastrada al conflicto: los bombardeos estadounidenses sobre el este del país y la guerra civil interna prepararon el terreno para la tragedia.
En 1975, los Jemeres Rojos, la guerrilla comunista radical liderada por Pol Pot, tomaron el poder y sometieron a Camboya a uno de los regímenes más brutales del siglo XX. En apenas tres años y ocho meses (1975-1979), su intento de crear una utopía agraria mediante el vaciamiento de las ciudades, el trabajo forzado y la eliminación de todo 'enemigo de clase' costó la vida a alrededor de 1,7 a 2 millones de personas, por hambre, enfermedad, agotamiento y ejecuciones. La región de Siem Reap y los templos de Angkor quedaron en zona de guerra; el turismo desapareció por completo, y durante años Angkor fue escenario de combates, saqueos y campos de minas.
La caída de los Jemeres Rojos en 1979, tras la invasión vietnamita, no trajo la paz de inmediato: la guerra civil continuó por el noroeste del país, cerca de Siem Reap, hasta bien entrada la década de 1990. Los templos sufrieron el abandono, el robo de esculturas y los daños de la guerra. Solo con la pacificación definitiva y la inscripción de Angkor como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, en 1992, empezó una nueva etapa de restauración y de regreso de los visitantes.
Desde los años noventa, y sobre todo en el siglo XXI, Siem Reap ha vivido una transformación vertiginosa. De pueblo dormido y castigado por la guerra pasó a ser la ciudad turística más importante de Camboya y una de las más visitadas del sudeste asiático. La llegada masiva de viajeros para ver Angkor multiplicó los hoteles, los restaurantes, las agencias y los empleos, y la ciudad se llenó de mercados nocturnos, spas y la bulliciosa Pub Street.
Ese crecimiento tiene sus luces y sus sombras. Por un lado, el turismo sacó de la pobreza a miles de familias y financió la conservación de los templos. Por otro, planteó desafíos: la presión sobre los monumentos por la cantidad de visitantes, el consumo de agua subterránea que amenazaba con hundir el suelo bajo Angkor, y el difícil equilibrio entre desarrollo y preservación. Las autoridades camboyanas y los organismos internacionales trabajan en regular las visitas, y el nuevo aeropuerto Siem Reap-Angkor, inaugurado en 2023 y alejado de los templos, busca precisamente reducir el impacto de los aviones sobre las piedras milenarias.
Hoy Siem Reap es una ciudad que mira al futuro sin olvidar de dónde viene. Convive el peso abrumador de Angkor con la calidez del presente camboyano: los monjes que al amanecer piden limosna, los mercados llenos de vida, la cocina jemer que se abre paso en el mundo, los proyectos sociales que dan trabajo y educación a jóvenes marcados por la historia. Sigue siendo, ante todo, la guardiana de un tesoro de la humanidad: la puerta por la que millones de personas se asoman, cada año, al esplendor perdido y recuperado del imperio jemer.