Pocas ciudades tienen un origen tan legendario como Battambang. Su nombre, en jemer, significa aproximadamente 'la pérdida del bastón' o 'el bastón perdido', y remite a un relato popular que todo camboyano conoce. Según la leyenda, un humilde pastor de vacas llamado Ta Dambong encontró un bastón mágico de color negro que le otorgó una fuerza descomunal. Con ese poder derrocó al rey y se hizo con el trono, gobernando como un usurpador. Pero un joven príncipe destinado a recuperar el reino se le enfrentó, y en la persecución Ta Dambong lanzó o perdió su bastón mágico, quedándose sin su poder. De ahí, 'el bastón perdido'.
Es una leyenda, claro, pero condensa algo del carácter de la ciudad: hoy una gran estatua del legendario Ta Dambong, empuñando su bastón, da la bienvenida a Battambang y se ha convertido en su símbolo popular. Más allá del mito, la zona estuvo habitada desde antiguo y formó parte del área de influencia del imperio jemer, como atestiguan los templos de los siglos XI y XII que salpican sus alrededores, como Wat Banan y Wat Ek Phnom.
Situada en una llanura fertilísima regada por el río Sangker y cercana al gran lago Tonlé Sap, Battambang fue siempre una tierra rica en arroz y pesca, lo que la convirtió en un premio codiciado. Esa riqueza agrícola explica buena parte de su historia posterior: durante siglos, la provincia fue un territorio disputado entre los dos grandes reinos vecinos, Camboya y Siam.
El rasgo más singular de la historia de Battambang es que, durante más de un siglo, no fue gobernada desde Camboya, sino desde Siam (la actual Tailandia). Hacia finales del siglo XVIII, en un contexto de debilidad del reino camboyano y de expansión siamesa, la provincia de Battambang (junto con la de Siem Reap y los templos de Angkor) quedó bajo control de Siam. Aproximadamente desde 1795 y hasta 1907, la región fue administrada por una dinastía local de gobernadores de lealtad siamesa, la familia Aphaiwong, que la gobernó de forma casi autónoma pero bajo la soberanía de Bangkok.
Esa larga etapa dejó una huella profunda. Durante más de cien años, Battambang miró más hacia Bangkok que hacia la corte camboyana, y absorbió influencias culturales, administrativas y comerciales siamesas que la diferenciaron del resto de Camboya. La ciudad prosperó como centro de una región agrícola clave, exportando su arroz y sus productos.
Todo cambió a comienzos del siglo XX. Camboya era ya, desde 1863, un protectorado de Francia, integrado en la Indochina francesa, y París presionó para recuperar los territorios que Siam controlaba. En 1907, mediante un tratado franco-siamés, Siam devolvió a Camboya las provincias de Battambang y Siem Reap. Battambang volvía así, tras más de un siglo, a formar parte de Camboya, esta vez bajo administración colonial francesa. Comenzaba su época de mayor esplendor urbano.
El regreso de Battambang a Camboya en 1907, bajo administración francesa, inauguró la etapa que hoy define la imagen de la ciudad. Los franceses, junto con una próspera burguesía local de comerciantes camboyanos, chinos y otros, remodelaron el centro urbano a lo largo de las primeras décadas del siglo XX. Se trazaron calles, se levantaron edificios administrativos y, sobre todo, se construyeron las elegantes 'shophouses' —casas de dos plantas con el comercio abajo y la vivienda arriba— pintadas en tonos pastel que hoy son la seña de identidad de Battambang.
Gracias a la riqueza arrocera de la provincia, la ciudad floreció como el segundo gran centro urbano de Camboya, después de Nom Pen. Se construyó incluso una línea de ferrocarril que la conectaba con la capital, y Battambang se ganó fama de ciudad culta, próspera y ordenada. Buena parte de aquel patrimonio colonial ha sobrevivido, lo que convierte hoy a Battambang en la ciudad con la arquitectura francesa mejor conservada del país: recorrer su centro es asomarse a esa 'belle époque' tropical.
Camboya obtuvo su independencia de Francia en 1953, bajo el liderazgo del rey Norodom Sihanouk. Durante los años cincuenta y sesenta, Battambang siguió siendo una ciudad importante y relativamente tranquila, granero del país y centro regional. Pero la paz no duraría: la guerra de Vietnam, que desbordó las fronteras, y la guerra civil camboyana arrastraron también a esta región hacia una de las etapas más oscuras de su historia.
Como todo Camboya, Battambang y su provincia vivieron la tragedia del régimen de los Jemeres Rojos. La guerrilla comunista radical liderada por Pol Pot tomó el poder en abril de 1975 y sometió al país a uno de los experimentos más brutales del siglo XX: el vaciamiento forzoso de las ciudades, la abolición del dinero, la religión y la propiedad, el trabajo esclavo en el campo y la persecución y ejecución de todo aquel considerado 'enemigo' —intelectuales, profesionales, minorías, o simplemente sospechosos—. En apenas tres años y ocho meses (1975-1979), alrededor de 1,7 a 2 millones de camboyanos murieron por hambre, enfermedad, agotamiento y ejecuciones: cerca de una cuarta parte de la población.
Battambang, ciudad rica y educada, fue vaciada; su población, deportada a los campos de trabajo del campo circundante. Y en los alrededores, algunos lugares se convirtieron en escenarios del horror. El más conocido es la 'cueva de la muerte' (Killing Cave) de la montaña de Phnom Sampeau: allí, los verdugos del régimen arrojaban a sus víctimas a través de una abertura en el techo de la cueva, matando a miles de personas. Hoy, un pequeño memorial en su interior —una estupa con cráneos y huesos junto a una imagen de Buda— recuerda a los muertos y obliga al visitante a detenerse ante la magnitud del crimen.
La caída de los Jemeres Rojos en 1979, tras la invasión vietnamita, no trajo la paz inmediata a esta región. El noroeste de Camboya, cerca de la frontera tailandesa, siguió siendo zona de guerra durante los años ochenta y buena parte de los noventa: fue uno de los últimos reductos de la guerrilla y quedó sembrado de minas antipersonales, cuyas víctimas todavía se cuentan. La región de Battambang cargó, más que muchas otras, con la larga cola de la guerra.
De aquellas décadas terribles, Battambang ha sabido renacer de una manera muy suya: a través del arte. En los campos de refugiados de la frontera, adonde huyeron miles de camboyanos durante la guerra, un grupo de jóvenes descubrió el poder del dibujo y la expresión artística para sanar el trauma. De vuelta en Battambang, a comienzos de los años noventa, fundaron Phare Ponleu Selpak, una escuela y ONG que ofrece educación y formación artística gratuita —circo, música, danza, artes visuales— a niños y jóvenes de contextos vulnerables. De ese proyecto nació el famoso circo camboyano que hoy emociona a públicos de todo el mundo. Battambang se convirtió así, casi por necesidad, en la capital artística de Camboya.
Esa vocación creativa impregna hoy la ciudad: galerías, talleres, cafés de especialidad en casas coloniales y una comunidad de artistas le dan un ambiente bohemio y sereno, muy distinto del bullicio turístico de Siem Reap. Al mismo tiempo, la ciudad sigue siendo el corazón de una región agrícola clave, el granero arrocero del país, con su vida de mercados, arrozales y templos rurales.
Battambang es, en definitiva, una ciudad que carga con una historia densa —de fronteras disputadas, esplendor colonial y horror reciente— pero que la lleva con dignidad y con una calma sanadora. Para el viajero, ofrece una de las caras más auténticas y humanas de Camboya: la belleza detenida de sus casas pastel, el vértigo del tren de bambú, la conmoción de la cueva de la memoria, la emoción del circo y la amabilidad de su gente. Un lugar donde el pasado y el presente conviven sin estridencias, a orillas del apacible río Sangker.