Kep no es un pueblo antiguo que fue creciendo con los siglos: es, casi literalmente, un balneario inventado. En 1908, los administradores de la Indochina francesa eligieron este tramo de costa del golfo de Tailandia —una lengua de tierra con playas, brisa marina y colinas boscosas— para construir desde cero una estación de descanso para los colonos. La bautizaron 'Kep-sur-Mer' y, con la grandilocuencia de la época, la apodaron 'la perla de la costa de ágata' (la perle de la côte d'agathe).
La idea era ofrecer a los funcionarios y comerciantes franceses de Nom Pen un lugar donde escapar del calor sofocante de la capital, a unas pocas horas de camino. En un país de interior fluvial y selvas, la costa fresca y ventilada de Kep parecía el paraíso: un sitio para bañarse en el mar, navegar, socializar y olvidarse del trabajo. Los franceses ya habían hecho algo parecido en las montañas, con la estación de altura de Bokor, cerca de Kampot, otro de sus refugios coloniales.
Durante las primeras décadas del siglo XX, Kep fue creciendo despacio como un destino exclusivo y colonial. Se levantaron hoteles, villas y hasta un casino, y el pequeño pueblo se acostumbró a recibir a la sociedad europea de la colonia. Pero su verdadero apogeo, el que dejó las ruinas que hoy fascinan a los viajeros, todavía estaba por llegar, y vendría de la mano de la independencia y de un rey enamorado de la modernidad.
Camboya se independizó de Francia en 1953, de forma relativamente pacífica, bajo el liderazgo del rey Norodom Sihanouk, una figura central y contradictoria de la historia del país. Sihanouk abdicó del trono en 1955 para poder gobernar como político y se convirtió en el gran árbitro de la Camboya de los años cincuenta y sesenta. Fue una época de optimismo, construcción nacional y florecimiento cultural, y Kep se convirtió en uno de sus símbolos.
Sihanouk era un apasionado de la arquitectura moderna y del arte. Bajo su impulso floreció el llamado 'Nuevo Movimiento Jemer' (New Khmer Architecture), una corriente que fusionaba el modernismo internacional con elementos tradicionales camboyanos y con el clima tropical, y cuyo gran nombre fue el arquitecto Vann Molyvann. Ese espíritu llegó a Kep: la nueva élite del país —ministros, generales, empresarios, artistas, la propia familia real— se hizo construir allí villas de vacaciones audaces y luminosas, con líneas geométricas, terrazas abiertas al mar y grandes ventanales. Se calcula que llegaron a levantarse alrededor de mil doscientas villas en la zona.
Kep vivió entonces su verdadera edad de oro. Era el balneario de moda de la Camboya independiente: la aristocracia de Nom Pen venía los fines de semana a broncearse, navegar, jugar en el casino y lucirse. Las fotos de la época muestran autos elegantes, trajes de baño, fiestas junto al mar y una modernidad optimista que parecía imparable. Nadie imaginaba que ese mundo estaba a punto de ser arrasado por completo, y que las mismas villas que simbolizaban el progreso se convertirían en blanco de un odio ideológico.
El sueño terminó de forma brutal. A partir de 1970, cuando el general Lon Nol derrocó a Sihanouk y Camboya fue arrastrada al torbellino de la guerra de Vietnam, el país entró en una guerra civil devastadora. La costa y las ciudades se volvieron inseguras, el turismo se esfumó y Kep, como el resto de Camboya, quedó atrapada en la violencia. Los bombardeos, los combates y el colapso económico fueron vaciando poco a poco el balneario dorado.
En abril de 1975, los Jemeres Rojos de Pol Pot tomaron el poder e impusieron uno de los regímenes más sangrientos del siglo XX. Su proyecto era demencial: abolir el dinero, las ciudades, la propiedad, la religión y la vida moderna para crear una utopía campesina y colectivista. Vaciaron a la fuerza Nom Pen y las demás ciudades, enviando a millones de personas al campo a realizar trabajos forzados. En apenas tres años y medio, entre ejecuciones, hambre, enfermedades y agotamiento, murió alrededor de una cuarta parte de la población del país, quizá 1,7 a 2 millones de personas.
Para los Jemeres Rojos, la Kep de las villas, el casino y la élite acomodada representaba exactamente todo lo que despreciaban: el lujo, la 'decadencia' occidental, la burguesía urbana. Cuando el pueblo cayó bajo su control, sus habitantes fueron asesinados o deportados, y las villas modernistas fueron sistemáticamente saqueadas, incendiadas y destrozadas. Se llevaron todo lo de valor y dejaron esqueletos de hormigón. Tras la caída del régimen en 1979, el saqueo continuó durante los años de ocupación y guerra que siguieron. La perla de la costa quedó reducida a un pueblo fantasma en ruinas, y así permanecería durante décadas.
Camboya tardó mucho en recuperarse. Los Jemeres Rojos cayeron en enero de 1979, cuando Vietnam invadió el país y los expulsó del poder, pero la guerra civil siguió por otra década larga, con las facciones jemeres rojas atrincheradas en el oeste y una economía en ruinas. Recién con los Acuerdos de Paz de París de 1991 y las elecciones de 1993, supervisadas por la ONU, el país empezó a estabilizarse y a reconstruirse. Kep, mientras tanto, seguía siendo un pueblo mayormente abandonado, con sus villas comidas por la selva.
El renacimiento llegó despacio, ya entrado el siglo XXI. La recuperación de la célebre pimienta de Kampot —cultivada en las plantaciones vecinas y relanzada hasta obtener una Indicación Geográfica Protegida— y la fama del cangrejo azul de Kep pusieron de nuevo a la región en el mapa, esta vez gastronómico. El mercado de cangrejos, con sus mariscos frescos cocinados a la pimienta frente al mar, se convirtió en un imán para viajeros y para los propios camboyanos. En 2008, Kep fue reconocida como provincia propia (la más pequeña del país).
Hoy Kep vive un equilibrio delicado y encantador entre la melancolía y el renacer. Algunas villas modernistas fueron rescatadas y convertidas en hoteles boutique que celebran su arquitectura original; otras siguen en ruinas, habitadas por familias o devoradas por las enredaderas, como memoriales involuntarios de una época perdida. El pueblo atrae a un turismo tranquilo que busca mariscos, playa, el parque nacional, la isla del Conejo y ese aire nostálgico único. Kep no volvió a ser la deslumbrante 'perla de la costa' de los años sesenta, pero encontró una segunda vida más sencilla y quizá más auténtica: la de un rincón sereno donde la historia camboyana —su esplendor, su tragedia y su resiliencia— se lee en cada muro descascarado frente al golfo de Tailandia.