Imaginá un templo tan grande que su foso, por sí solo, encierra un rectángulo de kilómetro y medio por más de un kilómetro; tan bien orientado que, dos veces al año, el sol nace exactamente sobre su torre central; y tan cargado de significado que cada muro, cada torre y cada estanque forman un mapa del cosmos. Eso es Angkor Wat, el templo religioso más grande jamás construido y la obra maestra de una civilización que, hace nueve siglos, dominaba el sudeste asiático desde estas llanuras.
Angkor Wat no es solo bello: es un discurso en piedra. Sus cinco torres en forma de capullo de loto representan los cinco picos del monte Meru, la montaña sagrada donde, según el hinduismo, habitan los dioses. Los muros concéntricos son las cordilleras que rodean esa montaña, y el gran foso que lo abraza es el océano cósmico primordial. Quien recorre Angkor Wat, en la mente de sus constructores, hace un viaje simbólico desde el mundo de los hombres hasta la morada de lo divino.
Levantar semejante obra —millones de bloques de arenisca traídos desde canteras a decenas de kilómetros, tallados y encajados con una precisión asombrosa, sin cemento— fue una hazaña de ingeniería, de organización y de fe. Y todo se hizo, según se cree, en apenas unas décadas, durante el reinado de un solo rey: Suryavarman II.
Angkor Wat fue mandado construir en la primera mitad del siglo XII por Suryavarman II, uno de los grandes reyes del imperio jemer, que llegó al trono hacia 1113 tras una lucha por el poder. Bajo su reinado, el imperio alcanzó una notable expansión militar y diplomática, con campañas hacia los reinos vecinos y contactos con la China de la dinastía Song. Pero su legado imperecedero fue este templo.
A diferencia de la mayoría de los templos jemeres, dedicados al dios Shiva, Suryavarman II consagró Angkor Wat a Vishnú, el dios preservador del universo, con quien el propio rey se identificaba. Muchos estudiosos creen que el templo fue concebido también como su mausoleo o templo funerario: un detalle llamativo es que sus bajorrelieves se leen en sentido contrario a las agujas del reloj, lo opuesto a lo habitual, una orientación asociada en la tradición hindú a los ritos funerarios.
Los bajorrelieves son, quizás, lo más extraordinario de Angkor Wat. A lo largo de casi 800 metros de galería, ejércitos de escultores narraron episodios de las grandes epopeyas hindúes —el Ramayana y el Mahabharata—, escenas de los cielos y los infiernos, batallas del propio rey y, sobre todo, el mito del 'batido del océano de leche': dioses y demonios tirando de una serpiente colosal enroscada a una montaña para agitar el océano y extraer de él el elixir de la inmortalidad. Es una de las obras narrativas en piedra más impresionantes del mundo.
Angkor Wat no surgió de la nada: era el templo de la capital de un imperio en su apogeo. El imperio jemer suele datarse desde el año 802, cuando el rey Jayavarman II se proclamó 'monarca universal' cerca de esta zona, e inauguró una dinastía que gobernaría durante seis siglos. A lo largo de ese tiempo, los reyes jemeres levantaron en la región de Angkor una sucesión de capitales, con cientos de templos, palacios y una red hidráulica descomunal de embalses y canales que controlaba el agua del monzón y permitía cultivar arroz en abundancia.
Esa agricultura intensiva sostenía a una población enorme. Los estudios más recientes, basados en escaneos láser (lidar) desde el aire, han revelado que la Angkor medieval era una inmensa ciudad de baja densidad que, con sus suburbios, pudo albergar a cientos de miles de habitantes, lo que la convertiría en una de las mayores aglomeraciones urbanas del mundo preindustrial. No era solo un conjunto de templos: era una metrópolis.
Décadas después de Suryavarman II, el imperio vivió otro momento de gloria bajo Jayavarman VII, el gran rey budista que, tras repeler una invasión del reino de Champa, reconstruyó la capital como Angkor Thom, con el templo del Bayón y sus rostros de piedra en el centro, y levantó templos-monasterio como Ta Prohm y Preah Khan, hospitales y calzadas. Con él, a fines del siglo XII, Angkor alcanzó su máxima extensión y esplendor.
A lo largo de los siglos, la religión de Angkor fue cambiando, y con ella el propio Angkor Wat. Concebido como templo hindú dedicado a Vishnú, fue transformándose en un lugar de culto budista, la fe que terminó predominando en Camboya (el budismo theravada, todavía mayoritario hoy). En su recinto se instalaron imágenes de Buda, y los monjes budistas convirtieron el templo en un sitio de peregrinación que nunca se abandonó del todo. Ese uso religioso continuo es la razón de que Angkor Wat se conservara mucho mejor que otros templos.
El resto de Angkor no tuvo la misma suerte. A partir del siglo XIV, el imperio entró en un largo declive. Las causas se debaten: guerras cada vez más costosas con el reino siamés de Ayutthaya, que saqueó Angkor en 1431; el auge del comercio marítimo, que desplazó el centro de poder hacia el sur, cerca del actual Nom Pen; el cambio religioso, que restó sentido a los faraónicos templos reales; y, según investigaciones recientes, una serie de sequías extremas seguidas de monzones violentos que habrían dañado el sistema de agua del que dependía toda la ciudad.
Así, la corte jemer trasladó su centro hacia el sur y Angkor, la gran metrópolis, fue quedando semivacía. La selva empezó a reconquistar templos como Ta Prohm. Pero Angkor Wat siguió vivo: entre sus muros nunca se apagó del todo el humo del incienso, y los reyes camboyanos posteriores lo consideraron siempre un símbolo sagrado de su nación.
Aunque los camboyanos nunca 'perdieron' Angkor Wat —siguieron venerándolo y peregrinando a él—, para el mundo exterior el conjunto de Angkor se convirtió en una ciudad legendaria escondida en la selva. En el siglo XIX, los relatos e ilustraciones del naturalista francés Henri Mouhot, que visitó los templos en 1860, causaron sensación en Europa y dispararon la fascinación occidental por Angkor. Con el protectorado francés sobre Camboya (desde 1863) llegaron las primeras expediciones arqueológicas y, más tarde, un enorme trabajo de estudio y restauración a cargo de la Escuela Francesa de Extremo Oriente.
En el siglo XX, Angkor Wat se transformó en el emblema de la identidad camboyana. Su silueta aparece en la bandera nacional desde hace décadas —Camboya es uno de los pocos países del mundo con un monumento en su bandera— y figura en el escudo, en los billetes y hasta en el nombre de la cerveza local. Ni siquiera los años más oscuros lograron borrar ese símbolo: durante la guerra civil y el régimen de los Jemeres Rojos (1975-1979), la región quedó en zona de conflicto, los templos sufrieron saqueos y daños, y el turismo desapareció; pero Angkor Wat siguió siendo, para los camboyanos, el corazón de su historia.
Con el fin de la guerra y la inscripción de Angkor como Patrimonio de la Humanidad de la Unesco en 1992, comenzó una nueva era. Equipos internacionales trabajan desde entonces en la conservación de los templos, mientras millones de visitantes llegan cada año para contemplarlos. Hoy, ver amanecer sobre las torres de Angkor Wat reflejadas en el agua es uno de los grandes momentos que puede regalar un viaje: la prueba, en piedra, de que una civilización que se creía perdida sigue, nueve siglos después, deslumbrando al mundo.