Kampot nació y creció mirando al agua. Situado a orillas del río Praek Tuek Chhu, a pocos kilómetros de donde este desemboca en el golfo de Tailandia, y protegido a sus espaldas por la mole de la montaña de Bokor, el pueblo ocupa un lugar privilegiado entre el río, el mar y la montaña. Esa geografía explica buena parte de su historia: durante mucho tiempo, Kampot fue uno de los principales puertos marítimos de Camboya, la ventana del reino al comercio con el mundo.
Antes de que a mediados del siglo XX se construyera el gran puerto de aguas profundas de Sihanoukville, era por Kampot por donde entraban y salían buena parte de las mercancías del país. Barcos de comerciantes chinos, malayos, vietnamitas y europeos recalaban aquí, y el pueblo se convirtió en un cruce de culturas y en un centro comercial próspero. Aún hoy, la comunidad de origen chino y la impronta cosmopolita se notan en su ambiente.
Esa vocación de puerto y de encrucijada, sumada a la fertilidad de sus tierras y a un microclima favorable, sembró las semillas de las dos cosas por las que Kampot sería mundialmente conocido: su pimienta y, más tarde, su encanto colonial. Para entender el Kampot tranquilo y bohemio de hoy hay que remontarse a los siglos en que fue un bullicioso puerto entre el río y el mar.
La pimienta es, sin duda, el producto que ha dado fama mundial a Kampot, y su historia es larga. El cultivo de pimienta en esta región del sur de Camboya se remonta siglos atrás —hay menciones a la pimienta camboyana ya en relatos de viajeros de la época medieval—, favorecido por el suelo y el clima particulares de la zona. Pero fue durante la época del protectorado francés, en la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX, cuando el cultivo se expandió a gran escala y la pimienta de Kampot alcanzó su prestigio internacional.
Los colonos franceses impulsaron enormemente la producción, y la pimienta de Kampot se convirtió en un producto muy apreciado en Europa: en su apogeo, a comienzos del siglo XX, se exportaban miles de toneladas al año, y los granos de Kampot eran los preferidos de la alta cocina francesa, que los consideraba insuperables por su aroma y complejidad. Kampot se ganó así un lugar en el mapa gastronómico mundial, y su pimienta se volvió sinónimo de calidad.
Ese esplendor, sin embargo, no duraría para siempre. Las guerras y la agitación política del siglo XX, y muy especialmente el régimen de los Jemeres Rojos, estuvieron a punto de borrar del mapa este cultivo emblemático, como se verá más adelante. La historia de la pimienta de Kampot es, en el fondo, un espejo de la historia del propio país: esplendor, catástrofe y renacimiento.
El periodo colonial francés dejó en Kampot y sus alrededores dos legados imborrables. El primero es el propio casco urbano: como próspero puerto colonial, Kampot se llenó de elegantes casas-comercio de dos plantas y edificios administrativos de comienzos del siglo XX, muchos de los cuales han sobrevivido y hoy, algo desconchados, componen ese encanto nostálgico que enamora a los viajeros. Recorrer sus calles es asomarse a una 'belle époque' tropical detenida en el tiempo.
El segundo legado, más espectacular, está en lo alto de la montaña de Bokor. En los años veinte, los franceses construyeron allí, a unos 1.000 metros de altura, una estación de montaña (hill station): un refugio para escapar del sofocante calor de las tierras bajas, con un lujoso hotel-casino (el Bokor Palace), una iglesia, residencias y otros edificios, rodeados del fresco bosque nuboso. Fue un lugar de veraneo de la élite colonial, símbolo del poder y del estilo de vida francés en Indochina.
La construcción de Bokor tuvo también un costado oscuro: se levantó con trabajo forzado de obreros camboyanos, muchos de los cuales murieron en las duras condiciones de la obra en la montaña. Tras la independencia y, sobre todo, con la llegada de las guerras, la estación fue abandonada, y durante décadas sus edificios en ruinas, envueltos en la niebla, se convirtieron en una de las imágenes más fantasmales y evocadoras de Camboya, hoy uno de los grandes atractivos de Kampot.
El siglo XX golpeó duramente a Kampot, como a toda Camboya. Tras la independencia de Francia en 1953, el país vivió unos años de relativa prosperidad bajo Norodom Sihanouk, pero la guerra de Vietnam, que desbordó las fronteras, y la guerra civil camboyana arrastraron a la nación hacia el abismo. En 1975, los Jemeres Rojos de Pol Pot tomaron el poder e impusieron uno de los regímenes más brutales del siglo XX: vaciaron las ciudades, abolieron el dinero y la propiedad, y sometieron a la población al trabajo esclavo, el hambre y las ejecuciones en su delirante utopía agraria. En tres años y ocho meses (1975-1979) murieron alrededor de 1,7 a 2 millones de camboyanos, cerca de una cuarta parte de la población.
Kampot y su región no escaparon a esa tragedia. Y hubo, además, un daño simbólico y económico particular: el régimen de los Jemeres Rojos, obsesionado con la producción de arroz por encima de todo, ordenó arrancar buena parte de las plantaciones de pimienta para reemplazarlas por arrozales. Así, el cultivo emblemático de Kampot, que había dado fama mundial a la región, estuvo a punto de desaparecer por completo. Los conocimientos, las plantas y muchos de los agricultores se perdieron en aquellos años terribles.
Tras la caída del régimen en 1979, la reconstrucción del país fue lenta y penosa, y con ella la del propio Kampot. Durante los años ochenta y buena parte de los noventa, la región siguió marcada por la pobreza y las secuelas de la guerra, con la pimienta reducida a una producción mínima y casi olvidada, y la vieja estación de Bokor abandonada a la niebla.
La historia reciente de Kampot es, felizmente, una historia de renacimiento. Con la pacificación definitiva de Camboya en los años noventa, la región empezó a recuperarse, y uno de los símbolos más hermosos de esa recuperación fue el resurgir de la pimienta. A partir de finales de los años noventa y comienzos del siglo XXI, agricultores, cooperativas e inversores rescataron el cultivo tradicional, replantaron las viñas de pimienta y recuperaron los métodos de antaño. El esfuerzo dio frutos: la pimienta de Kampot volvió a conquistar los paladares de los mejores chefs del mundo, obtuvo su denominación de origen protegida y se convirtió de nuevo en un producto de lujo, motor económico y orgullo de la región.
Paralelamente, Kampot fue redescubierto por los viajeros. Su encanto colonial intacto, su río apacible, su ambiente relajado y bohemio, la cercanía de Bokor y de la costa, y una escena de cafés y gastronomía sorprendente lo convirtieron en uno de los destinos favoritos del sur de Camboya para quienes buscan un turismo lento y auténtico, lejos de las multitudes. Extranjeros que llegaron de paso se quedaron a vivir y abrieron bungalows junto al río, cafés y restaurantes, sumándose a la vida local sin borrarla.
Hoy, Kampot combina con naturalidad su pasado y su presente: el puerto colonial y la pimienta legendaria, la memoria de los años oscuros y la energía de un pueblo que ha sabido renacer. Para el viajero, ofrece una de las caras más apacibles y sabrosas de Camboya: atardeceres dorados sobre el río, luciérnagas titilando en la noche, la niebla fantasmal de Bokor, el sabor inconfundible de su pimienta y la calidez de su gente. Un lugar donde, después de tanta historia, por fin se puede simplemente descansar y disfrutar.