Frente a la gran Koh Rong, separada por un estrecho brazo de mar, se extiende Koh Rong Samloem, su isla gemela más pequeña y tranquila. Su nombre suele traducirse como algo cercano a 'la isla del cobijo' o 'del abrigo', y durante siglos hizo honor a ese apodo: fue un lugar apartado, cubierto de selva, donde unas pocas comunidades de pescadores vivían de espaldas al mundo, sacando del golfo de Tailandia lo justo para subsistir.
Como toda la costa e islas de la región de Kompong Som (la actual Sihanoukville), Koh Rong Samloem quedó integrada administrativamente a Camboya durante el protectorado francés, formalizado por tratado en 1863. Pero la administración colonial apenas rozó la vida de la isla: sin caminos, sin puertos importantes, sin recursos que explotar a gran escala, Samloem siguió siendo un rincón remoto, poblado por pescadores y rodeado de arrecifes.
La geografía marcó su destino. La isla es en su mayor parte montañosa y selvática, con una costa recortada en bahías protegidas —Saracen Bay al este, las playas del atardecer al oeste, M'Pai Bay al norte— separadas entre sí por la espesura. Esa misma dificultad de acceso que la mantuvo pobre y aislada durante generaciones es hoy, paradójicamente, lo que la vuelve tan atractiva: playas casi vírgenes, silencio y una sensación de paraíso intacto que islas más desarrolladas ya perdieron.
Si algo dejó la presencia francesa en Koh Rong Samloem, no fueron villas ni resorts, sino una obra funcional que todavía se levanta en el extremo sur de la isla: un faro. Construido en tiempos coloniales, este faro servía para guiar a los barcos que navegaban por las aguas del golfo de Tailandia frente a la costa camboyana, en una época en que el comercio marítimo de la Indochina francesa crecía y necesitaba señalización.
Hoy ese faro es una de las metas de senderismo más populares de la isla: una caminata por la selva desde las playas del sur permite alcanzarlo y disfrutar, desde sus alrededores, de vistas del golfo y de la costa. Es, además, un testimonio silencioso de la larga historia de la isla, mucho anterior a los bungalows y los centros de buceo, y un recordatorio de que estas aguas remotas ya eran, hace más de un siglo, rutas de navegación vigiladas.
Más allá del faro, la marca de los siglos en Koh Rong Samloem es sobre todo natural: la selva que cubre su interior, los arrecifes que rodean sus bahías, las playas que ningún proyecto colonial llegó a transformar. A diferencia de Kep o Kampot, en el continente, aquí no hubo balnearios de élite ni arquitectura señorial: la isla permaneció al margen de la historia visible, guardando su belleza para un futuro que tardaría mucho en llegar.
El siglo XX golpeó a Koh Rong Samloem como a todo el país, aunque su aislamiento la mantuvo al margen de los grandes acontecimientos. Cuando los Jemeres Rojos de Pol Pot tomaron el poder en 1975 e impusieron el régimen de la Kampuchea Democrática, su política de colectivización forzada y control total alcanzó incluso a las islas remotas del golfo. Como en el resto de Camboya, la vida normal quedó abolida y las comunidades fueron sometidas al trabajo forzado; el régimen, que gobernó hasta 1979, causó en todo el país la muerte de alrededor de una cuarta parte de la población.
Tras la caída de los Jemeres Rojos, con la invasión vietnamita de 1979, y durante las largas décadas de guerra civil, ocupación y recuperación que siguieron, las islas quedaron bajo control militar. Koh Rong Samloem, por su posición estratégica frente a la costa, albergó durante años una presencia de la Marina camboyana, especialmente en la zona de Saracen Bay. Esa condición de zona militar contribuyó a mantener la isla cerrada al desarrollo y prácticamente virgen durante todo ese periodo.
Así, mientras el continente intentaba reconstruirse tras el trauma del genocidio y la guerra, Koh Rong Samloem permaneció en un limbo: ni destruida ni desarrollada, simplemente aislada, con sus pescadores, su selva y sus playas esperando. Recién con la llegada firme de la paz, ya en el nuevo siglo, y con el repliegue del control militar, la isla empezaría a abrirse tímidamente al mundo, esta vez en clave turística.
La apertura turística de Koh Rong Samloem llegó, como en toda la costa camboyana, ya entrado el siglo XXI, y de forma más pausada que en su vecina Koh Rong. Al principio fueron unos pocos bungalows básicos para mochileros aventureros que buscaban playas vírgenes lejos del ruido; con el tiempo, y sobre todo en la década de 2010, la isla desarrolló una oferta de alojamientos de baja escala —bungalows y pequeños resorts— concentrada en la bellísima Saracen Bay, mientras M'Pai Bay, al norte, se consolidaba como el rincón mochilero y bohemio.
A diferencia de otros destinos de la región, Koh Rong Samloem logró (hasta ahora) crecer sin desnaturalizarse del todo: sin fiesta ruidosa, sin grandes torres, sin el caos de Koh Touch. Su marca de identidad se volvió justamente la tranquilidad: la isla del descanso, del buceo, del plancton y de las playas serenas, frente a la Koh Rong más movida. Esa reputación de refugio sereno es hoy su principal atractivo y, a la vez, su desafío: cómo desarrollarse sin perder lo que la hace especial.
El crecimiento trajo, también aquí, sus tensiones: la gestión del agua, la energía (muchos alojamientos funcionan con generador), los residuos y la presión sobre los arrecifes son problemas reales de una isla frágil que recibe cada vez más visitantes. La creación del parque nacional marino en el archipiélago de Koh Rong, en 2018, abarca estas aguas e intenta proteger su vida marina. Koh Rong Samloem encarna, en pequeño, el dilema de toda la costa camboyana: cómo abrir al mundo un paraíso que estuvo escondido durante décadas por la guerra y el aislamiento, sin destruir en pocos años lo que la naturaleza tardó siglos en formar. Por ahora, la isla sigue siendo uno de los rincones más serenos y hermosos de Camboya, y quienes la visitan suelen coincidir en un mismo deseo: que se quede así.